lunes, 13 de junio de 2011

Volver a casa II


Después de comer y tras unos minutos de tensión silenciosa mientras recogía la mesa, ponía el lavavajillas y barría el salón, decidió salir a dar una vuelta por su antiguo barrio para escapar de la tristeza que impregnaba aquella casa y que había dejado a su madre sin apenas fuerzas ni ganas de mostrar un poco de hospitalidad. Se fue sin despedirse de ella.

Tras cerrar el portal volvió a encontrarse con su viejo barrio, con las calles donde había jugado y por las que hacía años que no paseaba. La tienda de ultramarinos de la esquina era ahora un “todo a 100” regentado por una pareja de ciudadanos orientales que desconocían el paradero de los antiguos dueños del local. Esa fue la tónica general en los primeros quinientos metros de su paseo, justo hasta llegar a la plaza. Allí su mente activó sus recuerdos.

No estaba tal y como el la recordaba, puesto que se había reducido para mejorar la circulación de las calles cercanas, pero su esencia permanecía. Los columpios de metal oxidados con los que jugaba cuando apenas levantaba una cabeza del mostrador de la tienda de chucherías habían sido sustituidos por unos más modernos, de materiales no peligrosos, y la arena de esas zonas era ahora una superficie blanda en la cual no hacerse daño al caer.

La fuente donde recobraba fuerzas había sido modernizada también, pero mantenía su ubicación justo en uno de los laterales de la misma. Recordó las batallas que tuvo que librar contra los de la Diagonal por su control y busco en el suelo alguna piedra para recordar los viejos tiempos, cuando la ley se imponía por la fuerza. Tantas batallas sin sentido que acababan a la hora de la cena y se retomaban al día siguiente justo después de merendar. Su madre le abroncaba cada vez que volvía a casa lleno de arena y con algún moratón, mientras su padre se reía y decía que eran cosas de críos y que no había porque preocuparse; y cuanta razón tenía. De hecho uno de los de la Diagonal llegó a ser su mejor amigo en la facultad, y lo seguiría siendo de no haber perdido el contacto tras marcharse de la capital.

Los pensamientos y recuerdos se le amontonaban en la cabeza cuando de repente un balón le golpeo en la espalda. Al volverse observó a un niño de unos seis años que venía corriendo hacía él. Cogió el balón y volvió a donde estaba jugando. La madre del niño se acercó para pedirle disculpas y pudo reconocerla a pesar del tiempo transcurrido. El pelo pelirrojo, ondulado y largo, sus ojos marrones y pequeños, su nariz achatada y sus pómulos caídos. Era Laura sin duda, una amiga de su infancia con la que compartió secretos y confesiones y una primera experiencia sexual que no dejo a ninguno de los dos satisfecho. Ella no le reconoció, simplemente le pidió disculpas por el comportamiento de su hijo y volvió con él a la zona donde estaban jugando.

Por un momento sopeso la posibilidad de saludarla, de conversar un poco con ella y de preguntarla que tal le iban las cosas, pero solo con ver la sonrisa que exhibía fue suficiente para reconocer que era una mala idea, por lo que decidió no molestarla y seguir deambulando por las calles en busca de un poco de paz y de calma.

Encauzó sus pasos hacia el bar donde solía reunirse con sus amigos, un típico mesón donde pasó horas bebiendo botellines y jugando al futbolin que al entrar pudo observar que ya no estaba. Debido al uso y abuso que hicieron de él, había acabado destrozado y reemplazado por un par de mesas que daban muchos más beneficios. En la barra le reconoció el camarero, que le saludó efusivamente y lamentó su perdida. Le puso un botellin y un pincho de tortilla. Bebió un gran sorbo y de repente noto como alguien le tocaba en la espalda, se volvió y al ver a un amigo de toda la vida sonrió y se fundió en un fuerte abrazo.

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