miércoles, 7 de enero de 2015

El título

Caín avanza por el campo de batalla llevando en sus manos un mandoble. Hay muerte a su alrededor, muerte que se mezcla con gritos, con sangre, con plegarias, con el caos. Dentro de la vorágine se siente bien y disfruta cercenando brazos y piernas a sus enemigos. La armadura que le protege es plateada y refleja el sol de la calurosa tarde de verano.

Cain no vacila en rematar en el suelo a los caídos. Clava fuerte su espada en los visores de sus enemigos mientras da gracias a Dios por seguir en pie. Sus tropas están bien entrenadas. Le siguen y allanan el camino. Todo queda inerte a su paso, esa es su reputación. La victoria empieza a cocinarse cuando sus enemigos saben a quien se enfrentan: Caín, el saqueador.

La batalla va a su favor, pero sigue encabezando el ataque principal. Se niega a abandonar la primera línea de batalla y a que sus guardaespaldas luchen por él. Se siente poderoso e inmortal. Muchos le han descrito como Hércules reencarnado, otros creen que es Aquiles sin tendón, aunque la mayoria piensa que es un gigante asesino, capaz de degollar a sus padres para quedarse con el ducado.

Es su momento, vislumbra al fin los pendones de su hermano. Le protegen varias espadas juramentadas, pero no serán problema. Con la ayuda de sus tropas acaba con las vidas de los protectores del desdichado Abel. “Nunca debiste nacer” dice Caín mientras levanta su mandoble para acabar con la miserable vida de su hermano. “Ya, pero lo hice” y mientras dice esto, Abel desenvaina su daga y la lanza contra Caín, acertándole en el visor.


Caín retrocede. Maldice, se gira y cae delante de su hermano, que aprovecha la situación para acabar con él. No le dura mucho la victoria, pues las tropas de Caín acaban con su vida. Muertos los hermanos, muertos sus padres, muertos muchos de sus hombres. Todos muertos, pero la guerra nunca termina, ya que nuevos pretendientes se lanzan a la conquista de un título absurdo.  

No hay comentarios: