miércoles, 28 de enero de 2015

Círculo

Sentado frente al ordenador, el joven bancario se sentía solo y abatido. Había sido una mañana malísima, con muchas incidencias y poca contratación interesante, por lo que estaba apenado. De nada había servido el esfuerzo empleado en la mañana, el ofrecimiento de productos a clientes y la buena cara que había puesto a pesar de estar aún fastidiado por la gastroenteritis del día anterior. De las cosas que cuentan, cero.

Repasaba la pila de papeles pendientes, intentando buscar una oportunidad de negocio que le solucionase la papeleta al día siguiente. El método estaba claro: preparar el día anterior las contrataciones del siguiente, pero la práctica era que en muchas ocasiones eso era inviable. Gente que no acudía, gente que no contrataba, gente que contrataba productos diferentes. Un desastre. “Y la bolsa cayendo en picado” pensaba.

Estaba solo en la sucursal, como de costumbre. Los compañeros se habían ido ya a su casa, a comer, estar con la familia, descansar. Él no tenía esa suerte. Demasiados temas se le acumulaban cada vez más en su amplio escritorio. De vez en cuando lo organizaba todo y se ponía a resolver los asuntos que habían resistido el paso del tiempo (en su larga vida profesional había descubierto que el 50% de los problemas se solucionan sin necesidad de realizar ninguna acción, ya sea por la acción del cliente o por la acción del banco). Se echó el pelo para atrás y se puso a darlo todo.


Papel va, papel viene. Esto está solucionado, para esto tengo que poner una incidencia. Esto no lo soluciona ni Dios. Uno tras otro fue despachando los asuntos en carpetas. Después realizó subcarpetas y, para terminar, los clasificó por orden de entrada en su mesa. Había hecho un buen trabajo, aunque solo hubiera movido los papeles.

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