lunes, 16 de mayo de 2011

Volver a casa

Se quedó mirando por la ventanilla las casas cercanas a la estación y se preparó para bajar. Había sido un viaje largo, duro y penoso, y ahora que por fin volvía a estar en su ciudad podía volver a mostrar aquella sonrisa que tanto le gustaba a su abuela, aunque ella ya no estuviera allí para verla.

Recogió su maleta y bajó del tren. Buscó sin apenas esperanza una cara conocida en la estación, alguien que le abrazara y llevara a su casa, pero no encontró a nadie, y eso que había avisado de su vuelta. No le extrañó mucho.

Tras coger un par de autobuses al fin llego a su portal, que había cambiado mucho desde su última visita hace ya tres años. Nuevos azulejos, nueva puerta, nuevas escaleras. En su buzón también echó en falta su nombre.

Subió andando los 16 escalones que llevaban a la casa de sus padres y llamó. Cuando se abrió la puerta su madre le observó, sin duda estaba bastante cambiado, pero no lo suficiente como para no reconocerle. Sin ninguna concesión a la confianza le dejó pasar.

Franqueó la puerta de su casa hasta entrar en el salón y dejar la maleta. Allí nada había cambiado y podía recorrer milimétricamente aquel salón de un lado a otro sin equivocarse cerrando sus párpados. Sus ojos se quedaron absortos en el retrato familiar, una pequeña lágrima le recorrió la mejilla. Colocó las manos en los bolsillos y desvió la cara hacia la cocina.

Allí, su madre, estaba terminando de pelar las patatas para una tortilla. Intercambiaron un par de frases sin mucho interés. A ella se la notaba abatida y a él le estaba pasando factura el viaje, así que fue a su antigua habitación.

Mientras deshacía la maleta empezó a recordar a su padre, como éste le había montado la estantería, el día que fueron a comprar la televisión, el agujero de la pared que hizo con su puño cuando discutieron por irse a vivir la vida a una ciudad lejana. Cada libro, cada juego, todo le recordaba a él y los recuerdos le hacían daño, puesto que sabía que debía almacenarlos ahora que no iban a producirse nuevos.

Salió de su cuarto y acudió al salón, donde su madre había preparado ya la mesa. Comenzaron a comer en silencio, sin el más mínimo ruido ya que la televisión fue exiliada de allí muchos años antes.

Mientras comía le entró la necesidad de empezar a hablar con su madre, de contarle cómo era su vida, las penurias que tuvo que pasar antes de encontrar piso, los trabajos que tuvo que desempeñar hasta conseguir un contrato fijo y mal pagado, las decepciones amorosas que le habían dejado ya huella en el alma. Le hubiese gustado decirle que les había echado de menos, que todas las semanas pensaba en regresar, que no había escrito cartas por no tener una dirección estable y de cómo, al enterarse de la muerte de su padre, había llorado y llorado hasta quedarse casi deshidratado. Pero no se lo dijo.

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