martes, 16 de febrero de 2016

Ven


Abrió la puerta muy despacio mientras buscaba con su mano el interruptor de la luz. Lo presionó, pero no sucedió nada. Trasteó en su móvil hasta que encontró la aplicación de la linterna y al fin pudo ver el recibidor. Decidió que ya bajaría después al cuarto trastero a comprobar los diferenciales. Estaba inquieto desde que había recibido aquel mensaje de texto en su móvil de la mujer con la que compartía su vida desde hace un par de años: “Ven”. Mal presentimiento. 

Alzó su voz, dijo su su nombre y ella no contestó. Todo parecía calmado. Se abrió paso por el salón hasta llegar a la habitación. La puerta estaba entornada y tras ella la observó tumbada en la cama, boca abajo. Llevaba puesto un camisón negro y pensó qué se habría dormido mientras le esperaba. Fue a arroparla con la sábana y al mirarla a la cara se quedó petrificado. Le cogió de la mano, pero no tenía pulso. 

Sus ojos estaban blancos y su cara tenía una expresión desagradable. Aún no estaba rígida y darla la vuelta fue muy sencillo. Las manos estaban cerca del vientre, llenas de sangre. Sangre que había brotado de las múltiples heridas que tenía en el pecho. Sangre que manchaba la cama, aunque antes no lo hubiese notado. Horripilado por la escena se apoyó en la mesilla y, con mucha torpeza, tiró todo lo que allí había. Alumbró el estropicio con el móvil. Observó un gran cuchillo manchado de aquella sangre. Lo cogió. No era suyo, no lo había visto nunca. 

La sirena del coche patrulla le hizo soltarlo de golpe. Miró por la ventana y vio como dos agentes bajaban del coche y se dirigían a su portal. Seguía en estado de shock, pero su instinto le impulsó a salir corriendo. Bajó en el ascensor hasta el garaje, se montó en su descapotable rojo, arrancó el motor y condujo lo más rápido que pudo sin preocuparse del destino; alguien había ensuciado el suyo.