viernes, 6 de abril de 2012


   Puedes haber leído multitud de ensayos, artículos y tratados de psicología, pero nunca sabrás lo que es no poder decir que no si no tienes ese problema. No poder hacer frente a ninguna disyuntiva puede llevar a un ser humano a lo más alto o a la ruina más espantosa. Yo he estado en ambas situaciones y os aseguro que ninguna de las dos os interesa.

   Soy perfeccionista, detallista e incapaz de decir NO. ¿Quedamos para jugar un partido de tenis? ¿Estarán a tiempo esos informes? ¿Me llevas al supermercado? ¿Le importa hacer un par de horas extras? ¿Te gusta mi vestido? ¿Crees que la conquistaré con el rollo macho ibérico? Si, si, si, si, si, si. A pesar de que mi cerebro sabe que no podré jugar al tenis si tengo que hacer horas extras, que los informes no saldrán, que el supermercado cierra a las ocho y el tenis es a las ocho y medía, que el vestido de flores es horroroso y que una chica sofisticada no va a caer ante un Alfredo Landa en el siglo XXI, mi intolerancia a los conflictos y mi afán de agradar me obligan a tener una refuerzo positivo a todas las preguntas que me realizan a lo largo del día.

   Como os he dicho anteriormente, eso me ha hecho estar en la cima y en la ruina, aunque no tendría que haber sido en ese orden. Mí SI siempre se vio en el ámbito empresarial como positivismo y energía, puesto que no existía ningún reto o trabajo lo suficientemente duro para mí. Donde otros flaqueaban, yo aportaba. Terminaba los trabajos más complicados, resolvía los problemas ante los cuales otros desfallecían y las alabanzas y loas llenaban mi orgullo y mi cuenta corriente. Sentimentalmente conseguí el cariño y el amor de una magnífica mujer y nuestra relación se hizo fuerte por mi apoyo total.

   Lo malo del éxito es que es una montaña rusa, y a pesar de mis esfuerzos, de mi capacidad de trabajo, de sonreír y de no decir nunca NO, la acumulación de tareas hizo que mi salud se fuese debilitando. Llegó un momento en que los picos de trabajo no eran temporales y mi relación sentimental requería cada vez más tiempo. Para no tener que elegir, cosa que para mí era imposible, tuve que recurrir a ayudas externas, aunque eso solo acrecentó el problema.

   La dinámica de mi vida era cada vez más intensa, pero pensé que todo se arreglaría, como siempre, con mucho esfuerzo y por si solo. Así sucedió. Un buen día al volver a casa me di cuenta que faltaba toda su ropa y sus fotos. Debió haberlo hablado conmigo, puesto que yo no la hubiese dicho que no a nada. La hubiese dicho que iba a dejar de trabajar hasta las once, que íbamos a pasar más tiempo juntos y que volveríamos a tener fines de semana especiales. Fue un alivio pensar en el esfuerzo que me iba a ahorrar.

   También perdí el trabajo. Los resultados que obtenía cada vez eran peores por las prisas, por la saturación y porque seguía pensando en ella. Mi último día recogí todas las cosas y fui saludando a mis antiguos compañeros. No te rindas. Tú puedes. Mucho ánimo. Si necesitas algo tienes mi número. A todos ellos les dije que si, aunque por primera y última vez, solo lo decía por compromiso.



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