sábado, 14 de mayo de 2011

Perdido II

Perdido en el centro comercial me hallaba. Mi madre se había lanzado a la vorágine de las compras y rebajas, dejándome a mí, su pequeño, sentado en un banco. Mi curiosidad no pudo reprimir sus instrucciones de quedarme quieto y recordé la existencia de aquella vieja tienda de juguetes del ayer, pero era demasiado pequeño para encontrar el camino.

¿Quién lloraría por mí si me quedaba en aquel centro comercial marchito? ¿Quién ocuparía mi lugar en mi casa, llenaría la balanza de sinsabores de mi madre y recibiría las propinas de mis abuelos?

Sin rumbo, sin orden, sin saber hacia dónde caminaba. Me sentía impotente y me entraron una tremendas ganas de llorar. Lo hice. Descargué mis lágrimas como un torrente de primavera, de aquellos que surgen de repente cuando luce el sol en lo más alto. Los transeúntes no tuvieron más remedio que fijar su mirada en mí cuando comencé a llorar.

Dos señores muy amables que iban cogidos de la mano se pararon frente a mí y me preguntaron qué me había pasado, ante lo cual yo, a mis siete añitos, les relaté como mi malvada madre me había dejado solo e indefenso en un banco. Horrorizados por mi relato me llevaron al punto de información del centro comercial donde, para mi sorpresa, no era el único niño que había sido abandonado por un 60% de rebajas.

Allí me dieron un pez para que jugase con él y pasé un rato tranquilo, divirtiéndome con mis nuevos amigos, hasta que oí gritos y al mirar hacia arriba vi a mi madre discutir con los amables caballeros que me habían rescatado de la soledad y el desamparo. Después de 10 minutos de gritos y reproches mi madre decidió que ya había acabado con ellos y me arrastró al coche, donde pusimos rumbo a casa. Allí, mi padre me hizo ver lo equivocada que había sido mi actitud al no hacer caso a mi madre.

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