lunes, 5 de enero de 2015

Sr. Marsopa

“¿Qué me hago de cena?” Se preguntó el Sr. Marsopa. Su nevera estaba casi vacía y no le apetecía cenar los restos de la coliflor que le habían traido para comer. Un rápido repaso visual fue suficiente para determinar que aquella noche iba a hacerse una tortilla francesa. Y de dos huevos.

Se agachó con mucho cuidado para sacar de un mueble una vieja sarten en la que esperaba no se le quemase su cena. Cogió el bote del aceite usado y echó un poco en la sarten. Empezó a calentarla mientras buscaba la sal. Y aunque su memoria ya no era la de antaño, sabía que no le convenía “No hay nada más triste que una tortilla sin sal”, se decía, por lo que una vez la encontró no dudó en que la utilizaría.

Batió los huevos como pudo, ya que el tembleque de sus manos en vez de ayudarle le entorpecía la tarea. “Un poco de sal y a ver como va el aceite”. Comprobó que ya estaba listo, así que echó el huevo batido. Se le empezó a quemar y tuvo que bajar el fuego. Notaba la falta de práctica. Tras darla forma y cuajar la torilla, la retiró de la sarten y la puso en un plato.


Lo llevó al salón, junto con un vaso de agua y un poco de pan de sanwiches y encendió su televisión. Minutos después, y sin haber empezado a cenar, se levantó y tiró la tortilla a la basura; se había quedado sin ganas de cenar.

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