domingo, 5 de mayo de 2013

Salif


Delante de él estaba uno de los que horas antes había acabado con la vida de su hermano Malaika. No le podía ver la cara, puesto que llevaba una máscara de calavera. Un ángel de la muerte que vino a castigar a su hermano por apartarse del camino del Señor, pensó, pero detrás de esa máscara sólo había un hombre, un soldado enviado por una potencia extranjera para expulsar a los grupos salafistas de su zona. Salif no podía hacer tal razonamiento a sus escasos ocho años y siguió observando a su ángel. La máscara consistía en un trozo de tela que cubría la parte inferior de la cara, el resto de la misma quedaba oculto por las enormes gafas de protección que le daban un aspecto aún más siniestro. Estaba relajado y sus manos se posaban sobre su FAMAS que llevaba sujeto por una correa de tres puntos. Podía haberse quedado observando miles de detalles durante horas, pero la columna empezó a avanzar hacia otro poblado y los soldados se alejaron, dejando el pueblo en manos del ejercito regular. Se dirigió entonces a su casa.

Allí su familia seguía llorando a Malaika, el mayor de los seis hermanos que tenía. Era un joven fuerte que se dedicaba al pastoreo, como su padre antes que él. Sus padres fueron convertidos al cristianismo por un misionero francés que en la década de los ochenta viajó hasta su pequeño poblado y evangelizó con mayor y menor fortuna hasta que un grupo de tuareg se disgustó con él y fue lapidado un caluroso día de agosto. Desde entonces en el pueblo los cristianos no se reunían ni se mostraban por el miedo a ser ajusticiados de la misma forma que la persona que les llevó la luz y la esperanza, y gracias a ello conservaron la vida.

Unos meses antes, la insurgencia Tuareg había iniciado una revuelta que puso a Mali patas arriba. Fue la oportunidad que los islamistas esperaban, así aprovecharon el caos reinante para hacerse con el control de la mitad del país. Comenzaron a aplicar la Sharia estrictamente y tomaron represalias contra cualquiera que fuese sospechoso de no seguir la doctrina establecida. La familia de Salif se reunió, puesto que con una simple acusación podían ser condenados a muerte. Cavaron y escondieron todos los crucifijos y símbolos cristianos que tenían en la casa y decidieron que su primogénito se uniría a las milicias. Malaika se marchó de casa abrazándose a sus padres y rogando a Dios que no le pasase nada a su familia en su ausencia.

Salif despreció a su hermano. No podía imaginar cómo iba el Señor a protegerlos a ellos cuando él iba a hacer la guerra al lado de infieles. Su despedida fue fría y silenciosa, haciendo la partida de Malaika aún más dolorosa. Durante años había rezado en silencio, pero sus padres le ordenaron que dejase de hacerlo. Esa noche lo hizo a escondidas para que toda la milicia fuese exterminada.

Aquella noche tuvo un sueño. Él estaba en Gomorra, aunque las casas eran muy similares a las de su pueblo y sus habitantes vestían igual. Paseaban tranquilamente cuando descendieron del cielo un millón de ángeles que sacando sus cimitarras comenzaron a decapitarles a todos. Una gran masacre se realizó en aquel sueño, quedando Salif satisfecho, observando al ángel de la muerte que tenía delante de él. Era diferente al que horas más tarde vería en la entrada del pueblo. Llevaba la cara descubierta, era hermoso y sus ropas eran blancas. La sangre de los infieles resbalaba en su espada, pero no había manchado sus ropas. Le sonrió y se despertó. Después llegaron los ruidos, las explosiones y la carrera a un rincón de la casa donde se abrazó al resto de sus hermanos mientra sus padres les protegían con sus cuerpos.

Todos esos recuerdos no tan lejanos confluían ahora en su mente mientras veía a su hermano muerto y a sus padres llorando desconsoladamente por el hijo que habían perdido. Para él, Malaika había traicionado al Señor y éste le había castigado. Se juró a si mismo que sería el mejor siervo el resto de sus días.

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