domingo, 5 de agosto de 2012

Desierto


 El calor derretía mi sesera, me aplatanaba y destruía el poco espíritu que habitaba en mi cuerpo. Me quedaba sin ganas de hacer nada. Estaba tumbado viendo una película que ponían en la televisión, ganadora de un oscar, y de risa, o eso parecía. En aquel estado, ni despierto ni dormido, ni consciente ni alelado, el tiempo y el espacio no eran nada para mí. Era la nada, una sensación demasiado conocida para mi.

Al principio, y no se por cuanto tiempo, fue una sensación placentera, sin prisas, horarios o problemas. Sin tener que pensar en trabajar al día siguiente. Tal vez eso era lo que más me atraía de aquella modorra que se había instalado en mi mente y mi persona tras la comida. Los platos sucios, la ropa sucia, el polvo que limpiar, la bañera que fregar y la lavadora que tender, eran problemas secundarios en aquel momento. No sé si sería el Nirvana, pero al menos era placentero, aunque no duró.

Sin saber cuanto tiempo había transcurrido vi como el cielo se cubría, como mi sofá se deshacía y se quedaba reducido a ser una incomoda piedra. Los muros de mi casa, mi barrio y mi ciudad se quedaban en nada y la arena empezó a introducirse en mi boca. No tuve más remedio que levantarme para evitar aquella asquerosa sensación. Miré en todas las direcciones, pero tan solo el mueble del Salón permanecía en su lugar.

Había anuncios en la pantalla y todos eran de bebidas refrescantes. No eran los que yo recordaba, puesto que un refresco de cola hacía encoger a la gente, uno de naranja era vital para protegerse del sol en verano y otro sin gas te permitía propulsarte hasta la luna y volver desde allí en dirigible. Todo me parecía viable, salvo lo del dirigible, porque todos sabemos que la luna es una república independiente que no admite ni turistas ni invasiones.

Entre la arena y los anuncios, la boca empezó a estar demasiado pastosa, por lo que decidí ir a la cocina a por algo de beber, pero no estaba detrás de mi. Se me había olvidado por un momento que todo lo que abarcaba mi vista era un amplio desierto, un mueble con televisión y una piedra incómoda con forma de banco del parque. Esto empezaba a parecerse demasiado a alguna clase de pesadilla o capítulo de televisión de demasiadas series; solo faltaba un espíritu indio para enseñarme el camino o los números de un boleto de primitiva que posteriormente fuesen premiados, mas no tuve tanta suerte, puesto que nada pasó. Al menos el tiempo seguía siendo algo inexistente en aquel lugar y la hipoteca un sueño lejano, algo de lo que no se debía hablar.

Que raro. Sin previo aviso pensé, y sin venir a cuento, en mi adolescencia y en la maquina de bebidas que había en el instituto delante de la cual pasaba los ratos libres en el pasillo. Día a día, aquella maquina vio pasar una época en la cual estaba tan desorientado como ahora, sin rumbo, sin destino, sin apenas enemigos, amigos o vida social que me distrajese un poco. El tiempo no era nada para mi, ni lo fue hasta que en la facultad conseguí sobresalir sobre el resto en el noble arte del mus, el escaqueo y el aprobado por los pelos. Todo para acabar en un minúsculo cubículo sin más ambición que descansar cada noche en mi cama y visitar en verano ciudades europeas con historia y tradición cervecera, catando las mujeres de otros lugares previa negociación de un justiprecio.

Los recuerdos inundaban mi cabeza, pero no calmaban la galopante sed que tenía, así que opte por lo único sensato en aquella situación: Tumbarme en aquella piedra a seguir viendo la comedia a ver si, con un poco de suerte, las nubes negras convocaban a la lluvia. No sucedió. Nada cambió, pero conseguí conciliar el sueño pensando en que cuando despertase estaría tumbado plácidamente en el sofá.

El sol empezaba a levantarse mientras la luna insistía en quedarse. Fue un espectáculo asombroso ver como el sol golpeaba a la luna hasta que esta admitía su derrota y se iba por su camino a un lago enorme en el cual descansar hasta la noche. Al menos estaba en mi sofá, por lo que no me dolía la espalda, pero si la cabeza. En lugar del mueble de la televisión tenía el frigorífico y una pequeña mesita. Maldije al nuevo día por no poder hacerme un café ni unas tostadas. Tampoco tenía un exprimidor a mano, ni cuchillos para untar. Me sentí indefenso y obligado a beber a morro de un tetra-brick de leche, la cual estaba agria, pero repuse fuerzas. Debía tener bastante mal aspecto, pero cómo no había ningún espejo a mi alrededor no pude comprobarlo.

Tentado estuve de abandonar el sofá y comenzar a andar, pero no había nada a mi alrededor. Hasta donde alcanzaba mi vista era todo arena, sin rastro de agua, sombra o civilización. Sin duda era una locura quedarse allí, abandonarme a mi mismo en aquel oasis, más salir de aquella zona de confort era un suicidio. Lamenté haber perdido la televisión, puesto que empecé a ponerme nervioso por la inactividad, por no tener nada que hacer. Abrí la mesita con la esperanza de que tuviera un libro o algo con lo que pasar el rato, pero los 3 cajones estaban llenos de arena. Metí las manos dentro de la fría arena y no encontré nada, más la sensación agradable que tuve me hizo permanecer de rodillas sobre un suelo caliente, pero con las manos frías. No se cuanto tiempo permanecí en aquella postura, pero llegó un momento en el cual no aguanté más y caí rendido sin tener tiempo de acercarme al sofá.

Desperté dolorido y lleno de arena. Mi espalda pedía urgentemente un masaje, pero alrededor sólo tenía mi sofá y una bicicleta estática. Era ya el tercer día que pasaba en aquel horrible lugar y empezaba a estar cansado de aquellos cambios. En un ataque de rabia le dí una patada a aquella bicicleta, pero estaba bien anclada al suelo y lo único que conseguí fue caer de culo y hacerme daño. Seguía sin saber que era lo que estaba pasando y temí perder la locura, puesto que la cordura la perdí un par de días antes.

El cuarto día desperté casi sin fuerzas. El hambre, la sed, el calor, aburrimiento, ira, depresión ….. demasiadas sensaciones en mi cerebro. Esta vez observé que no había nada más que mi sofá alrededor, por lo que tuve la sensación de que ese día iba a morir. Dentro de mi ser sabía que ya no quedaba nada por lo que seguir respirando, por lo que seguir viviendo. Ese maldito desierto había acabado con mis fuerzas y esperanzas y lo único que podía hacer era quedarme allí, seguir esperando a que acabase todo. Dejarme morir. En ese instante, a pesar de no tener casi fuerzas, a pesar de que las neuronas estuviesen cercadas por el pesimismo, decidí que si iba a morir sería con clase y dignidad, por lo que me levanté del sofá.

Mis articulaciones no respondieron a la primera, pero con algo de esfuerzo conseguí ponerme vertical y observar que nada había en el horizonte, más mi determinación se hacía cada vez más fuerte y empecé a caminar. Paso a paso. Pie derecho, pie izquierdo. Los dos primeros pasos fueron lentos y un poco torpes, pero sin riesgo de caída. A cada nuevo paso que daba recuperaba más las fuerzas y la confianza en mi mismo, por lo que pronto empecé a tener un buen ritmo. No miré para atrás para despedirme de mi sofá, ni siquiera cuando aceleré el paso y corrí.

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