jueves, 24 de julio de 2014

La niña de verde


Llevaba observándola más de una semana y ya estaba enamorado de ella. Su media melena oscura, sus ojos color miel, su ropa ajustada y provocativa. No tenía ni diecisiete años, pero había conseguido hechizarme por completo. El mismo efecto provocaba en su novio, un camello venido a más gracias a una cadena de detenciones de la cual yo era uno de sus máximos responsables. Lo malo de descabezar una organización criminal es que al poco tiempo surge otra de similares características y nos vuelve a tocar realizar los mismo pasos que con la anterior. Esta vez al menos la vigilancia se me hacía más que llevadera.

- Gutiérrez, deja ya de babear
- Perdone, mi sargento, pero esa chica es la novia de “el piezas”; hemos de tenerla bien vigilada.
- Ya sé que vigilancia te gustaría hacerle a ti. Céntrate en el taller.

Agudo era un buen tío. Normalmente pasaba por alto mis distracciones estando de servicio, pero con esa chica estaba claro que había pasado todas las líneas rojas. Sabía su nombre, sus aficiones, sus notas y hasta la fragancia que utilizaba. Pude haber sido un ingenuo y llevarme las manos a la cabeza, lamentarme por el mal camino que había elegido la chica, dejando a un lado sus estudios por un chulito, pero era evidente que para ella tenía sus ventajas. No la había visto llevar ropa que no estuviera a la venta en la calle Serrano y sus bolsos tenían el tamaño inversamente proporcional a su coste. A ella la compensaba, sin duda alguna, por eso cada noche, cuando acostaba a mi pequeña Sara, rezaba para que ella no siguiese ese camino. Esperaba que, siendo su padre policía, se abstuviese de mezclarse con gente peligrosa, aunque los hijos suelen hacer lo contrario de lo que se espera de ellos.

Volví a centrarme en la investigación. Dejé que Agudo mirase un poco con los prismáticos y me concentré en las notas y fotos que habíamos ido tomando. Estaba más que claro que la cosa le venía grande, ya que distribuir desde su negocio legal no es algo de profesionales. La ocasión le había caído del cielo y la había aprovechado, o eso era lo que él creía. La verdad es que le dejamos fuera de la operación anterior porque no nos importaba y queríamos tener un cabo suelto del que tirar en caso de no cazarlos a todos, lo cual había sucedido. La verdad es que nos lo estaba poniendo demasiado sencillo y a mí no me gustaba nada. En más de una ocasión pensé que continuaba siendo un segundón a sueldo de un pez más grande.

Teníamos localizados ya a los que le suministraban el material; un par de sudamericanos. A simple vista no eran más que repartidores de Seur, pero comprobamos las placas de las matriculas con la compañía y ninguna coincidía. La frecuencia de las entregas era diaria, lo cual determinó que había pasado de ser un piltrafa a un presa suculenta. Los jefes dieron muy pronto el visto bueno a continuar la vigilancia, aumentando la dotación y permitiéndonos alquilar un piso cercano al taller mecánico propiedad de nuestro hombre.

El reparto era muy simple. Coches que entraban en el taller por la mañana y salían al medio día. Clientes que tan sólo querían un cambio de aire acondicionado, filtros o aceite. Bien pensado era una buena tapadera y no debería haber despertado nuestras sospechas, pero estar marcado le había perjudicado enormemente.

Ya habíamos iniciado los seguimientos a los falsos repartidores de Seur, pero aún no había fructificado el trabajo de la segunda unidad. Era cuestión de tiempo. Tarde o temprano encontraríamos el almacén principal y la forma de entrada de la cocaína en Barajas.

A las nueve de la noche vino el reemplazo. Saludamos a Rivera y salimos con media hora de diferencia por el portal que, afortunadamente, daba a la calle contraria. Agudo venía en su moto, pero yo apreciaba el metro para aislarme durante un rato. A esas horas podía sentarme y continuar mi lectura de aquel mazacote que me había regalado mi mujer por navidades. Empecé con desgana, pero enseguida me enganchó el culebrón que se había montado el autor. La historia era muy simple, con los buenos muy buenos y los malos perversos, pero no podía dejar de confirmar que el bien triunfaba sobre los malvados que tanto daño le habían hecho a aquel pobre pueblo inglés del siglo XIV. Estaba claro que Lady Elisabeth no se podía casar con Eduard Lancaster, el malvado conde de Devonshire. Llegué a casa cansado, aunque tuve un rato para estar jugando con Sara y Lucas. Su madre siempre me reprochaba que me tocasen los buenos momentos, pero comprendía que en medio de una operación no podía estar en casa tanto tiempo como quería.

Me fui a la cama temprano, antes de que acabasen los programas del prime time. Cerré los ojos y caí dormido. Mi subconsciente comenzó a generar imágenes que conseguí recordar una vez despierto. Sueños raros e inconexos, arboles y arbustos. De repente ella. Ella, con sus vaqueros rotos y su blusa rosa. Con sus zapatillas y sus gafas de sol. Mascaba chicle y me miraba con actitud de desprecio. La deseaba. Deseaba esos pechos jóvenes, esa carita de demonia, esas piernas largas y ese culo perfecto. No me atrevía a acercarme a ella. Ví que se alejaba y la llamé por su nombre “Sandra”. Ella ignoró mi llamada y se desvaneció, dejando en mi ser una gran inquietud. Miré el reloj, ya que me había despertado. No era ni la una de la madrugada y estaba desvelado. Iba a ser una noche dura.

Me levanté para tomarme una tila, puesto que seguía intranquilo. Conseguí no despertar a los niños, pero Sonia se levantó. Estaba acostumbrada a mis malas noches y mis peores días. Me dio un beso y se volvió a la cama. Yo me quedé en el salón, viendo la teletienda hasta conseguí olvidarme de tan perturbador sueño. A las siete hubo toque de diana, ya que Sara se despertó pronto y viéndome en el salón no se le ocurrió otra cosa que despertarme a cosquillas. Preparé el desayuno para todos y me despedí con un beso a cada uno de los miembros de mi familia. Estaba ya acabando el libro, lo cual me permitió no pensar en nada más. El desenlace de un relato siempre suele ser la parte más interesante y en la cual se concentra la acción. En este caso ya se intuía la batalla entre la nobleza y el pueblo; batalla que sería desigual en el mundo real, pero que en la ficción se solía decantar hacia el bando de los más débiles. Estuve a punto de pasarme de parada. La verdad es que, pensándolo bien, podía ser una buena estratagema para despistar posibles contravigilancias, si los malos de mi trabajo las hicieran.

Me comuniqué con Agudo por whatsapp, para coordinarnos y no llegar al mismo tiempo al piso. Hasta ahora habíamos tenido suerte con los vecinos, ya que al aparecer a las nueve la mayoría ya había salido a trabajar y el resto, los que no tenían la suerte de tener una nómina a final de mes, aún dormitaba en sus domicilios. Un día más llegaba yo primero, lo cual me permitía ser testigo de la llegada de Sandra. Solía faltar tres días de la semana al instituto. Desconocía cómo se las apañaba para evitar que sus padres se enterasen. Aquella mañana llevaba un bonito vestido color verde, con unos zapatos a juego. “El piezas” me sorprendió con un traje que se alejaba mucho de su ropa informal que habitualmente llevaba. Era cierto que se había sofisticado, pero aquel “Dolce y Gabanna” era demasiado. Sabía que se iba a precipitar la cosa. Rápidamente avisé a la central y el comisario me indicó que no había que precipitarse, pero que pusiese todos mis sentidos aquella mañana. Contaba con refuerzos que llegarían en diez minutos si daba la señal, mas el pobre Rivera tuvo de quedarse en el piso por si la cosa pasaba a mayores.

Pedí a Angulo que no subiera al piso y que se fuera a desayunar al algún bar cercano, para poder estar más cerca. Desde el piso no se veía bien el despacho, pero allí se metieron Sandra y “el piezas” a esperar. Noté que ese día había poca actividad. El repartidor no llegó a primera hora y empecé a sospechar que las dos semanas investigando iban a dar sus frutos. Los colombianos llegaron veinte minutos después. Su transporte, un mercedes negro de alta gama y cristales tintados, era demasiado llamativo para aquel barrio obrero. Desde el piso no conseguimos ver bien a los que se bajaron de los asientos de atrás, pero si la matrícula, que inmediatamente comuniqué a la comisaría. Premio gordo, muy gordo. Angulo subió al piso para confirmarnos que no eran recaderos. Dedujimos que querían conocer de primera mano al tío que había conseguido reflotar el negocio tan rápido. No entendía el motivo de la reunión, pero empezaba a tener claro que nuestro hombre quería subir lo más rápido posible. Tal vez estaba acumulando dinero para salir de aquel taller y mudarse a otra zona de la ciudad, dejando el negocio en manos de alguno de sus hombres de confianza. Sea como fuere nos venía muy bien aquello. Verifiqué mi pistola.

El comisario nos indicó que los refuerzos ya estaban en sus posiciones y nos invitó a esperar en el piso mientras los del grupo especial se hacían con el control de la situación. Mi sargento rechazó esa invitación. Llevábamos dos semanas comiendo mierda y queríamos nuestro trozo de gloria. Había que actuar rápido, ya que los hombres de “el piezas” podían descubrir la operación y que se fuera al garete. Sabíamos que una vez empezada saldrían todos corriendo, pero el más mínimo soplo nos hundiría. Tomamos posiciones rápidamente, detrás del grupo especial, y comenzó el baile. Uno de los colombianos que esperaban afuera se dio cuenta de la jugada y nos dedicó una ráfaga de su pistola, que fue respondida por nuestros hombres, hiriéndole en el pecho. Los colombianos y un par de hombres de “el piezas” salieron del despacho, que daba directamente al taller, pero se abstuvieron de disparar viéndose como estaban rodeados. Ni rastro de nuestro hombre ni de Sandra. La salida de emergencia. Aguado y yo salimos corriendo hacia la parte de atrás, donde ambos ya estaban montándose en una motocicleta para escapar. Tuvimos que escondernos, ya que no estaba desarmado. Respondimos con nuestras armas reglamentarias. Tres disparos Aguado, dos disparos yo. Nunca sabré si fui yo el que le acertó en el hombro o si por el contrario impacté en la cabeza de Sandra. El tipo se tiró al suelo gimoteando. La motocicleta se le cayó encima, al igual que el cuerpo inconsciente de ella. Los de la ambulancia estabilizaron la fea herida, pero nada se puedo hacer por la pobre Sandra. Yo mismo certifiqué que no tenía pulso. Tantas horas deseando tocarla para acabar cogiéndola de su inerte muñeca.

Pobre Sandra, que quería ser abogada, pero terminó en los brazos de un asqueroso narcotraficante venido a más, que se sacó la enseñanza básica obligatoria con matrículas, que tocaba la guitarra española y el piano, que fue monitora en campamentos de verano en la sierra de Madrid. Pobre niña y puta mala puntería. La suya y la mía.

En el despacho conseguimos coca y dinero suficiente para enchironar a los asistentes a la reunión. Una ramificación más que la policía había conseguido desmantelar. Un éxito más para el cuerpo y menos chusma en las calles. En breve otro mierda reclamaría su lugar en el negocio y tendríamos que volver a echarle el guante. Otra vez.

Llegué a casa pronto, Sonia no me esperaba. Fui directamente a la habitación de Sara y la abracé fuerte. Un par de lágrimas se me escaparon mientras intentaba sentirme bien protegiéndola.

- No te preocupes por nada, Sandra. Yo siempre estaré aquí para defenderte de los chicos malos.



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