domingo, 18 de enero de 2015

A ciegas

La vi en al final de la barra del pub. Bebía gin-tonic, deduje gracias a que su vaso estaba lleno de hielos y pétalos. Se la veía triste. Vestía con un pantalón vaquero desgastado y una blusa verde. Tendría unos cuarenta años y desentonaba con el resto de los clientes. Daba sorbos pequeños a su copa, como si estuviera allí esperando a alguien y quisiera hacer tiempo. Pasaron veinte minutos y su Gin-tonic se había aguado. Se la veía más taciturna que antes y no pude más que acercarme a hablar con ella.

  • Dudo que seas Julio – Me dijo tras dar otro sorbito.
  • No, me llamo Javier – Dije mientras le ofrecía mi mano.

Ella se llamaba Amanda, era enfermera de un hospital de la ciudad y se había citado por internet con un tal Julio (Fendeito en el chat en el que se conocieron) que le había parecido muy galán y amable. Sin pensárselo dos veces habían intercambiado teléfonos y se habían whastaapeado durante unos días, hasta que él la invitó a tomar algo. Julio no había aparecido en el local y cuando intento ponerse en contacto con él descubrió que estaba bloqueada y que no podía llamarle. Su orgullo le había obligado a quedarse allí, esperando, necesitaba saber porqué. Me lo preguntó, si su aspecto era desagradable o si tenía algún problema. La observé de cerca y vi que no había razones para que Julio hubiese huido tas verla. El vaquero se ajustaba a su cuerpo, el cual estaba bien moldeado, su cara no mostraba muchas arrugas y no iba mal de pecho. No pude darle ninguna mala crítica de su aspecto físico. Supuse que el fulano ese tan solo estaba vacilándola. Me dio pena y la invité a otra copa; las penas con alcohol son menos. Había acertado con lo del gin-tonic y para mí pedí Ron-cola.

Me contó que llevaba divorciada unos meses. Marido celoso compulsivo, sin llegar a ser violento físicamente, pero le había amargado 7 años de su vida. Empezó a dar más detalles de los que hubiera preferido, mas estaba claro que necesitaba desahogarse. Escuché simulando prestar atención, primero por cortesía y después porque empezó aparecerme una mujer más que apetecible. Luché contra mi instinto, ya que me parecía indefensa. Al final me dije que si no era yo sería otro, por lo que al menos lo hiciera alguien con estilo. Utilicé mis mejores armas y en menos de una hora ya estábamos en una pensión cercana.

Ella demostró que era una amante con experiencia y yo me dejé guiar por esa musa. Cierto que los pechos no eran los de una jovencita y que no era tan salvaje en la cama, pero fue una experiencia más satisfactoria que las habituales. No me pidió nada raro (Malditas cincuenta sombras de Grey) y me sentí valorado y apreciado. Ella vivía en la otra punta de la ciudad, así que nos despedimos y nos intercambiamos teléfonos antes de que ella se fuera en un taxi. No resistí la tentación abrí el whatsap para verla. La foto era, cómo menos, desconcertante,ya que sólo se veía un torso masculino musculado.


La escribí “Hola Amanda, lo he pasado muy bien”. Respondió a los dos minutos “¿Quién narices eres y quién es Amanda?”. Bloqueé ese teléfono y sonreí.

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