miércoles, 20 de julio de 2011

Guillermo y Ana

Volvía a casa tras un duro día de trabajo, conduciendo su Audi azul por la ciudad. Sonreía al pensar que acababa de comenzar sus vacaciones y disponía de tiempo para poder estar con su gran amor, con Ana, la que le había robado el corazón, el sueño e incluso una porción de su cama. Aparcó y subió a su apartamento. En el recibidor encontró una nota que leyó tranquilamente “Cariño, he salido cinco minutos a comprar unas cosas para la cena al chino de la esquina. Pasa, cambiate de ropa y esperame en el salón” Encontró el salón lleno de velas y de rosas, con la mesa preparada para la cena. Observó la cadena, que estaba preparada para que sonase Stewie Wonder.

Fue a su habitación para cambiarse y allí se la encontró, tumbada en la cama con un camisón transparente, mirándole con picardía.

- Creí que habías bajado a por algo.
- Si, pero eso fue hace al menos una hora – ella le miró sin reproches - te has retrasado y se ha enfriado la cena.
- Lo siento, pero tenía que dejarlo todo perfecto para evitar que me llamen durante las vacaciones. No quiero irme contigo a Praga y que una llamada me haga volver.

Los ojos de Ana se iluminaron y salto a su cuello para besarle. Él había estado guardando celosamente el destino de su viaje y la sorpresa le había encantado.

- Me alegro que te guste. Pensé en varios destinos, pero al final me he decidido por el reloj astronómico en vez de por el castillo de Buda y el puente de las cadenas.
- Gracias – Y volvió a besarle – pero eso no quita para que se me haya estropeado la cena. No hay manera de salvar la lubina.
- Vaya – Dijo Guillermo mientras fruncía el ceño y pensaba – aunque esta noche no me apetecía pescado. Podríamos aprovechar para ir a ese restaurante nuevo que tiene tan buena pinta.
- No se si habrá sitio, desde que lo aperturaron no hay día que no se llene.
- Bueno, estoy seguro de que tendremos mesa. Al ser viernes mucha gente habrá salido de la ciudad y siendo solamente dos no tendremos problemas para probar ese colgante de Presa Ibérica que tanto gustó a Roberto y Menchu.- Hizo una breve pausa y después de dar otro beso la dijo – Cambiate, no tardas nada y además, tenemos toda la noche y las próximas veinte más para nosotros solos.

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