domingo, 9 de enero de 2011

Cuento de Reyes

Había una vez un chaval tan pobre, tan pobre, tan pobre, que no le regalaban nada los Reyes Magos. A él no le importaba, porque era bueno y generoso y había aprendido a compartir (a que los demas compartiesen con él), lo que era la generosidad y la bondad. Era rico de espíritu, lo cual no pagaba las facturas del médico y murió de una enfermedad común, así que vayamos al meollo de esta historia.

Había un chaval rico, pero rico y podrido de dinero. Bien educado, egoista y de la cofradía del puño cerrado; el ojito derecho de su padre, un magnate de vete tu a saber que y un mafioso oculto. El chaval crecía y se divertía y no le faltaba de nada. Un buen día le secuestraron para pedir un rescate a su padre, pero su chulería hizo que a uno de sus captores se le fuese la mano y acabase con su vida. Por sus restos consiguieron un menor botín. 

¿Que tiene que ver todo esto con el día de Reyes? ¿Acaso la moraleja es que la muerte nos llega a todos por igual? ¿Que hemos de disfrutar de las fiestas? No, no. Os estaís equivocando de pleno. O tal vez no, que a estas horas de la mañana no estoy yo muy lucido. 

Había un tercer chaval, ni tan pobre ni tan rico, clase medía trabajadora. El chaval duro más que los otros dos, estudió, consiguió trabajo (amazing), se casó con una buena chica y tuvo descendencia. Cuando llegaba el día de reyes siempre contaba la historia de los dos niños que habían muerto antes de llegar a la adolescencia a sus vastagos y estos siempre se entristecían terriblemente. Disfrutaban de su regalos, pero tenían presente que siempre tenían que ser consciente de sus posibilidades; si no tenían nada, había que conseguir algo. Si tenían mucho, mejor no pavonearse de ello. 

Y crecieron sanos y formaron nuevas familias. Y la tradición de contar la historia de los dos niños creció y creció, hasta que un día, un supuesto "historiador", una persona cuya infancia había sido amargada por si mismo, decidió empezar a atacarla y a hacer estudios cientificos y empíricos sobre la veracidad de la misma. Intentaba tumbarla.

Y aunque parezca mentira, aunque en esta sociedad los agitadores y titiriteros estén de moda, que el cotilleo y el despellejamiento sean deporte nacional, que no tengamos nada mejor que hacer que daño, nadie le hizo caso. Y la tradición continua, asi que ya sabeís, ni mucho ni poco, ni todo lo contrario.

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