sábado, 24 de enero de 2015

Fin

Finito, acabado. Había terminado la tarea y se sentía plenamente feliz. Observó los escritos y gozó con ello. Veinte días había cumplido la labor que le habían encomendado; No había fallado ui uno solo. Sonrió y se sentó tranquilamente en su sofá.

De repente le asaltaron las dudas ¿que haría ahora? ¿en que ocuparía su tiempo libre? Pensó en hacer ejercicio, pero el frío invernal de su ciudad le desaconsejaba salir de casa a correr y sabía que no era hombre de gimnasio. Por un momento se le ocurrió ponerse a ordenar y limpiar su casa a fondo, mas le podía el tedio de una tarea nada gratificante y sucia. Pintar, cocinar, leer. Nada le iba a llenar tanto como la escritura. Entonces ¿porqué no seguir?

Veinte días más le parecía un reto imposible, puesto que significaría seguir y seguir, sin ningún orden ni control, sin pararse a controlar lo que escribía. La novela. La novela era un objetivo que tenía desde hace muchos años, pero su anarquía interna le impedía siquiera pensar en dicho objetivo como algo plausible. Cuentos, relatos cortos, microrrelatos. Tampoco. Solo eran tonterías y pequeñas cosas. Estuvo a punto de ponerse a llorar.


Encendió la televisión, buscó el programa más simple y se quedó mirando la televisión por horas. Había vuelto a las viejas costumbres, a dejarse vencer por la caja tonta y por el absurdo impulso de no pensar, de no sentir, de no sufrir, de no disfrutar. Lo peor de todo es que ya no le importaba nada.

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