martes, 27 de octubre de 2015

Misterio

Me llamo Victor, varón, 33 años y soy escritor ocasional. Es simplemente un hobby; nada más y nada menos. Yo trabajo en una entidad financiera y la verdad es que mal no me va, pero tampoco bien; digamos que estoy en un momento estable de mi carrera. Ello supone que mi retribución sea … llamémosla insuficiente para aguantar el tren de vida que me gusta llevar y esté obligado a alquilar una de las habitaciones de mi morada para poder tener pequeños caprichos.

Cuando conseguí deshacerme de mi primer inquilino me sentí aliviado, contento y liberado, pero por un golpe de mala suerte que tuve me vi obligado a volver a alquilar aquella pequeña habitación. Mi casa constaba de tres habitaciones, siendo la que alquilaba la mediana, unos 5-6 metros cuadrados, rectangular y con el espacio justo para cama, ordenador, estantería y armario. A ver a que friki conseguía engañar para tener el ingreso extra y poder seguir disfrutando de mi soltería.

Siempre he sido muy especialito, la verdad. Con la comida, con el trabajo, con mis cosas … y con mi casa aún más. Tenía que empezar a hacer un algoritmo para encontrar al candidato perfecto (dudaba que una mujer siquiera se atreviese a responder a un anuncio, y si entraba en mi casa, se asustaría). No podía fumar, eso era requisito imprescindible, puesto que mi tolerancia al tabaco es 0. No podía ser demasiado social, puesto que me llenaría la casa de gente extraña. Demasiadas preguntas descalificadoras. La tarea iba a ser ardua.


Buscaba a alguien de confianza, a poder ser, alguien conocido, o conocido de conocido, alguien que no se llevase todas mis cosas mientras yo estaba trabajando, ni que se asustase por mi colección de cómics, miniaturas y DVDs. Así que empece por comentarlo a mi circulo cercano; familiares, amigos y compañeros de trabajo. Y allí encontré lo que buscaba.

El marido de mi antigua jefa era profesor en una universidad local y ,como todos los años, recibía una cantidad importante de becarios de EE.UU. Era Agosto y ese año no iba a ser una excepción, por lo que concrete con ella que uno de aquellos estudiantes se alojase en mi casa durante el curso escolar. No era mi ideal tener un yanki en mi casa, a pesar de que supuestamente eran gente normal y formal, estaba convencido que se emborracharía los fines de semana y tarde o temprano empezaría a traer amigos y amigas a casa.

Pacte con Asún que en mi casa se hospedaría el más formal de todos ellos, indicándome ella que la suma que iba a pagar era bastante jugosa; el doble que el alquiler del anterior inquilino. Buena perspectiva que mejoró considerablemente cuando me indicaron que en mi casa se hospedaría Sue, una chica americana de 20 años, estudiante de Biología. Todos hemos visto las series americanas y como el convivir en la misma casa genera el efecto atracción. Me empezaba a gustar la situación, así que fui a recoger a Sue a la Universidad el día que llegó.

De primeras quede decepcionado. No era porque la chica no valiese la pena, que si lo valía, solo que me imagine una rubia, alta, tetona y culona y me encontré con una virginiana, bajita y morena. Aún así desempolvé mi inglés y trate de no hacer el ridículo. Ella no sabía español. Chapurreaba alguna palabra suelta, pero no podía construir frases enteras.

Tras acomodarse en la habitación, le di las normas de la casa para tener una buena convivencia y no ser deportada a la pensión “Lola” más cercana. Ella las leyó, me soltó un “nice to meet you” y se metió en su habitación. No salió a cenar (debería llevar la cena en la mochila) y durante los siguientes tres días mi trato con ella fue escaso. El cuarto día la vi entrar en casa cuando yo me iba a acostar. Por lo visto tenía los mismo horarios que mi anterior compañero de piso.

Y no solo los horarios, tampoco charlaba conmigo. Se pasaba todo el día en su cuarto estudiando. No cenaba conmigo ni pedía que le comprase comida. Se levantaba tarde, ya que tenía las clases por la tarde, y comía por ahí. En los primeros dos meses solo notaba su presencia ocasionalmente, porque era increíblemente silenciosa. Yo creía que me había tocado la lotería, y de cierta forma, así era.

Pero había algo que me intrigaba, ni un solo amigo, ni una sola llamada de teléfono, ni un SMS, nada. Menudo bicho raro que tenía en el cuarto de invitados. Hablar con mi antigua jefa solo sirvió para confirmar mis sospechas. No era la más popular del campus, ni aparecería en ninguna clase de rankings; el 90% de los alumnos incluso desconocía su existencia.

Dejé pasar el tema, al fin y al cabo a mi lo que me importaba era que pagaba religiosamente, que no ensuciaba mucho y que no me daba ni un solo problema. Bueno, no me dio problemas hasta aquella noche. Ahora ya se porque odio los domingos.

Ella había salido a pasar el día a no se donde, seguramente sola, y yo descansaba plácidamente en mi cama cuando de repente oí un pequeño ruido que provenía de la cocina. Cauto y miedoso decidí no darle la menor importancia, pero volvió a sonar, como si algo estuviese dando golpes. Genial.

Cobarde y afligido abrí la puerta de mi cuarto con el teléfono móvil en la mano por si acaso. Era un mecanismo de seguridad, puesto que sigo sin entender de que me iba a servir el móvil apagado. Avancé hasta la cocina, abrí la puerta y volví a escuchar el ruido claramente. Mis ojos se dirigieron al lavavajillas, cuyo programa aún no había terminado. Idiota.

Volví hacia mi cuarto, pensando en lo estúpido que había sido, aparte al perro de mi camino, entre en mi habitación, apague la luz y... ¿desde cuando había un perro en mi casa? Me levanté rápidamente, encendí la luz (olvidé coger el móvil) y salí al salón, donde había visto al animal, pero no estaba allí, ¿me estaría volviendo loco? Creía que si.

Hice mal en comentarlo con amigos y compañeros de trabajo. Todos creían que se había tratado de una pesadilla demasiado real. Al fin y al cabo, al día siguiente comprobé que no había dejado el lavavajillas funcionando. Yo no estaba tan seguro.

Decidí comentarlo con Sue, pero tarde tres días en poder tener una conversación con ella. Ella, milagrosamente puesto que no se relacionaba con nadie o eso creía yo, hablaba ya español decentemente y me comentó que ella no tenía animales en casa. Que en Virginia su familia tenía varios perros, un par de caballos e incluso una pequeña granja de hormigas propiedad de su hermana, pero que estaban bien lejos en su país.

No me sorprendió cuando, a la noche siguiente, al ir al servicio en una de mis múltiples ocasiones, descubriese una colonia de hormigas en mi salón, la cual fue inmisericordemente purgada. Ni cuando tres noches después un caballo ocupó mi baño por tres horas. No estaba sorprendido, estaba asustado, muy asustado. Había perdido la cabeza, sin duda.

¿Con quien podía hablar? ¿Iba directamente al psiquiátrico más cercano y ya? Demasiadas preguntas, imprecisiones, problemas en el trabajo. El estrés hacia mella en mi persona. Debía dar una respuesta lógica y razonable o no volvería a estar cuerdo.

Una noche, cuando sabía que Sue no estaba, me arme de valor para registrar su habitación. Guantes para no dejar huellas, pasamontañas para no ser reconocido, por dios ¡si solo iba a entrar en mi cuarto de invitados! Cualquier precaución me parecía pequeña, así que cogí uno de los cuchillos que tenía en casa para cortar los filetes.

Con sumo sigilo abrí la puerta de la habitación, más no vi nada extraño. Tentado estuve de revolver los cajones, pero no creo que encontrase nada. Incursión fallida, vuelta a la habitación, pero antes de que pudiese hacer nada oí la puerta que se abría. Sue regresaba pronto esa noche.

Mi corazón se aceleró y creí que iba a explotar ¿Solo porque una joven americana me pillase en su cuarto? Que iba a hacer ¿denunciarme? Ya estaba loco perdido, así que tenía poco que perder. Sue no entró más allá. Cogió las llaves del trastero y se fue. Mi oportunidad para salir, volver a mi habitación y pensar en el nuevo plan.
Aquel día no fui a trabajar. Estaba enfermo, o eso es lo que les dije a los del trabajo. Me quede en la cama, dándole vueltas a la cabeza; quería estudiar a Sue. Me levanté y las llaves del trastero estaban en su sitio. No podía despertar sus sospechas, así que cuando me vió en casa, le comenté que estaba enfermo y que no iría a trabajar. Ella lo escucho con desgana.

Observe su ritual de desperezamiento y comprobé lo que ya suponía. No desayunaba. Me dedicó una sonrisa antes de salir. Cuando supuse que habían pasado 20 minutos cogí las llaves y baje al trastero. ¡¡Que desilusión!!. No había nada raro, estaba tal y como yo lo tenía a pesar de no haber bajado en dos años. Cerré la puerta. Bueno, no había más que hacer, solamente rellenar el impreso de alguna institución psiquiátrica o, mucho más divertido, hacer equilibrios desnudo en alguna azotea con mi bicicleta ¿Estarían hinchadas las ruedas? Volví a abrir la puerta, encendí la luz ….. ¿que demonios? Ese no era mi trastero.

Comprobé horrorizado que mi bicicleta estaba inservible, sus radios estaban llenos de sangre y vísceras. El suelo era pegajoso. Las arcadas fueron el preludio de una buena vomitona en el pasillo. Cerré la puerta y la volví a abrir. Para mi sorpresa volvía a ser mi trastero. Ni sangre, ni vísceras, ni nada. Pero mi vomito si fue real y la sangre en mi mano también. Lo limpie para evitar que Sue supiera que yo ya sabía que algo iba mal.

No conseguí volver a ver el cuarto trastero alternativo. Imposible. Por muchas veces que abriese o cerrase la puerta, nada. No tenía mucha hambre, pero era la hora de comer y decidí hacerme un bocadillo. Con desgana acabé con él. Toda la tarde estuve pensando como podría volver a ver lo que vi, estudiar la situación. Había perdido por completo la cabeza.

Internet fue mi gran aliado. Busque en la red y leí mucho sobre habitaciones que cambian de plano, sacrificios rituales y demás zarandajas. Pero nada. Ninguna de sus respuestas, ninguno de sus trucos me sirvieron para abrir de nuevo la puerta y encontrarme con ese horror ¿Pero porque quería volver a verlo? ¿Era para cerciorarme que no estaba perdiendo la razón?

Tomé la determinación de esperar a que llegase Sue, entrase en su habitación, se durmiese y atacarla. Inmovilizarla y obligarla a que me revelase que era lo que estaba pasando. Genial, un buen plan. Y si era una bruja con poderes paranormales o una vampira, o, quizás peor, una extraterrestre ¿que iba a hacer yo? Mi plan hacía aguas por todos lados, pero a estas alturas de la película ya no me importaba nada.

Fase uno del plan completa. Fase dos completa. Abrí la puerta de mi habitación con el cuchillo en mi mano derecha y mi mano izquierda adelantada. Tome aire y respiré profundamente, tras aquella puerta podía acabarse mi historia. Uno, dos, tres, abrí la puerta rápidamente y sin encender la luz salte sobre la cama vacía. No estaba. Sue no estaba.

Desconcertado me quede un segundo pensando, salí, cerré la puerta y la volví a abrir ... y allí estaba Sue, durmiendo en una cama enorme, en una habitación enorme … esa no era mi habitación. Era una habitación inmensa, sin paredes, sin final, con los animales, con la hermana de Sue, con Sue. Y se despertó.

Intenté salir, pero no veía la puerta. Había desaparecido, junto a todas mis esperanzas de salir indemne de la excursión. Apreté el cuchillo con mis dedos y me lance hacia adelante; si iba a morir, por lo menos moriría atacando y con estilo. Como Logan. Como el mutante de las garras y el factor de regeneración. Para mi sorpresa, a mitad de camino, el cuchillo desapareció de mis manos para aparecer en las suyas.

Su hermana se despertó. Ella si era rubia, pero era joven; unos doce años, calculaba yo. Sus ojos se volvieron negros y mi cuerpo comenzó a temblar. Note un dolor agudo en los gemelos y caí al suelo. Sue se acercó tranquilamente, sin nada que temer. Recé para que mi muerte fuese rápida

    • No entiendo porque has tenido que meterte en mis asuntos – Me dijo en un español más que correcto, sin muestra de acento - ¿Y ahora que hago contigo?
    • Padre – Dijo la hermana de Sue, aunque aquello ya no me desconcertó – déjamelo. Sera buen alimento y sirviente.

Sue o lo que fuera sonrió en forma de aceptación, y su hermana comenzó a reptar por el suelo conviertiéndose en una horda de hormigas que empezaron a deshacer mi carne y a comérsela. El dolor que sufrí fue indescriptible. Arrancaron hasta el último trozo de carne de mi ser, dejando tan solo los huesos. Seguía siendo consciente de todo lo que pasaba, hasta que Sue aplastó mi cráneo contra el suelo.

Aún no se ni como, ni porque, pero desperté en mi cama. Sue ya no estaba, ni volvió a la facultad. Nunca hable de esto con nadie, al fin y al cabo quien me iba a creer. Estaba totalmente recuperado, sin ningún rastro de aquella experiencia ….. salvo que a veces me duelen los gemelos.