martes, 7 de mayo de 2013

Noche de difuntos


 Cada noche del 31 de Octubre sigo el mismo ritual. Sé muy bien cuando empezó, mas no cuándo va a terminar, puesto que nadie es capaz de conocer su destino. Me preparo cuidadosamente y repaso la lista de las cosas que he de llevar: comida, bebida, una manta, mi pistola. Lo meto todo en mi vieja mochila y salgo de mi habitación, procurando que nadie escuche mis pisadas.

El autobús me lleva a mi destino en media hora. Muchos se extrañan cuando me ven bajar en la parada del viejo cementerio, aunque no me importa. Al menos ya no. Hubo un tiempo en el que cambiaba de acera simulando que me había pasado de parada y cruzaba la carretera, pero esos años quedaron atrás.

Mi fuerza ya no es la de antes y a veces me cuesta saltar la valla, aunque con el paso de los años descubrí los mejores puntos de acceso, lugares desde donde es más fácil acceder al campo santo. Conozco los turnos y las rutas de los vigilantes, así que nunca les doy sorpresas, y si encuentro a algunos niñatos en mi trayecto les saludo y les invito a no molestarme.

Cada año tengo el mismo destino, pero procuro variar el trayecto para ver las nuevas incorporaciones. Viejos y jóvenes, maestros y doctoras, ricos y policías. Nadie escapa de las garras de la muerte y sé que algún año lo mismo alguien leerá mi nombre en el mármol. Esquela no habrá en la prensa, puesto que nadie me recuerda en vida y tampoco lo harán en la muerte. No me preocupa. Mis seres queridos yacen en el lugar donde acudo cada noche de difuntos.

Llegar al panteón familiar es sencillo, pero cada año resulta más difícil abrir la puerta. He de arreglarlo, mas nunca encuentro el momento. Una vez dentro despliego la manta, coloco la comida y bebo un buen trago de licor, puesto que sereno soy incapaz de hacerlo. Compruebo que todo está correctamente y me siento en el suelo y espero.

Uno a uno van entrado en la sala, saludándome con un leve movimiento de cabeza. Se colocan en sitios que les he pre-asignado, con su comida favorita delante. Se sientan y esperan a que estemos todos listos, ya que, aunque llevan muertos decenios, siguen teniendo educación. A mi señal comienzan a devorar la comida, mientras yo sigo bebiendo, pasando el trago lo mejor posible.

No se puede decir que su conversación sea buena, o que tengan nuevas anécdotas que contar, mas nadie me interrumpe cuando hablo y siempre están pendientes de las noticias que les llevo. Alguna vez puedo intuir una sonrisa, otras una mueca de malestar. Juraría que algún año he visto lágrimas, aunque pudieran ser gotas de lluvia. Sea como fuere paso una agradable velada.

Cuando ya estoy cansado o está amaneciendo empiezo a recoger las cosas. Alguno protesta emitiendo algún gruñido, pero por lo general no oponen mucha resistencia a que me vaya. Al fin y al cabo soy su único vínculo con el exterior y si me quedase con ellos sería su fin. El ritual debe ser siempre el mismo: yo les proporciono comida y les acompaño en esta larga noche para que el resto del año estén tranquilos.

La vuelta a casa es dura, puesto que el sueño intenta vencerme y he de resistir para no pasarme de parada. Tengo un duplicado de las llaves de entrada, por lo que no tengo problema para llegar hasta mi habitación, ponerme el pijama y echar una cabezadita antes de que nos den las pastillas. Así vuelvo al mundo real, a la rutina del dominó.

Ayer me rompí la cadera. Ayer, 30 de Octubre, tuve un resbalón tonto cuando volvía de la casquería. El dolor ha sido mitigado con morfina, pero a pesar de los calmantes mi mente sigue lucida y tengo miedo, tengo muchísimo miedo. Por primera vez desde mi gran error estoy aterrado y paralizado, ya que, aunque alguien me hiciese caso, tan solo yo puedo llevar a cabo dicha tarea.

Sé que se levantarán, que se enfadarán por mi ausencia y que saldrán a buscarme. Lo primero será ir a la residencia y después, cuando no me encuentren allí, vagarán por toda la ciudad hasta que me encuentren, dejando un rastro de sangre a su paso.

Tarde o temprano darán conmigo y entonces recibiré el castigo correspondiente por romper el pacto. Mi carne será devorada y las llamas consumirán mis huesos. Mi alma pasará el resto de la eternidad sufriendo castigos inenarrables Todos estos años, al final, tan solo han servido para aplazar lo inevitable, puesto que tengo demasiado que expiar. Así sea.

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