martes, 13 de enero de 2015

Brujas

Había una vez, en un mundo muy lejano del nuestro, tres brujas malignas y dañinas que no hacían nada bueno. Una era una maruja, otra una poligonera y la última muy repelente y pija. Eran tres amigas de conveniencia que no hacían más que cuchichear y cuchichear sobre todo el personal de la planta 25 del edificio Tornasol complejo Ambassador del distrito 7 del barrio de La Pampa de la ciudad Austera. Ellas, evidentemente, no eran austeras, ya que venían de distintas localidades de provincias diferentes.

A lo que íbamos, estaban las tres brujas reunidas, planeando maldades, cuando llegó el nuevo jefe al departamento. Que elemento, que hermosura. Todas las damas de la planta 25 se quedaron prendadas de su finura, de su porte aristocrático y de los billetes que tenía en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Espera, que no eran billetes. Las tres amigas le miraron desde la máquina de café, lugar desde donde planeaban siempre sus jugarretas y se encapricharon de él.

  • Tiene un aire golfo – Dijo la choni
  • Tiene mucho dinero – Dijo la pija.
  • Tiene aspecto de que me va a retirar de trabajar – Dijo la maruja.

El vistazo duró un momento, pues rápidamente entró en su despacho. Delante de su despacho estaba Concha, la secretaria. Ella llevaba en la empresa desde antes de que esta fuese fundada y controlaba todo lo que allí pasaba. Si dejaba que las tres brujas fuesen malas era para tener una fuerza maligna que contrarrestara el buen karma de la oficina (el cual ella consideraba perjudicial para la productividad y sus incentivos). El caso es que las tres tuvieron la misma idea y no hizo falta ni que hablasen entre sí. Una cortó los frenos de su coche, la otra saboteó el airbag y la última se olvidó de hacer algo. El resultado fue que la pobre Concha dejó la empresa y ese mundo. Roguemos por su alma.

Así pues, el nuevo jefe, el mazizo, el tío bueno, el campeón de la humanidad y objeto de deseo de toda la planta 25 y de las restantes, se puso manos a la obra para conseguir una secretaria. Las colas del casting eran más grandes que las de Gran Hermano y cada cuatro minutos se organizaba una pelea en la misma. Hubo que contratar seguridad privada para evitar males mayores. Así pues, después de dos largos meses, la pija consiguió el puesto.

  • Pues no lo entiendo – Dijo la choni - ¿cómo es que ha escogido a una finolis cómo tu?
  • Si no sabes ni teclear – Dijo la maruja.
  • Envidiosas que sois. La que vale, vale.

Pero era cierto. La pija no sabía hacer la o con un canuto- Es más, no sabía ni lo que era un canuto. El jefe se dio cuenta enseguida, pero no la había contratado para ello. El jefe trabajaba muy duro y salía de trabajar a las doce de la noche. No tenía mujer ni pareja, por lo que la pija se quedaba con él con la esperanza de calzárselo. Durante dos semanas no consiguió nada, pues el jefe salía corriendo casi sin despedirse. La pija decidió un jueves que no podía esperar más para poseer ese cuerpazo, por lo que averió el ascensor a las once y media. El jefe no pudo utilizarlo y tuvo que aceptar la compañía de la pija mientras bajaban las escaleras, cosa que les llevó dos horas, ya que la chica llevaba unos tacones vertiginosos. Al llegar al garaje, el jefe se ofreció a llevarla a casa, ante lo que la pija le respondió – Quiero ver donde vives tú.

El jefe aceptó y se la llevó a su mansión de la urbanización más megaguay de la ciudad. La casa era espectacular; sin cargas familiares y con un buen sueldo se podía permitir una mansión. Mientras la enseñaba la casa, ella se lanzó y le toco la entrepierna, verificando que no eran billetes el bulto que solía verse en la oficina.

  • Así que has venido a jugar – Dijo el jefe.
  • Sólo a lo que tu quieras.

El jefe la besó apasionadamente mientras acariciaba sus senos operados. Ella se excitó. La llevó a su cuarto y allí la desnudó.

  • Voy un momento al cuarto de baño.

La pija se quedó sola en la habitación. La cama era amplia, había espejos en el techo y la decoración era minimalista. El blanco era el único color que había en la habitación.

  • Me encanta tu habitación, cielo. Me recuerda al Real Madrid, y yo soy forofa.
  • Ah, vaya – Dijo el jefe desde el cuarto de baño.
  • ¿Que pasó?

Y saliendo del baño con una moto-sierra el jefe la dijo

  • Pues que yo soy del Atleti y quiero cambiar el color de la habitación.

Rugió la moto-sierra y atravesó la carne y el hueso de la pija. Había sangre por todos lados. Primero la amputó los brazos, después las piernas. Acabó con su cabeza. Una vez vio que la habitación quedó a su gusto, paró. Se encendió un cigarrillo y se puso a cantar una canción de Bob Marley.

Vaya, dos secretarias en menos de cinco meses. Menudo ritmo. Está vez no hubo casting, pues el jefe quería a la choni. Malhablada, maleducada, mala persona, mala en ortografía. Lo tenía todo para no ser la secretaria de nadie, pero aún así el jefe la eligió.

  • No vales para secretaria, ni siquiera sabes combinar la ropa – Dijo la maruja
  • Envidia que me tienes, gorda.

La amistad de las tres brujas era cosa del pasado. Ninguna de las dos echó de menos a la pija, quién estaba destinada en Kuala Lumpur desde hace unas semanas. El caso es que la choni empezó sus labores de secretaria. Casi hundió la empresa en varias ocasiones, por cosas del protocolo (que latazo), pero la empresa era buena y el jefe más.

La choni también quería beneficiárselo ya que, aún sin ser un poligonero, tenía un aire golfo que la ponía un montón. La diferencia con la pija era enorme. De elegantes minifaldas negras a minifaldas rosas, pero al jefe le daba igual.

La choni no sabía como evitar que el jefe saliera pitando a las doce, por lo que un día le pinchó las ruedas de su Mercedes. Cuando el jefe estaba viendo el destrozo apareció ella con su moto.

  • Vaya putada jefe
  • Sí. No sé que habrá pasado. Mañana repasaré las grabaciones de seguridad, a ver si puedo saber que ha pasado.
  • Algún cabrón de la planta tercera. Ya me encargaré yo. No se preocupe jefe. ¿Le llevo?
  • Mejor te llevo yo.

Y diciendo esto aparto a la choni de la moto y condujo hasta su casa, con ella de paquete. Ella aprovechó el viaje para comprobar el cuerpazo que tenía y para ver que no había muchos billetes donde ya sabemos.

La enseñó la casa y la invitó a tomar una copa. Ella hablaba sin parar, aunque no se la entendía casi nada, puesto que su velocidad de palabra se incrementaba con la ingesta de alcohol. El jefe se quedó callado y cuando ella terminó su discurso la dijo.

  • A ti te va el sado.
  • ¡Cabrón! ¿Como coño lo sabes?
  • Verás, soy un estudioso de la conducta humana y es por eso por lo que viendo tu look, tu forma de hablar y por esas marcas que traes a veces a la oficina, sé que te gusta que te peguen ¿quieres que lo haga?
  • Por favor.

El jefe se levantó y la doy una bofetada. Ni fuerte ni suave. Ella se rió. La siguiente fue más dura, y la de después dejó sus dedos marcados en la cara.

  • No está mal, jefe, pero me las dan mejores.
  • Estaba calentando.

Y le dio tal bofetón que la arrancó la cabeza. La sangre inundó el salón, dejando el suelo rojo. Sin resbalarse, el jefe abrió su mueble bar y se puso otro Gin Tonic.

Recursos humanos estaba encantado con el nuevo jefe. Había reducido gastos de personal en poco tiempo, y encima personal inútil. Cómo bien podréis suponer, escogió a la maruja como secretaria.

  • No se porqué te coge, si eres una chimosa y una mala perra – Estaba un poco loca y hablaba consigo mismo.

Que horror de secretaria. No cogía recados, no respondía a las llamadas. Todo el día hablando con las de la planta 23. Que show. Ella creía que iba a poder conseguir el amor y el afecto del jefe, algo que sus compañeras de Kuala Lumpur y Mestrifroindes, no habían conseguido. Ella fue más lista, ya que, cual chismosa que era, descubrió la dirección del jefe y allí se plantó un sábado por la mañana dispuesta a triunfar. Se puso un tanga por primera vez, desterrando las bragas de cuello alto que normalmente utilizaba. Se pintó los labios, se maquilló, se compró un wonder-bra y a triunfar.

El jefe la abrió la puerta y la invitó a pasar. Ella accedió y charlaron. Bueno, charló ella, ya que él lo único que hacía era asentir y asentir. Cuando se quiso dar cuenta eran casi las doce y la invitó a irse. Ella rehuso, que ordinariez.

  • Maruja, te pido por favor que te vayas. Ha sido un día agradable, pero quiero descansar
  • Jefe, déjeme que sea inolvidable. Me sé al menos dos posturas del Kamasustra.
  • A ver – Dijo el jefe sin saber cómo explicarlo – No puedes estar aquí pasadas las doce. Me entra un ansia asesina y no respondo.
  • Jajajaja.
  • No te rías, que va en serio.
  • Jefe, por favor ….
  • Maruja, tu amiga la pija decora mi habitación. Tu amiga la choni, fue la que me permitió pintar este suelo con ese rojo viscoso que ves.
  • Esas eran unas brujas, se lo tienen merecido.

El jefe miró su reloj, eran las doce y un minuto. Miró a Maruja, calculo sus proporciones y dijo:

  • ¿Te he ensañado ya la cocina?



2 comentarios:

loquemeahorro dijo...

Moraleja: no hay jefe bueno

Victor Tejada dijo...

Realmente no era esa, pero vale como conclusión.