domingo, 10 de abril de 2011

Día dos. Versión 2.0

 Entornó los ojos mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios. Su cuerpo empezó a relajarse y a sentir una gran paz en su interior. Le abrazó. Él también estaba agotado, su día no había ido demasiado bien y tan sólo los labios de su mujer habían conseguido que se sacase el mal sabor de boca provocado por un pequeño problema laboral. Mañana sin falta lo resolvería.

Ella se despertó antes, como de costumbre. Él había desarrollado una capacidad increíble para ignorar el tono de su despertador, así que era ella la que tocaba diana y le despertaba con un beso, o con un “cariño, es domingo y te has vuelto a olvidar quitar la alarma”, pero hoy era jueves, así que le dio un beso. Sonrió. Él empezó a bostezar, pero al momento salió de la habitación rumbo al baño.

Mientras ella se duchaba, él leía la prensa deportiva en internet, la económica y, si había tiempo, algo de la prensa del corazón por si tenía que dar conversación a su superior. Bajaron al garaje y se montaron en el deportivo, ideal para la imagen que él quería dar en su trabajo. Pensaba que las canas que empezaba a tener podían ser un signo de debilidad ante los tiburones que tenía por compañeros.

Treinta minutos más tarde la dejó en su trabajo. Se despidieron con un beso y un te quiero; aún no habían perdido la pasión que suele darse al comienzo de una relación y llevaban ya casi tres años (y uno viviendo juntos). Desde allí a su trabajo solo le quedaban veinte minutos. Cambió la emisora de radio y se dispuso a tener un buen día.

Él saludó a sus compañeros al llegar a la oficina, introdujo su usuario y contraseña en su ordenador. Se puso manos a la obra a intentar solventar el pequeño problema que le mantuvo ocupado todo el día anterior. Ella había adelantado trabajo para salir pronto.

Él repaso cuidadosamente todos los detalles del proyecto, paso por paso hasta que estuvo completamente satisfecho. Ella estuvo toda la mañana atendiendo al público que entraba en su sucursal, apenas tuvo tiempo de tomarse un café o responder el SMS que le envió él.

Llegó la hora de comer y mientras él se calentaba la comida en el microondas, ella salía a comer con sus compañeros, comentando diversas vicisitudes de la mañana, la actividad comercial que habían desempeñado y cuestiones tan triviales como cotilleos varios.

La tarde fue tan sosa para ambos que es mejor no comentarla. Él consiguió escaparse pronto y salió para casa a eso de las 18:00 horas, pero ella se entretuvo con el papeleo y no fue hasta las 19:30 cuando apagó las luces de la sucursal. Y porque él la estaba esperando fuera para llevarla a casa.

Ella llegó bastante cansada y agradeció tener la cena ya preparada. Mientras se duchaba, él colocó la mesa y cenaron mientras veían el telediario de las nueve. Como era normal, como llevaban haciendo ya demasiado tiempo. Un par de programas breves, un par de zappings y un bostezo eran la señal inequívoca que el día estaba llegando a su fin.

Ya acostados, se buscaron y besaron por un buen rato. Después empezaron a hablar de sus respectivos días en sus trabajos; anodinos, sin mucho que reseñar. Él estaba contento por haber solucionado su problema y ella tenía al menos una historia curiosa que contar antes que el sueño la venciese. Aquel día no iba a haber juegos.

Ella se despertó al notar que él no estaba a su lado. Vio la luz del baño encendida y procuró dormirse, pero no pudo. Se pasó los primeros diez minutos intentando conciliar el sueño, pero él no volvía a la cama y empezó a intranquilizarse. A los veinte minutos se levantó y se acercó al cuarto de baño.

Preguntó un par de veces, pero no obtuvo respuesta, así que optó por entrar; un grito se le escapó al verle tirado. Estaba inconsciente y en el bidé había restos de vómitos de colores muy extraños. Intentó reanimarle como puedo, incluso le abofeteó la cara un par de veces, pero no respondía.

La ambulancia llegó en quince minutos mientras ella permanecía histérica a su lado; solo se separó de él cuando entraron en urgencias y no tuvo más remedio que soltarle la mano, quedando tan desvalida como una niña en su primer día de colegio, asustada, temblorosa. Alguna lagrima cayó.

A medida que pasaban las horas su tensón iba en aumento y sus familiares no pudieron conseguir que desayunase, apenas que saliese cinco minutos de aquella sala horrenda donde esperaba alguna noticia. Grave era, sin duda.

A mediodía al fin preguntaron por ella y su corazón se tensionó aún más si era posible. No pudo escuchar las explicaciones que le daban los médicos, pues solo quería saber cómo estaba él. Se derrumbó cuando le comunicaron la noticia que, desde que le vio en el baño, había temido; se estaba muriendo y poco tiempo le quedaba. No reunió el suficiente valor para verlo una vez más. Pasaron meses hasta que pudo volver a mirarse al espejo y un año hasta que volvió a su “rutina”.

Entornó los ojos mientras sus labios dibujaban una mueca de tristeza. Su cuerpo, desde que él no estaba, echaba de menos su calor en la cama, echaba de menos esos pequeños momentos en la cama, echaba de menos el tenerle a su lado para poder hablar de su día.

Ella se despertó, como de costumbre, nerviosa y aterrorizada; otra pesadilla más. No había nadie a su lado y comenzó a llorar. Miró la mesilla de noche y abrazó la foto contra su pecho durante unos minutos. Después se metió en la ducha y, antes de salir, encendió un cigarrillo.

El trayecto al garaje le resultaba no sólo doloroso, sino intranquilizador. Desde que él ya no estaba se sentía desprotegida, sola. Cualquier vecino podría ser una amenaza para ella. Había vendido el deportivo y se había comprado un mono-volumen, un coche resistente, duro y grande. Había tenido que alquilar una plaza de garaje cerca de sus sucursal.

Cada día llegaba más tarde a su trabajo. Primero empezó a llegar 10 minutos antes de su hora, para ir perdiendo 3 minutos por semana y llegar ya 10 minutos tarde. Tenía diez minutos de cortesía, ¿no? Bueno, tenía tiempo para otro cigarro.

Se sentó en su mesa, intentó ordenar los papeles que tenía delante un poco y se abrieron las puertas. Por delante, unas cuantas horas de trabajo, de aguantar a las viejecitas y de escaparse a tomar algún café. Había cogido la costumbre de salir al menos 3-4 veces a tomar café con clientas que conocían su desgracia e intentaban levantarle la moral.

Ya no se quedaba a trabajar por las tardes. Ello le había acarreado una serie de problemas con la directora y el subdirector, pero no tenía ni fuerzas ni ganas. A decir verdad, en la sucursal la hubiesen dado por un cadáver andante si no fuese por el ligero gesto de ilusión cada vez que sonaba el aviso de recibir un SMS, aunque inmediatamente después volvía a su gesto habitual.

Aparcó el coche en el garaje y encargó comida al restaurante chino de enfrente de su casa. Llevaba ya demasiado tiempo sin cocinar, y el menú le servía tanto de comida como de cena.

Paso la tarde sentada frente al televisor, repasando los vídeos que habían grabado juntos. Los viajes a Roma, a Paris, el viaje a la casa rural en Asturias. Era eso o pasarse la tarde muerta mirando al techo como hacía casi todos los fines de semana. Nadie conseguía que saliese de casa. Llegó la hora de la cena y sacó del frigorífico los restos de la comida.

Se negó un día más a ver el telediario. No lo había vuelto a ver desde que él no estaba. No era lo mismo. ¿De qué le servía la información? ¿Qué le importaba si en Irak morían veinte o veinticinco o si el G-20 no se pusiese de acuerdo para repartirse una vez más el mundo? Ella perdió lo que más quería y jamás lo recuperaría.

Se acostó temprano, aún sabiendo que no conseguiría dormir fácilmente. Dio un beso al cristal de la foto y apagó la luz. No sabía cuantos días más podrá aguantar, pero le quedaba un día menos del resto de su vida.

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