lunes, 29 de octubre de 2012

Katherine


Las manos de uno de los hombres se posaban en la garganta de K. El resto miraba serenamente cómo se desvanecía la vida de la muchacha. Todos tenían sus razones para desear su muerte puesto que con ella había llegado la lujuria a su pequeña comunidad, pero fue el reverendo Tom el que decidió cargar con dicho pecado. Cuando todo acabó, el reverendo cerro los ojos de la joven y colocó su cuerpo en la pira crematoria que habían construido para purificarla. Lanzaron las antorchas y vieron cómo la hoguera cumplía con su obligación. Uno a uno, y después de recibir la bendición del reverendo, se fueron marchando en silencio, quedando tan sólo el hombre santo y la pira encendida. Se fue caminando antes de que las llamas se apagasen por completo, dejando atrás los huesos de su hija.  

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