domingo, 7 de abril de 2013

Laberinto

El viaje estuvo exento de cualquier peligro. No hubo oleaje, ni vislumbraron piratas en toda la travesía. La tripulación fue generosa con ellos y se sintieron muy bien, riendo y cantando todo el trayecto. Les apenó mucho tener que despedirse en el puerto, pero eran los elegidos para viajar a Cnosos y debían continuar.

Eran en total catorce, siete muchachos y siete muchachas, elegidos entre los nacidos quince años antes. Los más hermosos, los más listos, los más ambiciosos. Si Atenas estaba orgullosa de sus hijos, ellos eran el motivo. Jóvenes con talento e ilusión.

Llegaron de noche y las nubes impidieron que pudiesen admirar la belleza de la ciudad que iba a acogerles el resto de sus días. No pudieron ver los colores vivos de las paredes, los bellos arcos y puertas por las que entraron. Les acomodaron en habitaciones separadas y pudieron descansar.

Al día siguiente les despertaron temprano, fueron conducidos hasta los baños y allí les examinaron concienzudamente. Todos mostraron que no sólo estaban en perfectas condiciones físicas, sino que además destacaban en artes tan dispares como la lucha, la poesía o la pintura. Los sacerdotes de Cnosos se mostraron complacidos y les permitieron volver a sus habitaciones a descansar.

Por la noche les agasajaron con un banquete. La mejor carne de cabrito que habían probado, los vinos más deliciosos. Pudieron probar los manjares más exquisitos del mundo conocido, ya que todos rendían pleitesía al poderoso Rey Minos. Incluso la Gran Atenas tenía que enviar cada nueve años catorce jóvenes para que entrasen al servicio del Rey. Todos estaban felices por haber sido elegidos para esa gran tarea.

Al finalizar la cena, uno de los sacerdotes se acerco al grupo y de entre todos ellos cogió a la muchacha más bella para llevarla al centro de la sala. Todos se inclinaron cuando Minos apareció por una de las puertas. Se acercó a ella y alabó la gracia de los Dioses por permitir que existieran criaturas tan bellas cómo la que tenía delante de él. La tomó de su mano y se la llevó a sus aposentos.

El resto de muchachos y muchachas envidiaron a su compañera. Se retiraron a sus habitaciones viendo la opulencia que rodeaba aquel palacio. Algunos se asomaron por las ventanas. Las nubes habían desaparecido y pudieron admirar la grandeza de aquel paraje. Ninguno reparo en que la luna casi estaba llena, circunstancia que había sellado el destino de su compañera.



2 comentarios:

Nymeria Solo dijo...

Muy bueno. Qué mal rollito da... Curiosamente, me ha recordado un poco a la situación de nuestros jóvenes sobradamente cualificados :P.

Victor Tejada dijo...

Es una alegoría de la vida ....