miércoles, 28 de enero de 2015

Círculo

Sentado frente al ordenador, el joven bancario se sentía solo y abatido. Había sido una mañana malísima, con muchas incidencias y poca contratación interesante, por lo que estaba apenado. De nada había servido el esfuerzo empleado en la mañana, el ofrecimiento de productos a clientes y la buena cara que había puesto a pesar de estar aún fastidiado por la gastroenteritis del día anterior. De las cosas que cuentan, cero.

Repasaba la pila de papeles pendientes, intentando buscar una oportunidad de negocio que le solucionase la papeleta al día siguiente. El método estaba claro: preparar el día anterior las contrataciones del siguiente, pero la práctica era que en muchas ocasiones eso era inviable. Gente que no acudía, gente que no contrataba, gente que contrataba productos diferentes. Un desastre. “Y la bolsa cayendo en picado” pensaba.

Estaba solo en la sucursal, como de costumbre. Los compañeros se habían ido ya a su casa, a comer, estar con la familia, descansar. Él no tenía esa suerte. Demasiados temas se le acumulaban cada vez más en su amplio escritorio. De vez en cuando lo organizaba todo y se ponía a resolver los asuntos que habían resistido el paso del tiempo (en su larga vida profesional había descubierto que el 50% de los problemas se solucionan sin necesidad de realizar ninguna acción, ya sea por la acción del cliente o por la acción del banco). Se echó el pelo para atrás y se puso a darlo todo.


Papel va, papel viene. Esto está solucionado, para esto tengo que poner una incidencia. Esto no lo soluciona ni Dios. Uno tras otro fue despachando los asuntos en carpetas. Después realizó subcarpetas y, para terminar, los clasificó por orden de entrada en su mesa. Había hecho un buen trabajo, aunque solo hubiera movido los papeles.

martes, 27 de enero de 2015

Joven

La bella joven se acerco un poco más al río. Quería ver su reflejo en el agua, puesto que no estaba muy segura de estar perfecta. Se había cruzado con el pastor a primera hora de la mañana y aunque la había mirado no había hecho ninguno de sus típicos comentarios. Esa fue la primera señal de que algo pasaba. Más tarde se cruzó con el guardabosques, el cual la saludo galantemente sin decirla nada. Eso era más raro, porque siempre flirteaba con ella, pero aquél día ni la preguntó por su abuela. El tercer y último aviso fue cuando pasó por la plaza del pueblo y no sintió las miradas en su trasero. ¿Qué habría pasado? ¿Cual era la diferencia? Se acercó al río y se contempló. La arrugas surcaban su cara y las ojeras delataban su interior. Se había pasado toda su vida procurando tener un aspecto impecable, pero nunca se ocupó de si misma.



sábado, 24 de enero de 2015

Fin

Finito, acabado. Había terminado la tarea y se sentía plenamente feliz. Observó los escritos y gozó con ello. Veinte días había cumplido la labor que le habían encomendado; No había fallado ui uno solo. Sonrió y se sentó tranquilamente en su sofá.

De repente le asaltaron las dudas ¿que haría ahora? ¿en que ocuparía su tiempo libre? Pensó en hacer ejercicio, pero el frío invernal de su ciudad le desaconsejaba salir de casa a correr y sabía que no era hombre de gimnasio. Por un momento se le ocurrió ponerse a ordenar y limpiar su casa a fondo, mas le podía el tedio de una tarea nada gratificante y sucia. Pintar, cocinar, leer. Nada le iba a llenar tanto como la escritura. Entonces ¿porqué no seguir?

Veinte días más le parecía un reto imposible, puesto que significaría seguir y seguir, sin ningún orden ni control, sin pararse a controlar lo que escribía. La novela. La novela era un objetivo que tenía desde hace muchos años, pero su anarquía interna le impedía siquiera pensar en dicho objetivo como algo plausible. Cuentos, relatos cortos, microrrelatos. Tampoco. Solo eran tonterías y pequeñas cosas. Estuvo a punto de ponerse a llorar.


Encendió la televisión, buscó el programa más simple y se quedó mirando la televisión por horas. Había vuelto a las viejas costumbres, a dejarse vencer por la caja tonta y por el absurdo impulso de no pensar, de no sentir, de no sufrir, de no disfrutar. Lo peor de todo es que ya no le importaba nada.

domingo, 18 de enero de 2015

A ciegas

La vi en al final de la barra del pub. Bebía gin-tonic, deduje gracias a que su vaso estaba lleno de hielos y pétalos. Se la veía triste. Vestía con un pantalón vaquero desgastado y una blusa verde. Tendría unos cuarenta años y desentonaba con el resto de los clientes. Daba sorbos pequeños a su copa, como si estuviera allí esperando a alguien y quisiera hacer tiempo. Pasaron veinte minutos y su Gin-tonic se había aguado. Se la veía más taciturna que antes y no pude más que acercarme a hablar con ella.

  • Dudo que seas Julio – Me dijo tras dar otro sorbito.
  • No, me llamo Javier – Dije mientras le ofrecía mi mano.

Ella se llamaba Amanda, era enfermera de un hospital de la ciudad y se había citado por internet con un tal Julio (Fendeito en el chat en el que se conocieron) que le había parecido muy galán y amable. Sin pensárselo dos veces habían intercambiado teléfonos y se habían whastaapeado durante unos días, hasta que él la invitó a tomar algo. Julio no había aparecido en el local y cuando intento ponerse en contacto con él descubrió que estaba bloqueada y que no podía llamarle. Su orgullo le había obligado a quedarse allí, esperando, necesitaba saber porqué. Me lo preguntó, si su aspecto era desagradable o si tenía algún problema. La observé de cerca y vi que no había razones para que Julio hubiese huido tas verla. El vaquero se ajustaba a su cuerpo, el cual estaba bien moldeado, su cara no mostraba muchas arrugas y no iba mal de pecho. No pude darle ninguna mala crítica de su aspecto físico. Supuse que el fulano ese tan solo estaba vacilándola. Me dio pena y la invité a otra copa; las penas con alcohol son menos. Había acertado con lo del gin-tonic y para mí pedí Ron-cola.

Me contó que llevaba divorciada unos meses. Marido celoso compulsivo, sin llegar a ser violento físicamente, pero le había amargado 7 años de su vida. Empezó a dar más detalles de los que hubiera preferido, mas estaba claro que necesitaba desahogarse. Escuché simulando prestar atención, primero por cortesía y después porque empezó aparecerme una mujer más que apetecible. Luché contra mi instinto, ya que me parecía indefensa. Al final me dije que si no era yo sería otro, por lo que al menos lo hiciera alguien con estilo. Utilicé mis mejores armas y en menos de una hora ya estábamos en una pensión cercana.

Ella demostró que era una amante con experiencia y yo me dejé guiar por esa musa. Cierto que los pechos no eran los de una jovencita y que no era tan salvaje en la cama, pero fue una experiencia más satisfactoria que las habituales. No me pidió nada raro (Malditas cincuenta sombras de Grey) y me sentí valorado y apreciado. Ella vivía en la otra punta de la ciudad, así que nos despedimos y nos intercambiamos teléfonos antes de que ella se fuera en un taxi. No resistí la tentación abrí el whatsap para verla. La foto era, cómo menos, desconcertante,ya que sólo se veía un torso masculino musculado.


La escribí “Hola Amanda, lo he pasado muy bien”. Respondió a los dos minutos “¿Quién narices eres y quién es Amanda?”. Bloqueé ese teléfono y sonreí.

martes, 13 de enero de 2015

Brujas

Había una vez, en un mundo muy lejano del nuestro, tres brujas malignas y dañinas que no hacían nada bueno. Una era una maruja, otra una poligonera y la última muy repelente y pija. Eran tres amigas de conveniencia que no hacían más que cuchichear y cuchichear sobre todo el personal de la planta 25 del edificio Tornasol complejo Ambassador del distrito 7 del barrio de La Pampa de la ciudad Austera. Ellas, evidentemente, no eran austeras, ya que venían de distintas localidades de provincias diferentes.

A lo que íbamos, estaban las tres brujas reunidas, planeando maldades, cuando llegó el nuevo jefe al departamento. Que elemento, que hermosura. Todas las damas de la planta 25 se quedaron prendadas de su finura, de su porte aristocrático y de los billetes que tenía en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Espera, que no eran billetes. Las tres amigas le miraron desde la máquina de café, lugar desde donde planeaban siempre sus jugarretas y se encapricharon de él.

  • Tiene un aire golfo – Dijo la choni
  • Tiene mucho dinero – Dijo la pija.
  • Tiene aspecto de que me va a retirar de trabajar – Dijo la maruja.

El vistazo duró un momento, pues rápidamente entró en su despacho. Delante de su despacho estaba Concha, la secretaria. Ella llevaba en la empresa desde antes de que esta fuese fundada y controlaba todo lo que allí pasaba. Si dejaba que las tres brujas fuesen malas era para tener una fuerza maligna que contrarrestara el buen karma de la oficina (el cual ella consideraba perjudicial para la productividad y sus incentivos). El caso es que las tres tuvieron la misma idea y no hizo falta ni que hablasen entre sí. Una cortó los frenos de su coche, la otra saboteó el airbag y la última se olvidó de hacer algo. El resultado fue que la pobre Concha dejó la empresa y ese mundo. Roguemos por su alma.

Así pues, el nuevo jefe, el mazizo, el tío bueno, el campeón de la humanidad y objeto de deseo de toda la planta 25 y de las restantes, se puso manos a la obra para conseguir una secretaria. Las colas del casting eran más grandes que las de Gran Hermano y cada cuatro minutos se organizaba una pelea en la misma. Hubo que contratar seguridad privada para evitar males mayores. Así pues, después de dos largos meses, la pija consiguió el puesto.

  • Pues no lo entiendo – Dijo la choni - ¿cómo es que ha escogido a una finolis cómo tu?
  • Si no sabes ni teclear – Dijo la maruja.
  • Envidiosas que sois. La que vale, vale.

Pero era cierto. La pija no sabía hacer la o con un canuto- Es más, no sabía ni lo que era un canuto. El jefe se dio cuenta enseguida, pero no la había contratado para ello. El jefe trabajaba muy duro y salía de trabajar a las doce de la noche. No tenía mujer ni pareja, por lo que la pija se quedaba con él con la esperanza de calzárselo. Durante dos semanas no consiguió nada, pues el jefe salía corriendo casi sin despedirse. La pija decidió un jueves que no podía esperar más para poseer ese cuerpazo, por lo que averió el ascensor a las once y media. El jefe no pudo utilizarlo y tuvo que aceptar la compañía de la pija mientras bajaban las escaleras, cosa que les llevó dos horas, ya que la chica llevaba unos tacones vertiginosos. Al llegar al garaje, el jefe se ofreció a llevarla a casa, ante lo que la pija le respondió – Quiero ver donde vives tú.

El jefe aceptó y se la llevó a su mansión de la urbanización más megaguay de la ciudad. La casa era espectacular; sin cargas familiares y con un buen sueldo se podía permitir una mansión. Mientras la enseñaba la casa, ella se lanzó y le toco la entrepierna, verificando que no eran billetes el bulto que solía verse en la oficina.

  • Así que has venido a jugar – Dijo el jefe.
  • Sólo a lo que tu quieras.

El jefe la besó apasionadamente mientras acariciaba sus senos operados. Ella se excitó. La llevó a su cuarto y allí la desnudó.

  • Voy un momento al cuarto de baño.

La pija se quedó sola en la habitación. La cama era amplia, había espejos en el techo y la decoración era minimalista. El blanco era el único color que había en la habitación.

  • Me encanta tu habitación, cielo. Me recuerda al Real Madrid, y yo soy forofa.
  • Ah, vaya – Dijo el jefe desde el cuarto de baño.
  • ¿Que pasó?

Y saliendo del baño con una moto-sierra el jefe la dijo

  • Pues que yo soy del Atleti y quiero cambiar el color de la habitación.

Rugió la moto-sierra y atravesó la carne y el hueso de la pija. Había sangre por todos lados. Primero la amputó los brazos, después las piernas. Acabó con su cabeza. Una vez vio que la habitación quedó a su gusto, paró. Se encendió un cigarrillo y se puso a cantar una canción de Bob Marley.

Vaya, dos secretarias en menos de cinco meses. Menudo ritmo. Está vez no hubo casting, pues el jefe quería a la choni. Malhablada, maleducada, mala persona, mala en ortografía. Lo tenía todo para no ser la secretaria de nadie, pero aún así el jefe la eligió.

  • No vales para secretaria, ni siquiera sabes combinar la ropa – Dijo la maruja
  • Envidia que me tienes, gorda.

La amistad de las tres brujas era cosa del pasado. Ninguna de las dos echó de menos a la pija, quién estaba destinada en Kuala Lumpur desde hace unas semanas. El caso es que la choni empezó sus labores de secretaria. Casi hundió la empresa en varias ocasiones, por cosas del protocolo (que latazo), pero la empresa era buena y el jefe más.

La choni también quería beneficiárselo ya que, aún sin ser un poligonero, tenía un aire golfo que la ponía un montón. La diferencia con la pija era enorme. De elegantes minifaldas negras a minifaldas rosas, pero al jefe le daba igual.

La choni no sabía como evitar que el jefe saliera pitando a las doce, por lo que un día le pinchó las ruedas de su Mercedes. Cuando el jefe estaba viendo el destrozo apareció ella con su moto.

  • Vaya putada jefe
  • Sí. No sé que habrá pasado. Mañana repasaré las grabaciones de seguridad, a ver si puedo saber que ha pasado.
  • Algún cabrón de la planta tercera. Ya me encargaré yo. No se preocupe jefe. ¿Le llevo?
  • Mejor te llevo yo.

Y diciendo esto aparto a la choni de la moto y condujo hasta su casa, con ella de paquete. Ella aprovechó el viaje para comprobar el cuerpazo que tenía y para ver que no había muchos billetes donde ya sabemos.

La enseñó la casa y la invitó a tomar una copa. Ella hablaba sin parar, aunque no se la entendía casi nada, puesto que su velocidad de palabra se incrementaba con la ingesta de alcohol. El jefe se quedó callado y cuando ella terminó su discurso la dijo.

  • A ti te va el sado.
  • ¡Cabrón! ¿Como coño lo sabes?
  • Verás, soy un estudioso de la conducta humana y es por eso por lo que viendo tu look, tu forma de hablar y por esas marcas que traes a veces a la oficina, sé que te gusta que te peguen ¿quieres que lo haga?
  • Por favor.

El jefe se levantó y la doy una bofetada. Ni fuerte ni suave. Ella se rió. La siguiente fue más dura, y la de después dejó sus dedos marcados en la cara.

  • No está mal, jefe, pero me las dan mejores.
  • Estaba calentando.

Y le dio tal bofetón que la arrancó la cabeza. La sangre inundó el salón, dejando el suelo rojo. Sin resbalarse, el jefe abrió su mueble bar y se puso otro Gin Tonic.

Recursos humanos estaba encantado con el nuevo jefe. Había reducido gastos de personal en poco tiempo, y encima personal inútil. Cómo bien podréis suponer, escogió a la maruja como secretaria.

  • No se porqué te coge, si eres una chimosa y una mala perra – Estaba un poco loca y hablaba consigo mismo.

Que horror de secretaria. No cogía recados, no respondía a las llamadas. Todo el día hablando con las de la planta 23. Que show. Ella creía que iba a poder conseguir el amor y el afecto del jefe, algo que sus compañeras de Kuala Lumpur y Mestrifroindes, no habían conseguido. Ella fue más lista, ya que, cual chismosa que era, descubrió la dirección del jefe y allí se plantó un sábado por la mañana dispuesta a triunfar. Se puso un tanga por primera vez, desterrando las bragas de cuello alto que normalmente utilizaba. Se pintó los labios, se maquilló, se compró un wonder-bra y a triunfar.

El jefe la abrió la puerta y la invitó a pasar. Ella accedió y charlaron. Bueno, charló ella, ya que él lo único que hacía era asentir y asentir. Cuando se quiso dar cuenta eran casi las doce y la invitó a irse. Ella rehuso, que ordinariez.

  • Maruja, te pido por favor que te vayas. Ha sido un día agradable, pero quiero descansar
  • Jefe, déjeme que sea inolvidable. Me sé al menos dos posturas del Kamasustra.
  • A ver – Dijo el jefe sin saber cómo explicarlo – No puedes estar aquí pasadas las doce. Me entra un ansia asesina y no respondo.
  • Jajajaja.
  • No te rías, que va en serio.
  • Jefe, por favor ….
  • Maruja, tu amiga la pija decora mi habitación. Tu amiga la choni, fue la que me permitió pintar este suelo con ese rojo viscoso que ves.
  • Esas eran unas brujas, se lo tienen merecido.

El jefe miró su reloj, eran las doce y un minuto. Miró a Maruja, calculo sus proporciones y dijo:

  • ¿Te he ensañado ya la cocina?



domingo, 11 de enero de 2015

Román

Román era un dominicano que llegó a España cinco años antes de que la crisis comenzara. Le fue bien, por lo que se trajo a su mujer y a su hijo y compró una pequeña casa. Allí vivieron los tres hasta que llegó su hija. Román se sintió entonces el hombre más feliz del mundo. Años después Román perdió su trabajo en la construcción, y tuvo que pedir primero la prestación por desempleo y después el subsidio, pero con 426 Euros no le daba para pagar la hipoteca y comer. No encontraba ningún trabajo, así que tuvo que aceptar la oferta de un conocido suyo (que no amigo) de trabajar en la seguridad de una discoteca por las noches.

No tenía contrato, por lo que cobraba en negro. Su patrón le dijo que mejor así, ya que podía trabajar y mantener el subsidio. “Claro, y tú me pagas menos que a los que tienen contrato” pensaba acertadamente, mas no tenía otra opción. Trabajaba cuando le llamaban, que solía ser el sábado y el domingo de madrugada. Apenas descansaba el fin de semana, ya que quería pasar el mayor tiempo con sus hijos. Lunes y Martes eran para él sus días de relax. Miércoles y Jueves los dedicaba a la búsqueda de un trabajo mejor, bien a través de internet (en el locutorio de un amigo), bien visitando las obras. No le salía nada, por lo que cada viernes por la mañana pasaba por la discoteca para saber si ese fin de semana trabajaría.

El trabajo era muy sencillo, pues casi todos los clientes de la discoteca se conocían y no solían armar más bronca de la habitual en ese tipo de locales. Algún borracho, alguna riña absurda. Poca cosa. Después de cerrar tenía que ayudar a recoger y limpiar el local mientras el resto de miembros del equipo de seguridad se iban a casa. Siempre le acercaba alguna camarera o el encargado a su domicilio, pues no disponía de vehículo propio desde hace un par de años.

Él estaba convencido que había llegado a un bucle en su vida laboral, que afectaba a su vida familiar ya que su esposa estaba cansada de no poder llevar la vida que quería llevar. Estaba cansada de no poder salir a cenar, de tener que ir a las ONG a pedir comida. Ella no quería malvivir durante mucho más tiempo, y echaba la culpa de todo a Román, el que quiso salir de su tierra para tener un futuro mejor y acabó peor que en su país. Porqué en su país tenía muchos amigos y familia, y nunca le hubiera faltado comida en su plato.


Un día Román descubrió que su mujer se había vuelto a su país con sus dos hijos. Cogió un vuelo con dinero que le enviaron sus padres y le dejó una nota en casa. Él lo esperaba, no era sorpresa, pero sintió el dolor del abandono en su pecho. Sabía que no bastaría con regresar a su país, que su relación estaba rota y que no volvería a ver a sus hijos en una buena temporada. Era lunes, pero Román salió a buscar trabajo.

jueves, 8 de enero de 2015

La visita esperada

“Todo ha de estar perfecto” Se decía a si misma Dorothy McLeonard. El género perfectamente colocado, las vendedoras impolutas, el suelo limpio y reluciente. Pasó de sección en sección comprobando personalmente que todo estaba según sus estándares de calidad. Ese día no podía permitirse ningún fallo, puesto que era la visita anual que Lady Elisabeth realizaba a sus almacenes.

Recordó con amargura la visita del año anterior, en la cual Lady Elisabeth se quejó del aspecto descuidado de varias de sus vendedoras. Tuvo que despedirlas por ese motivo. Desde aquel día, hace ya un año, cada semana, todos los jueves y justo después de cerrar, pasaba revista al aspecto físico de sus empleadas, apuntando una marca en los nombres de las que no están a la altura del establecimiento. Dos marcas en un mes suponen una reprimenda. Tres marcas, el despido. El día anterior revisó los peinados y ese día había llegado la primera para verlas entrar. Un par de ellas tuvieron que volver a sus casas, ya que Dorothy consideró que su aspecto aquella mañana era demasiado vulgar.

Las telas. Corrió rápidamente al departamento de textil y revisó una por una las telas que se ofrecían a las clientas. Dos años antes, Lady Elisabeth observó que algunas telas eran demasiado estridentes y actuales para la clientela de sus grandes galerías. Dorothy se había quedado asombrada por el conocimiento que tenía la dueña de su negocio. Sabía perfectamente que ese tipo de telas escandalizaría a su clientela más puritana. La señorita McLeonard despidió al día siguiente a la jefa de la sección y a la joven que había sugerido renovar la gama de telas de las galerías. Mas ese año estaba todo perfecto. Telas clásicas, conjuntos sobrios, sombreros recatados. Repasó toda la tienda para evitar el más mínimo problema y es que, año tras año, siempre había algún detalle que impedía que Lady Elisabeth diese su aprobación.

El primer año en el que pasó la revisión fueron los escaparates los que no estaban a la altura (“Ordinario” le había dicho Lady Elisabeth). El siguiente fue criticada por los cambios realizados en las secciones (“No cambie lo que funciona, querida” le había dicho Lady Elisabeth). El tercer año hubo una inundación la semana anterior y no hubo tiempo de limpiar los destrozos (“Haga nieve o sol afuera, el establecimiento ha de estar siempre impoluto” le había dicho Lady Elisabeth). El cuarto año fue el peor. Una rata sembró el pánico en el establecimiento (“Nada de animales” le había dicho Lady Elisabeth). Estos desastres, más los dos contados antes, daban cómo resumen seis años de malas evaluaciones.

Séptimo año, séptima evaluación. Dorothy abrió las puertas de par en par. La clientela comenzó a entrar y a comprar. “Un buen día de ventas”, se dijo a sí misma, “algo que no podrá echarme en cara”. Y pasaron los minutos y después las horas. Lady Elisabeth no se presentó. La señorita McLeonard se sintió muy decepcionada, ya que ese año todo habría salido bien. Se había preocupado de todos los detalles, había forzado a sus empleados a trabajar duro y no había dejado nada al azar. Se fue a casa tan mal cómo en las otras ocasiones.


A la mañana siguiente se presentó Lady Elisabeth. Todo seguía impoluto, por lo que Dorothy mostraba su mejor sonrisa, aunque poco le duró. Lo primero que hizo la dueña fue comunicarle que había vendido las galerías a unos americanos ricos. Los nuevos dueños llegarían en una semana, pero ya le adelantó que iban a prescindir de ella, de todas las jefas de sección y de los del departamento de contabilidad. La explicó también que su idea era haber acudido ayer a la tienda y decírselo, pero una indisposición la obligó a reposar todo el día. Dorothy se hundió y pidió explicaciones a la que durante siete años había sido su jefa directa (más catorce años cómo vendedora y jefa de sección). Necesitaba saber si era por las evaluaciones, si era por los ingresos, si era por cansancio o por otro motivo. Pero Lady Elisabeth, indignada por la actitud de su empleada, se dio la vuelta y salió del que ya no era su establecimiento.

miércoles, 7 de enero de 2015

El título

Caín avanza por el campo de batalla llevando en sus manos un mandoble. Hay muerte a su alrededor, muerte que se mezcla con gritos, con sangre, con plegarias, con el caos. Dentro de la vorágine se siente bien y disfruta cercenando brazos y piernas a sus enemigos. La armadura que le protege es plateada y refleja el sol de la calurosa tarde de verano.

Cain no vacila en rematar en el suelo a los caídos. Clava fuerte su espada en los visores de sus enemigos mientras da gracias a Dios por seguir en pie. Sus tropas están bien entrenadas. Le siguen y allanan el camino. Todo queda inerte a su paso, esa es su reputación. La victoria empieza a cocinarse cuando sus enemigos saben a quien se enfrentan: Caín, el saqueador.

La batalla va a su favor, pero sigue encabezando el ataque principal. Se niega a abandonar la primera línea de batalla y a que sus guardaespaldas luchen por él. Se siente poderoso e inmortal. Muchos le han descrito como Hércules reencarnado, otros creen que es Aquiles sin tendón, aunque la mayoria piensa que es un gigante asesino, capaz de degollar a sus padres para quedarse con el ducado.

Es su momento, vislumbra al fin los pendones de su hermano. Le protegen varias espadas juramentadas, pero no serán problema. Con la ayuda de sus tropas acaba con las vidas de los protectores del desdichado Abel. “Nunca debiste nacer” dice Caín mientras levanta su mandoble para acabar con la miserable vida de su hermano. “Ya, pero lo hice” y mientras dice esto, Abel desenvaina su daga y la lanza contra Caín, acertándole en el visor.


Caín retrocede. Maldice, se gira y cae delante de su hermano, que aprovecha la situación para acabar con él. No le dura mucho la victoria, pues las tropas de Caín acaban con su vida. Muertos los hermanos, muertos sus padres, muertos muchos de sus hombres. Todos muertos, pero la guerra nunca termina, ya que nuevos pretendientes se lanzan a la conquista de un título absurdo.  

martes, 6 de enero de 2015

Energía

Lo adoro. Me fascina ese olor a tormenta cuando el cielo empieza a ponerse oscuro. Antes de que la tierra esté mojada ya siento la humedad en todo el cuerpo. Procuro descalzarme para sentirla en plenitud. No tiemblo al escuchar los relámpagos y ver los truenos en el horizonte. Al contrario, me siento vivo, me siento feliz y la energía fluye por mis arterias y venas. Las primeras gotas caen por mis mejillas como si estuviera llorando de alegría; es en ese momento el que decido que he de volver a casa. Sin prisas, disfrutando de una ducha natural. Cuando llego a casa me quedo en la entrada hasta que mi madre me obliga a entrar y a secarme mientras protesto. Es importante exprimir esos momentos, nunca sabes cuándo va a ser el último.

lunes, 5 de enero de 2015

Sr. Marsopa

“¿Qué me hago de cena?” Se preguntó el Sr. Marsopa. Su nevera estaba casi vacía y no le apetecía cenar los restos de la coliflor que le habían traido para comer. Un rápido repaso visual fue suficiente para determinar que aquella noche iba a hacerse una tortilla francesa. Y de dos huevos.

Se agachó con mucho cuidado para sacar de un mueble una vieja sarten en la que esperaba no se le quemase su cena. Cogió el bote del aceite usado y echó un poco en la sarten. Empezó a calentarla mientras buscaba la sal. Y aunque su memoria ya no era la de antaño, sabía que no le convenía “No hay nada más triste que una tortilla sin sal”, se decía, por lo que una vez la encontró no dudó en que la utilizaría.

Batió los huevos como pudo, ya que el tembleque de sus manos en vez de ayudarle le entorpecía la tarea. “Un poco de sal y a ver como va el aceite”. Comprobó que ya estaba listo, así que echó el huevo batido. Se le empezó a quemar y tuvo que bajar el fuego. Notaba la falta de práctica. Tras darla forma y cuajar la torilla, la retiró de la sarten y la puso en un plato.


Lo llevó al salón, junto con un vaso de agua y un poco de pan de sanwiches y encendió su televisión. Minutos después, y sin haber empezado a cenar, se levantó y tiró la tortilla a la basura; se había quedado sin ganas de cenar.

jueves, 1 de enero de 2015

Polar

Frío. Esa sensación que te recorre todo el cuerpo y te deja con un temblor que te impide hacer absolutamente nada. Sin pensar, sin poder moverme y sin salvación; estaba ya al borde de la muerte. Aquel paraje gélido al que había llegado por amor iba a ser sin duda mi tumba. Era el último de mi expedición., inlcuso Carla había fallecido unos días antes. Como veis no tenía nada más que perder y absolutamente nada que qué ganar. Perdí la conciencia.

Desperté una semana más tarde en un hospital. No entendían el español y yo por entonces apenas chapurreaba el poco inglés que me habían enseñado en el instituto unos años antes de estos acontecimientos. Tenía veinticinco años y apenas sabía nada de la vida. Al poco tiempo de despertarme llegaron un par de doctores acompañados por una enfermera, que hizo las veces de traductora.

  • Hi, i am muzzy, how are you? Im fine thanks – Dijo el médico más mayor o eso es lo que yo le entendí, menos mal que estaba allí la traductora.
  • Hola, es Doctor Fauvert, médico. ¿Qué tal encuentra esta mañana, señor Sanz? Vemos de mejor cara.
  • Buahensndjesd cof coff – Ni siquiera pude articular palabra, pues mi boca aún estaba húmeda y tosía
  • Nonanonanaiser – Dijo otro médico que venía con él.
  • Sure, he´s so stupid and bored man.
  • Dicen debes procurar hablar con calma, cuerpo aún no está recuperado del todo.

En los siguientes minutos escuche las explicaciones que me daba la enfermera en un spanglish que entendía dificilmente, pues mi mente estaba aún dando vueltas por la fría nieve canadiense donde perdí lo más importante que tenía. Básicamente, los servicios de emergencia canadienses habían recibido nuestros mensajes, pero no dieron con nosotros hasta que yo era el único que estaba en pie. Lucas, Pierre, Atuan, Felipe. Carla, mi bella Carla. Tuve que identificar los cuerpos de Lucas, Felipe y de Carla. Fue la experiencia más dura a la que me enfrenté en mi estancia en tierras canadienses.