miércoles, 15 de mayo de 2013

Bloqueo II


Una vez más estaba bloqueado frente a la hoja en blanco que aparecía en la pantalla de su ordenador. De nada valían las palabras que había escrito meses antes cómo propósito para el nuevo año. En su cabeza se mezclaban muchas historias a las cuales no sabía por donde meter mano. Dio un sobro a su cerveza pensando en que un poco de alcohol en su sangre no le perjudicaría, puesto que aquella tarde tampoco iba a ser una muy productiva. Intentó escribir sin éxito un pequeño relato sobre un par de enamorados, pero enseguida le vino una historia de guerra y de miseria y acabaron las dos en un rincón olvidado de su cerebro. Volvía a dejarse a vencer por el miedo y las dudas, por el ansia de escribir por escribir, por el mero objetivo de terminarlo, no de disfrutar mientras escribía. Apuró la cerveza y apagó el ordenador, ya que era inútil seguir torturándose frente a la pantalla. Otro día lo conseguiría.

martes, 7 de mayo de 2013

Noche de difuntos


 Cada noche del 31 de Octubre sigo el mismo ritual. Sé muy bien cuando empezó, mas no cuándo va a terminar, puesto que nadie es capaz de conocer su destino. Me preparo cuidadosamente y repaso la lista de las cosas que he de llevar: comida, bebida, una manta, mi pistola. Lo meto todo en mi vieja mochila y salgo de mi habitación, procurando que nadie escuche mis pisadas.

El autobús me lleva a mi destino en media hora. Muchos se extrañan cuando me ven bajar en la parada del viejo cementerio, aunque no me importa. Al menos ya no. Hubo un tiempo en el que cambiaba de acera simulando que me había pasado de parada y cruzaba la carretera, pero esos años quedaron atrás.

Mi fuerza ya no es la de antes y a veces me cuesta saltar la valla, aunque con el paso de los años descubrí los mejores puntos de acceso, lugares desde donde es más fácil acceder al campo santo. Conozco los turnos y las rutas de los vigilantes, así que nunca les doy sorpresas, y si encuentro a algunos niñatos en mi trayecto les saludo y les invito a no molestarme.

Cada año tengo el mismo destino, pero procuro variar el trayecto para ver las nuevas incorporaciones. Viejos y jóvenes, maestros y doctoras, ricos y policías. Nadie escapa de las garras de la muerte y sé que algún año lo mismo alguien leerá mi nombre en el mármol. Esquela no habrá en la prensa, puesto que nadie me recuerda en vida y tampoco lo harán en la muerte. No me preocupa. Mis seres queridos yacen en el lugar donde acudo cada noche de difuntos.

Llegar al panteón familiar es sencillo, pero cada año resulta más difícil abrir la puerta. He de arreglarlo, mas nunca encuentro el momento. Una vez dentro despliego la manta, coloco la comida y bebo un buen trago de licor, puesto que sereno soy incapaz de hacerlo. Compruebo que todo está correctamente y me siento en el suelo y espero.

Uno a uno van entrado en la sala, saludándome con un leve movimiento de cabeza. Se colocan en sitios que les he pre-asignado, con su comida favorita delante. Se sientan y esperan a que estemos todos listos, ya que, aunque llevan muertos decenios, siguen teniendo educación. A mi señal comienzan a devorar la comida, mientras yo sigo bebiendo, pasando el trago lo mejor posible.

No se puede decir que su conversación sea buena, o que tengan nuevas anécdotas que contar, mas nadie me interrumpe cuando hablo y siempre están pendientes de las noticias que les llevo. Alguna vez puedo intuir una sonrisa, otras una mueca de malestar. Juraría que algún año he visto lágrimas, aunque pudieran ser gotas de lluvia. Sea como fuere paso una agradable velada.

Cuando ya estoy cansado o está amaneciendo empiezo a recoger las cosas. Alguno protesta emitiendo algún gruñido, pero por lo general no oponen mucha resistencia a que me vaya. Al fin y al cabo soy su único vínculo con el exterior y si me quedase con ellos sería su fin. El ritual debe ser siempre el mismo: yo les proporciono comida y les acompaño en esta larga noche para que el resto del año estén tranquilos.

La vuelta a casa es dura, puesto que el sueño intenta vencerme y he de resistir para no pasarme de parada. Tengo un duplicado de las llaves de entrada, por lo que no tengo problema para llegar hasta mi habitación, ponerme el pijama y echar una cabezadita antes de que nos den las pastillas. Así vuelvo al mundo real, a la rutina del dominó.

Ayer me rompí la cadera. Ayer, 30 de Octubre, tuve un resbalón tonto cuando volvía de la casquería. El dolor ha sido mitigado con morfina, pero a pesar de los calmantes mi mente sigue lucida y tengo miedo, tengo muchísimo miedo. Por primera vez desde mi gran error estoy aterrado y paralizado, ya que, aunque alguien me hiciese caso, tan solo yo puedo llevar a cabo dicha tarea.

Sé que se levantarán, que se enfadarán por mi ausencia y que saldrán a buscarme. Lo primero será ir a la residencia y después, cuando no me encuentren allí, vagarán por toda la ciudad hasta que me encuentren, dejando un rastro de sangre a su paso.

Tarde o temprano darán conmigo y entonces recibiré el castigo correspondiente por romper el pacto. Mi carne será devorada y las llamas consumirán mis huesos. Mi alma pasará el resto de la eternidad sufriendo castigos inenarrables Todos estos años, al final, tan solo han servido para aplazar lo inevitable, puesto que tengo demasiado que expiar. Así sea.

domingo, 5 de mayo de 2013

Salif


Delante de él estaba uno de los que horas antes había acabado con la vida de su hermano Malaika. No le podía ver la cara, puesto que llevaba una máscara de calavera. Un ángel de la muerte que vino a castigar a su hermano por apartarse del camino del Señor, pensó, pero detrás de esa máscara sólo había un hombre, un soldado enviado por una potencia extranjera para expulsar a los grupos salafistas de su zona. Salif no podía hacer tal razonamiento a sus escasos ocho años y siguió observando a su ángel. La máscara consistía en un trozo de tela que cubría la parte inferior de la cara, el resto de la misma quedaba oculto por las enormes gafas de protección que le daban un aspecto aún más siniestro. Estaba relajado y sus manos se posaban sobre su FAMAS que llevaba sujeto por una correa de tres puntos. Podía haberse quedado observando miles de detalles durante horas, pero la columna empezó a avanzar hacia otro poblado y los soldados se alejaron, dejando el pueblo en manos del ejercito regular. Se dirigió entonces a su casa.

Allí su familia seguía llorando a Malaika, el mayor de los seis hermanos que tenía. Era un joven fuerte que se dedicaba al pastoreo, como su padre antes que él. Sus padres fueron convertidos al cristianismo por un misionero francés que en la década de los ochenta viajó hasta su pequeño poblado y evangelizó con mayor y menor fortuna hasta que un grupo de tuareg se disgustó con él y fue lapidado un caluroso día de agosto. Desde entonces en el pueblo los cristianos no se reunían ni se mostraban por el miedo a ser ajusticiados de la misma forma que la persona que les llevó la luz y la esperanza, y gracias a ello conservaron la vida.

Unos meses antes, la insurgencia Tuareg había iniciado una revuelta que puso a Mali patas arriba. Fue la oportunidad que los islamistas esperaban, así aprovecharon el caos reinante para hacerse con el control de la mitad del país. Comenzaron a aplicar la Sharia estrictamente y tomaron represalias contra cualquiera que fuese sospechoso de no seguir la doctrina establecida. La familia de Salif se reunió, puesto que con una simple acusación podían ser condenados a muerte. Cavaron y escondieron todos los crucifijos y símbolos cristianos que tenían en la casa y decidieron que su primogénito se uniría a las milicias. Malaika se marchó de casa abrazándose a sus padres y rogando a Dios que no le pasase nada a su familia en su ausencia.

Salif despreció a su hermano. No podía imaginar cómo iba el Señor a protegerlos a ellos cuando él iba a hacer la guerra al lado de infieles. Su despedida fue fría y silenciosa, haciendo la partida de Malaika aún más dolorosa. Durante años había rezado en silencio, pero sus padres le ordenaron que dejase de hacerlo. Esa noche lo hizo a escondidas para que toda la milicia fuese exterminada.

Aquella noche tuvo un sueño. Él estaba en Gomorra, aunque las casas eran muy similares a las de su pueblo y sus habitantes vestían igual. Paseaban tranquilamente cuando descendieron del cielo un millón de ángeles que sacando sus cimitarras comenzaron a decapitarles a todos. Una gran masacre se realizó en aquel sueño, quedando Salif satisfecho, observando al ángel de la muerte que tenía delante de él. Era diferente al que horas más tarde vería en la entrada del pueblo. Llevaba la cara descubierta, era hermoso y sus ropas eran blancas. La sangre de los infieles resbalaba en su espada, pero no había manchado sus ropas. Le sonrió y se despertó. Después llegaron los ruidos, las explosiones y la carrera a un rincón de la casa donde se abrazó al resto de sus hermanos mientra sus padres les protegían con sus cuerpos.

Todos esos recuerdos no tan lejanos confluían ahora en su mente mientras veía a su hermano muerto y a sus padres llorando desconsoladamente por el hijo que habían perdido. Para él, Malaika había traicionado al Señor y éste le había castigado. Se juró a si mismo que sería el mejor siervo el resto de sus días.