lunes, 28 de marzo de 2011

Solo 12 asaltos


Cuando sonó la campana ambos púgiles empezaron a bailar sobre el cuadrilátero y con pequeñas aproximaciones tantearon a su rival. Borja gritaba animando al más pequeño y yo al otro, pero solo eran los compases iniciales y pocas conclusiones se podían sacar. La rubia del cartel nos anunció que los primeros tres minutos habían acabado.

El segundo round fue más de lo mismo, mucho respeto y poca chicha. Nos trajeron las cervezas y brindamos por el viaje. El primer sorbo me supo a gloria y compensó los malos tragos que, meses antes, tuvimos que pasar para conseguir venir hasta donde estábamos ahora. Me sacó de mis pensamientos la voluptuosa pelirroja que portaba el cartel del tercer round.

Esta vez si que salieron a por todas y hubo un feroz intercambio de golpes. Decidimos entonces que si estábamos en las Vegas lo natural era apostar, por lo que llamamos al camarero que tomo nota. El combate subía de intensidad cuando la campana sonó y una latina sustituyo a las anteriores chicas.

Subió la intensidad de los golpes y empezamos a temer que el combate acabase antes de que nos trajeran nuestros chuletones de carne. El griterío era bastante considerable, pero estábamos disfrutando mucho. Esta vez repitió la rubia.

El quinto round, suavizó la situación, ambos púgiles tomaron una actitud más reservada, quizás si seguían así no aguantarían hasta el final y temían perder por desfallecimiento. Los que no desfallecíamos eramos nosotros dos, puesto que nuestros chuletones llegaron a mitad del round. La carne parecía apetitosa y pedimos otras cervezas, pues ya no teníamos. Poco caso le hicimos a la latina.

No recuerdo el sexto round, pues empezaba a degustar la carne y la sensación era superior a mis fuerzas. La carne poco hecha, como a mí me gusta, se deshacía en mi boca sin tener que masticarla apenas. Mi mente aparcó todo y se centró en degustarla. La pelirroja no obtuvo ni la más mínima atención por mi parte.

La intensidad de los gritos me saco del ensimismamiento, al parecer el púgil al cual había apostado estaba recibiendo un castigo excesivo, a mi modo de ver. Borja golpeaba al aire, imitando al suyo y comentando que haría con sus ganancias. Una morena nos refresco la vista al termino del asalto.

El reposo no le sentó como debería a mi apuesta, ya que siguió recibiendo y no caricias precisamente. Estaba seguro de haber perdido y mientras me lamentaba sentí como alguien miraba mi gesto. Unos ojos azules nublaron mi vista y me perdí a la latina.

Salude tímidamente justo cuando volvieron las hostilidades y para mi sorpresa me fue devuelto el saludo. Quizás había perdido la apuesta, pero había algo que ganar. Observé su mesa, por si estaba acompañada y vi que estaba con 3 chicas más, por lo que procedí a comunicarle a mi amigo el contacto positivo. Estuvo de acuerdo conmigo que un acercamiento estratégico era más importante que la pelirroja

Así pues nos preparamos mentalmente para ir a abordar a aquellas señoritas en cuanto acabase el combate, que por lo que parecía no estaba muy lejos. Repasé mis frases en ingles y pensé en lo que íbamos a comentar. Mi púgil cayó y no se levantó, por lo que el combate acabó allí, aunque el nuestro iba a empezar. Borja me dió ánimos, las instrucciones y me ordenó conseguir un teléfono y una cita para ambos.

Dejé a mi amigo en la mesa y me acerqué a la de las chicas para invitarlas a tomar algo y puse mi mueca irresistible. Era la hora de la verdad. Educadamente, como corresponde a un caballero español, me presenté y salude a las cuatro, comentándolas que eramos dos españoles de viaje y que nos gustaría que ellas nos enseñasen la ciudad, pero ¿sería suficiente mi carta de presentación para que aquellas cuatro tejanas nos guiasen? Lo fue. 

lunes, 21 de marzo de 2011

Mi hogar

¿Empezamos por el principio? Es lo natural, lo que se suele hacer y lo que, por ende, ha de hacerse sin más dilación y sin más tiempo que perder. Aunque si hablamos de perder la cabeza la perdí hace ya mucho tiempo.

Quizás fuera porque nunca supe donde la tenía, o porque no encontraba lo que buscaba, el caso es que siempre fui un poco alocado, sin terminar nada de lo que empezaba, intentando tenerlo todo bien cubierto, sin dejar ningún elemento al azar, aunque todo saliese mal. Si, definitivamente la cordura no es algo que brillase en mi curriculum.

Por eso aquella mañana, cuando Roberto Carlos le cantaba al gato, pensaba que aquel gato era yo, y que mis ilusiones y sueños se estrellaban contra algo intangible que no me permitía seguir adelante. Una vez más una canción me puso triste, me hundió en el fango y devoró mi interior, más otra canción me saco de aquella situación. Cambios de humor, cambios de tiempo. Locura, locuaz lo sabía.

Lentamente me vi arrastrado hacia una espiral de frustración y de fracaso. Mi tendencia natural a tenerlo todo previsto, unida a mi ansia correctora y a mi desasosiego por lo imprevisto me llevaba a no terminar nada. Parado o hacia atrás, nunca hacia adelante. Esa era mi constante.

Todo ello, unido a mi natural predisposición hacia el conflicto y a las situaciones desagradables me llevo a un estado donde ya casi nada me importaba. Afortunadamente, tenía paracaídas, y la fortuna de tener una familia a la que le importaba.

Este centro donde ahora estoy me ha servido para conocerme mejor, para conocer a los demás y para saber que mi sitio no puede estar muy lejos de estas cuatro paredes, pues fuera soy vulnerable. Aquí estoy tranquilo. Todos los que estamos aquí somos iguales, aunque soportamos cargas diferentes. Este es mi hogar.