miércoles, 9 de noviembre de 2011

La muerte

La muerte pasó por mi puerta, llamó, pero dije que estaba ocupado. Estaba tratando de elegir mi atuendo para un evento, una unión de dos personas en sagrado matrimonio. Ella me dijo que no me preocupase, que al igual que se ocupaba de los seres vivos también se ocupaba de que todo terminase y que aquel matrimonio no duraría mucho. Aprecie su perspectiva y la invite a pasar a mi casa. Creo que no fue un error.

Nada más entrar la dije que esperaba que no tuviese prisa por llevarme, que aún me quedaba mucho por hacer en esta tierra y ella me contesto aliviando mis temores; no era mí día, ni mi año. Ella había venido por mi flamante televisor de cuarenta y dos pulgadas. La dije que no podía ser, que acababa de terminar la garantía y que aún funcionaba estupendamente. Me giré hacia él, mis piernas tropezaron y en la caída lo arrastre contra el parquet. Ella saludó y amago con irse, pero la interpele haciéndola ver que había sido muy descortés con mi persona, ya que ella había provocado aquel desastre. Mostró una sonrisa amable y dijo “ese es el menor desastre que he provocado en los últimos cinco mil años”. No obstante la invité a un té con frutas del bosque y ella acepto, ya que iba bien de horario.

En compensación por la destrucción de mi televisor me contó que el evento al que tenía pensado acudir sería magnífico y estupendo, pero que a los dos años de casados, el tedio y la rutina tirarían por la borda el esfuerzo anterior y ella recogería aquella relación para llevarla a donde descansaban todas las personas y cosas cuyo tiempo llegaba a su fin.

Me inquietó la idea de tener una caducidad cierta o que aquella señora llena de vida tuviese poder de decisión sobre el final de las cosas. Me leyó el pensamiento (indicándome que era otro de sus múltiples poderes y habilidades innatas) y me dijo que me relajará, que no tenia planes para mi a corto plazo, al menos de momento. Me contó muchas cosas, pero solo con el compromiso por mi parte de no intentar contarlas, puesto que al menos signo de ello caería fulminado por un rayo, un relámpago y las 7 plagas de oriente (que no eran las mismas que las de Egipto, me aclaró cortesmente). De ahí deduje que la muerte era en si mismo una Diosa. Una Diosa que no creaba en este mundo, sino en otro diferente. Una Diosa que cogía lo que más le gustaba para crear su mundo a su gusto; Me sentí triste al no ser merecedor de tal consideración, más ella me dijo que me llevaría con ella cuando fuese el momento, cuando hubiese recogido la sabiduría necesaria para volar más allá del Mar. No entendió que yo le respondiese “¿Hasta las Canarias?”

Con la charla y el té no me di cuenta que se me hacía tarde, pero ella gustosa se ofreció a teletransportarme hasta allí. La ofrecí ser mi acompañante, pero tenía trabajo que hacer, la historia de mi vida. Se despidió dándome dos besos en la mejilla, que ni me hicieron sentir mal ni bien, y se fue prometiendo volver a visitarme a menudo para seguir conversando. Lo primero que hice después de saludar a un par de conocidos fue pedir una cerveza para ver si seguía estando vivo.

Así pues y después de varias charlas, cada vez que ella se va o que siento malestar, me bebo una cerveza y compruebo que un día más, y a pesar de todo lo raro que me ha sucedido, sigo estando vivo.