jueves, 8 de enero de 2015

La visita esperada

“Todo ha de estar perfecto” Se decía a si misma Dorothy McLeonard. El género perfectamente colocado, las vendedoras impolutas, el suelo limpio y reluciente. Pasó de sección en sección comprobando personalmente que todo estaba según sus estándares de calidad. Ese día no podía permitirse ningún fallo, puesto que era la visita anual que Lady Elisabeth realizaba a sus almacenes.

Recordó con amargura la visita del año anterior, en la cual Lady Elisabeth se quejó del aspecto descuidado de varias de sus vendedoras. Tuvo que despedirlas por ese motivo. Desde aquel día, hace ya un año, cada semana, todos los jueves y justo después de cerrar, pasaba revista al aspecto físico de sus empleadas, apuntando una marca en los nombres de las que no están a la altura del establecimiento. Dos marcas en un mes suponen una reprimenda. Tres marcas, el despido. El día anterior revisó los peinados y ese día había llegado la primera para verlas entrar. Un par de ellas tuvieron que volver a sus casas, ya que Dorothy consideró que su aspecto aquella mañana era demasiado vulgar.

Las telas. Corrió rápidamente al departamento de textil y revisó una por una las telas que se ofrecían a las clientas. Dos años antes, Lady Elisabeth observó que algunas telas eran demasiado estridentes y actuales para la clientela de sus grandes galerías. Dorothy se había quedado asombrada por el conocimiento que tenía la dueña de su negocio. Sabía perfectamente que ese tipo de telas escandalizaría a su clientela más puritana. La señorita McLeonard despidió al día siguiente a la jefa de la sección y a la joven que había sugerido renovar la gama de telas de las galerías. Mas ese año estaba todo perfecto. Telas clásicas, conjuntos sobrios, sombreros recatados. Repasó toda la tienda para evitar el más mínimo problema y es que, año tras año, siempre había algún detalle que impedía que Lady Elisabeth diese su aprobación.

El primer año en el que pasó la revisión fueron los escaparates los que no estaban a la altura (“Ordinario” le había dicho Lady Elisabeth). El siguiente fue criticada por los cambios realizados en las secciones (“No cambie lo que funciona, querida” le había dicho Lady Elisabeth). El tercer año hubo una inundación la semana anterior y no hubo tiempo de limpiar los destrozos (“Haga nieve o sol afuera, el establecimiento ha de estar siempre impoluto” le había dicho Lady Elisabeth). El cuarto año fue el peor. Una rata sembró el pánico en el establecimiento (“Nada de animales” le había dicho Lady Elisabeth). Estos desastres, más los dos contados antes, daban cómo resumen seis años de malas evaluaciones.

Séptimo año, séptima evaluación. Dorothy abrió las puertas de par en par. La clientela comenzó a entrar y a comprar. “Un buen día de ventas”, se dijo a sí misma, “algo que no podrá echarme en cara”. Y pasaron los minutos y después las horas. Lady Elisabeth no se presentó. La señorita McLeonard se sintió muy decepcionada, ya que ese año todo habría salido bien. Se había preocupado de todos los detalles, había forzado a sus empleados a trabajar duro y no había dejado nada al azar. Se fue a casa tan mal cómo en las otras ocasiones.


A la mañana siguiente se presentó Lady Elisabeth. Todo seguía impoluto, por lo que Dorothy mostraba su mejor sonrisa, aunque poco le duró. Lo primero que hizo la dueña fue comunicarle que había vendido las galerías a unos americanos ricos. Los nuevos dueños llegarían en una semana, pero ya le adelantó que iban a prescindir de ella, de todas las jefas de sección y de los del departamento de contabilidad. La explicó también que su idea era haber acudido ayer a la tienda y decírselo, pero una indisposición la obligó a reposar todo el día. Dorothy se hundió y pidió explicaciones a la que durante siete años había sido su jefa directa (más catorce años cómo vendedora y jefa de sección). Necesitaba saber si era por las evaluaciones, si era por los ingresos, si era por cansancio o por otro motivo. Pero Lady Elisabeth, indignada por la actitud de su empleada, se dio la vuelta y salió del que ya no era su establecimiento.

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