domingo, 11 de enero de 2015

Román

Román era un dominicano que llegó a España cinco años antes de que la crisis comenzara. Le fue bien, por lo que se trajo a su mujer y a su hijo y compró una pequeña casa. Allí vivieron los tres hasta que llegó su hija. Román se sintió entonces el hombre más feliz del mundo. Años después Román perdió su trabajo en la construcción, y tuvo que pedir primero la prestación por desempleo y después el subsidio, pero con 426 Euros no le daba para pagar la hipoteca y comer. No encontraba ningún trabajo, así que tuvo que aceptar la oferta de un conocido suyo (que no amigo) de trabajar en la seguridad de una discoteca por las noches.

No tenía contrato, por lo que cobraba en negro. Su patrón le dijo que mejor así, ya que podía trabajar y mantener el subsidio. “Claro, y tú me pagas menos que a los que tienen contrato” pensaba acertadamente, mas no tenía otra opción. Trabajaba cuando le llamaban, que solía ser el sábado y el domingo de madrugada. Apenas descansaba el fin de semana, ya que quería pasar el mayor tiempo con sus hijos. Lunes y Martes eran para él sus días de relax. Miércoles y Jueves los dedicaba a la búsqueda de un trabajo mejor, bien a través de internet (en el locutorio de un amigo), bien visitando las obras. No le salía nada, por lo que cada viernes por la mañana pasaba por la discoteca para saber si ese fin de semana trabajaría.

El trabajo era muy sencillo, pues casi todos los clientes de la discoteca se conocían y no solían armar más bronca de la habitual en ese tipo de locales. Algún borracho, alguna riña absurda. Poca cosa. Después de cerrar tenía que ayudar a recoger y limpiar el local mientras el resto de miembros del equipo de seguridad se iban a casa. Siempre le acercaba alguna camarera o el encargado a su domicilio, pues no disponía de vehículo propio desde hace un par de años.

Él estaba convencido que había llegado a un bucle en su vida laboral, que afectaba a su vida familiar ya que su esposa estaba cansada de no poder llevar la vida que quería llevar. Estaba cansada de no poder salir a cenar, de tener que ir a las ONG a pedir comida. Ella no quería malvivir durante mucho más tiempo, y echaba la culpa de todo a Román, el que quiso salir de su tierra para tener un futuro mejor y acabó peor que en su país. Porqué en su país tenía muchos amigos y familia, y nunca le hubiera faltado comida en su plato.


Un día Román descubrió que su mujer se había vuelto a su país con sus dos hijos. Cogió un vuelo con dinero que le enviaron sus padres y le dejó una nota en casa. Él lo esperaba, no era sorpresa, pero sintió el dolor del abandono en su pecho. Sabía que no bastaría con regresar a su país, que su relación estaba rota y que no volvería a ver a sus hijos en una buena temporada. Era lunes, pero Román salió a buscar trabajo.

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