domingo, 19 de junio de 2016

Ritual satánico


  • Por el odio de Satanás ¿Vas a hacerlo o no? - Preguntó el demonio más bajo a su compañero, que sostenía la daga.
  • Es tan perfecta, tan pura, tan especial.

No había manera. Llevaba así un buen rato, observando a la bella ninfa que habían secuestrado horas antes. El demonio bajito estaba empezando a perder la paciencia.

  • Mira, Zevucón, tenemos un horario. Déjate ya de tonterías, procede a arrancarla el corazón y así Hades se sentirá dichoso y no nos asará como pavos.
  • Ay, Meturén – contestó Zevucón – Me pides que acabe con la vida de esta preciosa ninfa simplemente para evitar nuestra muerte, para conseguir un poco de poder, para progresar y conseguir nuevos cuernos ¿Acaso es eso todo en la vida?
  • En la nuestra sí, idiota. Somos demonios. Sembramos el mal y propagamos el terror. Está dentro de nuestra naturaleza.
  • ¿Y si mi naturaleza me impidiese realizar el sacrificio? - Reflexionó - ¿Y si quisiera una vida mejor? Imagínate – Su brazo trazó un movimiento horizontal y Meturén tuvo que apartarse para que la daga no le cortase – sería bonito vivir en la superficie, poder ver el sol, la luna y las estrellas todos los días, construir un hogar y envejecer.
  • Me pregunto que brebaje habrás ingerido para decir tantas tonterías – Metusén estaba cada vez más perplejo- Mátala de una vez y vamos a torturar escitas.
  • No pienso matarla- Dijo Zebucón cruzándose de brazos, con la daga debajo de su axila izquierda.
  • Vas a matarla. No hay otra opción.
  • No, me declaro pacifista no violento – Dijo mientras alzaba las dos manos cual mesías de tres al cuarto
    - ¡Te he dicho que la mates! - Gritó golpeando la piedra de sacrificios.
  • ¡No!
  • ¡Si! - Grito más fuerte
  • ¡No! - Grito enseñando los dientes.
  • ¡Te he dicho que sí! -
  • ¡Que no lo voy a hacer! - Mientras Zevucón gritaba mientras bajaba su mano derecha arriba y abajo aferrando fuerte el cuchillo y clavándolo en el cuello de la ninfa. No se dio cuenta hasta que vio la cara de satisfacción de su jefe. Soltó el ensangrentado cuchillo, se miró las manos y suspiró.
  • Ya era hora – Metusén se secó el sudor de su frente roja con la mano – Condenación eterna para ti, enhorabuena. Otro compañero más para el mus. Vamos afuera, que quiero fumarme un cigarrito y no entiendo porqué no nos dejan hacerlo aquí.


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