jueves, 24 de mayo de 2012

Jueves 6:49



Jueves, 6:49 de la mañana. Un joven se dispone a coger el metro. Es apuesto, simpático, amable y un poco pendenciero. A su lado uno no tan joven escribe con su iPad. Esta segunda persona ya peina canas, y escucha música mientras intenta componer un relato o similar con el traqueteo del tren. Traqueteo; bonito palabro.

Esta medio dormido y no tiene ganas de ponerse a trabajar en un rato, pero ha de hacerlo, como todos los días. Aun sigue teniendo dificultades para acostumbrarse, pero una mañana más seguirá haciendo lo que mejor sabe hacer: escaquearse.

El vagón esta casi vacío, con poca gente y muchas caras de cansancio. No se oye nada mas que el ruido del metro. Ni una conversación, ni risas, ni nada de nada, salvo la voz metálica pregrabada anunciando las estaciones sin ningún entusiasmo. La mayoría de la gente no siquiera mira al resto, simplemente miran al suelo sin ninguna intención de cruzar su mirada con la de otro, sin generar contacto social. No les importa, nunca les ha importado.

Avanza el metro y por ello esta más cerca de la rutina, del caos, la desesperación y de todo lo que le rodea. Ea, ea, ea, el no tan joven se mosquea. Llega el cambio de línea y se levanta con lentitud, pensando en que en el siguiente vagón en el que entre no tendrá asiento para seguir escribiendo. No pasa nada, leerá un poco y ya está.

Su único consuelo a estas horas de la mañana es que tan solo le queda un madrugón para irse de viaje a Valdepeñas, a ver Almagro, a disfrutar de un SPA en compañía de su pareja. Aunque hoy, como de costumbre, le quedan mínimo 7 horas (bastantes más, que empieza a firmar hipotecas a las seis de la tarde) en las que deberá seguir demostrando porque es el mejor.

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