miércoles, 9 de noviembre de 2011

La muerte

La muerte pasó por mi puerta, llamó, pero dije que estaba ocupado. Estaba tratando de elegir mi atuendo para un evento, una unión de dos personas en sagrado matrimonio. Ella me dijo que no me preocupase, que al igual que se ocupaba de los seres vivos también se ocupaba de que todo terminase y que aquel matrimonio no duraría mucho. Aprecie su perspectiva y la invite a pasar a mi casa. Creo que no fue un error.

Nada más entrar la dije que esperaba que no tuviese prisa por llevarme, que aún me quedaba mucho por hacer en esta tierra y ella me contesto aliviando mis temores; no era mí día, ni mi año. Ella había venido por mi flamante televisor de cuarenta y dos pulgadas. La dije que no podía ser, que acababa de terminar la garantía y que aún funcionaba estupendamente. Me giré hacia él, mis piernas tropezaron y en la caída lo arrastre contra el parquet. Ella saludó y amago con irse, pero la interpele haciéndola ver que había sido muy descortés con mi persona, ya que ella había provocado aquel desastre. Mostró una sonrisa amable y dijo “ese es el menor desastre que he provocado en los últimos cinco mil años”. No obstante la invité a un té con frutas del bosque y ella acepto, ya que iba bien de horario.

En compensación por la destrucción de mi televisor me contó que el evento al que tenía pensado acudir sería magnífico y estupendo, pero que a los dos años de casados, el tedio y la rutina tirarían por la borda el esfuerzo anterior y ella recogería aquella relación para llevarla a donde descansaban todas las personas y cosas cuyo tiempo llegaba a su fin.

Me inquietó la idea de tener una caducidad cierta o que aquella señora llena de vida tuviese poder de decisión sobre el final de las cosas. Me leyó el pensamiento (indicándome que era otro de sus múltiples poderes y habilidades innatas) y me dijo que me relajará, que no tenia planes para mi a corto plazo, al menos de momento. Me contó muchas cosas, pero solo con el compromiso por mi parte de no intentar contarlas, puesto que al menos signo de ello caería fulminado por un rayo, un relámpago y las 7 plagas de oriente (que no eran las mismas que las de Egipto, me aclaró cortesmente). De ahí deduje que la muerte era en si mismo una Diosa. Una Diosa que no creaba en este mundo, sino en otro diferente. Una Diosa que cogía lo que más le gustaba para crear su mundo a su gusto; Me sentí triste al no ser merecedor de tal consideración, más ella me dijo que me llevaría con ella cuando fuese el momento, cuando hubiese recogido la sabiduría necesaria para volar más allá del Mar. No entendió que yo le respondiese “¿Hasta las Canarias?”

Con la charla y el té no me di cuenta que se me hacía tarde, pero ella gustosa se ofreció a teletransportarme hasta allí. La ofrecí ser mi acompañante, pero tenía trabajo que hacer, la historia de mi vida. Se despidió dándome dos besos en la mejilla, que ni me hicieron sentir mal ni bien, y se fue prometiendo volver a visitarme a menudo para seguir conversando. Lo primero que hice después de saludar a un par de conocidos fue pedir una cerveza para ver si seguía estando vivo.

Así pues y después de varias charlas, cada vez que ella se va o que siento malestar, me bebo una cerveza y compruebo que un día más, y a pesar de todo lo raro que me ha sucedido, sigo estando vivo.

domingo, 30 de octubre de 2011

Matías




Una calurosa mañana de domingo Matías se encaminaba a su puesto de trabajo, a su nuevo puesto. Gracias a su hermana y a unas pequeñas mentiras en su curriculum había conseguido una plaza en una agencia de cambio de moneda en el aeropuerto de Barajas, justo en la terminal 1. Se encontraba contento, pues su labia y buen hacer le habían conseguido una buena jornada y buen salario, o eso era lo que creía él.

Confiado en su nivel de inglés se presentó en su puesto de trabajo cinco minutos antes de su hora, lo cual causo un poco de malestar en su compañera de trabajo, Claudia, quien le recriminó que no iba a tener tiempo para explicarle el funcionamiento del puesto.

    • Tranquila, guapa – Dijo Matías –, ya me han enseñado cómo funciona el sistema operativo y se cambia la moneda. No es complicado.

Claudia llevaba un año y ocho meses trabajando en aquella ventanilla y en aquel tiempo había tenido multitud de compañeros; algunos majos y otros antipáticos, algunos listos y otros demasiado listos, algunos alegres y otros soseras, pero a todos les había calado bien y pronosticado cuánto durarían en aquella ventanilla.

    • Un día – Dijo Claudia.
    • ¿Perdona?
    • Digo que hace un día estupendo.

Así pues, Matías abrió su puesto y atendió a su primer cliente, un inglés muy correcto que cambió 500 libras. Sencillo, muy sencillo. El segundo cliente no fue tan sencillo.

    • Disculpe caballero, no le entiendo.
    • Dice que si cambiamos Kunas por Euros – Terció Claudia
    • ¿Que es eso de la Kuna?
    • A ver, alma de cántaro – Dijo Claudia con un poco de abatimiento – Abre ese cajón y coge la chuleta de Raquel. Las monedas están colocadas por el país y las ilustraciones te serán útiles para diferenciar los billetes y que no te engañen, mucho más que la pantalla del pc. Dile que pase por mi ventanilla.
    • Muchas gracias y disculpa. No sé hablar croata – Indicó tras ver que la Kuna era la moneda nacional de Croacia.
    • Yo tampoco, Matías, pero da la casualidad de que estaba hablando un perfecto alemán ¿No sabes alemán?

En teoría y según su curriculum Matías hablaba español, inglés, francés y alemán, con conocimientos de Ruso e Italiano. Realmente sabía hablar español e inglés. Creía hablar algo de italiano de unas vacaciones, aunque lo único que hacia es acabar las palabras en ani y ene.

    • Perfectamente. Estuve tres años viviendo en Salzburgo – dijo sin ruborizarse – Estoy un poco nervioso al ser mi primer día.
    • Pobre – Dijo Claudia mientras maldecía su mala suerte por tenerle como compañero ese día. Afrontó la situación y tomo la única alternativa que tenía – los chungos pásamelos a mí.

Desde aquel momento, Claudia atendía a los clientes que no hablaban inglés y Matías al resto. Y todo iba bien, era sencillo. Una vez más se había aprovechado de su extraordinaria inteligencia para salir airoso del trabajo. Al cabo de un rato le tocó el turno a un hombre alto, con ropa vaquera, sombrero vaquero y espuelas que parecía sacado de cualquier película de Clint Eastwood.

    • Want to change dollars to euros 200
    • Here they are – Matías le entregó el cambio de los 200 dolares.
    • Thanks.

Mientras guardaba los dólares en el cajón, Claudia le miró para hacer un comentario sobre aquel espectáculo andante.

    • Hay muchos personajes así. Ese es de los menos pintorescos.
    • Si, pero los billetes son nuevos y tienen una leyenda extraña al lado del BANK OF AMERICA. “Estos billetes no son de curso legal”
    • ¿Cómo? - Claudia se revolvió en su asiento – Dejame verlo.

Tras examinar los billetes comprobó que eran de “EL PALE”, un juego de tablero donde los dolares eran la moneda de cambio. Cogió el teléfono y llamó a la policía, pero de aquel hombre ya no quedaba ningún rastro.

    • Es increíble, con lo llamativo que era el cabrón.
    • También era evidente el engaño y no lo has visto, Matías – Claudia se empezaba a poner nerviosa, puesto que el problema podía afectarla de refilón – Estate más atento.
    • Eh, tranquila. Que tampoco es para tanto. Que yo también estoy fastidiado por trabajar en domingo, ayer no pude salir.
    • Me importa muy poco si saliste o no, pero procura estar atento. Recuerda lo que te enseñaron en el curso.

Matías tuvo un flash back en aquel momento y se vio a si mismo en el curso de identificación de monedas y lo aburrido que fue. El truco del papel fue el único que le vino a la cabeza, así que se propuso emplearlo con el siguiente cliente.

    • Llama a la policía Claudia, que este billete no destiñe. Querías engañarme, ¿eh?
    • Debe tratarse de un error caballero – Dijo el hombre nervioso.
    • Si, un error ha sido intentar engañarme. Y la policía esta cerca, por lo que no podrás huir.
    • Caballero, le digo que se trata de un error.
    • Que vergüenza. Mete un billete de 50 dolares falso en un fajo de 2.000 dólares – Matías decidió salir de su ventanilla con intención de inmovilizar al caballero trajeado si pretendía huir.
El caballero trajeado, viendo que Matías salía de su ventanilla con cara de pocos amigos retrocedió un par de pasos, tropezando con una maleta y cayendo al suelo. Matías se acercó a él y le puso la pierna cerca de la garganta.

    • Como te muevas te enteras.
    • ¡Matías! - Grito Claudia – Deja de hacer el tonto, que ya viene la policía Ese no es tu trabajo.
    • Escoria como usted es la que me pone enfermo. Un vago, maleante, ladrón, embustero. Aquí viene la policía

Los policías observaron la situación y levantaron al caballero, llevando a Matías a un lado, reprochándole su actitud.

    • Hace un momento otro estafador nos la ha jugado y si hubieseis estado más rápidos no se hubiera escapado.
    • Mira listillo – Le dijo el agente más joven a Matías – derribar a alguien es delito, así que no te pongas gallito o te vienes con nosotros. Reza porque el caballero no te quiera poner una denuncia.
    • Que miedo me da – Dijo Matías El asunto había causado gran revuelo en la terminal y bastantes curiosos.

Para desilusión general el caballero no fue llevado a comisaria; simplemente le tomaron los datos y le dejaron marchar. Apercibieron a Matías y le hicieron saber que no iban a tolerar más escándalos.

    • No sé qué les das Matías, pero yo en casi dos años he detectado tres billetes falsos. Tú has detectado uno y te han metido cuatro.
    • Creo que tengo la negra – Y cuando fue a mirar a su nuevo cliente vio que tenía delante de él una persona de color - Good morning, can i help you – la muchacha no dijo nada, simplemente se limitó a mirarlo intensamente – Claudia echame una mano que seguro que no se hablar nada que hable esta.
    • Mira, pedazo de anormal – Dijo la muchacha – No sé cual de tus comentarios me indigna más, pero para tu información soy del barrio de Chamberi y quería cambiar 200 dolares a Euros, pero ahora quiero una hoja de reclamaciones, racista.
La gente que estaba esperando comenzó a causar un gran jaleo y no tardó en presentarse la pareja de policías nacionales que habían acudido anteriormente. Tras unos minutos de tensión y tras unas disculpas más que obligadas se despejó la zona. Matías decidió que había tenido bastante, que esa profesión conllevaba demasiado estrés, por lo que a mitad de su jornada abandonó el puesto de trabajo dejando a Claudia sola. Ella lamentó haber fallado en su previsión.

jueves, 27 de octubre de 2011

Encuentro



Caminaba absorto en mis pensamientos cuando de repente y sin previo aviso apareció ante mí un objeto de proporciones muy pequeñas y de una piel muy suave. El objeto se podía abrir y en su interior tenía pequeños compartimentos que albergaban papeles y plásticos, pero lo que me hizo saber que objeto era aquel fueron las dos fotos de dos bebes detrás de una lamina plastificada; si amigos, se trataba de una cartera.

No había entre todos esos papeles ningún dato que me ayudase a encontrara a su dueño, ya que tenían información confusa y dudaba si era 4B, VISA, ATLETICO DE MADRID o SALUD MADRID. Seguí rebuscando en busca de más información para poder hacer lo que yo quería, devolver al pobre ciudadano su cartera y encontré unas hojas azules y naranjas con signos raros, unos puentes, mapas del tesoro y pegatinas brillantes. Deducí por ello que se trataba de la cartera de un niño que estaba haciendo una colección nueva. Que recuerdos de mi infancia.

Por un momento perdí el interés en aquella cartera y me vinieron a la memoria las tardes jugando a las canicas, a las chapas o cambiando cromos. Aquellas tardes que no acababan nunca, salvo aquella vez que me tuvieron que llevar a urgencias por una pedrada malintencionada. No perdí demasiada sangre.

Volví a la investigación de la cartera, encontrando un par de tarjetas de visita y un número apuntado en una servilleta. Sin duda se trataba de una secuencia numérica de gran importancia, puesto que estaba dividida en en cuatro subgrupos de números, conteniendo el primero tres y los siguientes dos. Los sumé, los resté e incluso los alineé por orden alfabético, pero la clave se me resistía. Pedí el interés al encontrar un plástico que ocultaba algo.

Era un plástico cuadrado y muy fino que contenía en su interior una forma redonda con borde pronunciado. Estuve tentado de abrirlo para saber que contenía, pero una advertencia en el envoltorio me hizo parar. CONTROL.

Seguía sin pistas fiables y sin ideas sobre la resolución de aquel misterio tan inquietante, así que opte por hacer lo que me enseñaron de pequeño: En la vida hay dos clases de misterios, los que tienen solución y los que no. Los que tienen solución no son misterios, ya que sabemos que tienen solución y los que no … los que no se resuelven fácilmente. Tiré todas las cosas de mi cartera y me fui contento a casa con mi nueva adquisición. 

miércoles, 24 de agosto de 2011

El bar



  • Hola guapo, ¿Cómo va la noche?
  • No va mal – Dije mientras me daba la vuelta para poder ver a quién esta contestando.
  • Seguro que acaba de mejorar – Dijo ella poniendo una sonrisa maliciosa.
  • No te creas – En dos años que llevaba acudiendo a ese bar era la primera vez que una mujer iniciaba una conversación conmigo. Algo me olía mal – mi copa esta terminándose.
  • Eso no es problema. ¡Camarero! – Me sorprendió la rauda atención del camarero – Yo tomaré un Martini y mi amigo lo que estaba tomando.
  • Eh! ¿Lo de amigos no es tomarse demasiadas confianzas?
  • Tranquilo tigre, que yo te invito – Sacó un billete de 50 y dejó buena propina, no sé si para impresionarme o para impresionarme - ¿Vienes mucho por aquí?
  • Me encantan los tópicos, ¿después qué viene? ¿Estudias o trabajas?
  • Creo que trabajas, ya no tienes edad para estudiar y si lo haces lo mismo me he equivocado de hombre.
  • Interesante – Bueno, algo es algo. Estaba claro que no era mi persona la que la interesaba -, pero ni estudio ni trabajo. Ahora mismo estoy en un momento de mi carrera profesional en el cual necesito ampliar mis horizontes y encontrar nuevos retos.
  • Me encantan los hombres con labia, cariño - Dijo mientras tomaba un sorbo de su Martini. Ni me atreví a hacer una replica - ¿Y cuánto tiempo llevas buscando ese nuevo reto?
  • Más del que me gustaría, he de confesar – La conversación llegaba a su fin. Mejor, no me encontraba cómodo en el papel de cortesana de la corte.
  • Pobrecillo. He hecho bien en invitarte a un trago. Así por lo menos conseguirás olvidar ese problema – Intuía que aquella mujer me iba a dar un problema aún mayor, pero es difícil decir que no a una rubia, aunque sea oxigenada.
  • No pasa nada – Dije bebiendo un gran sorbo – Afortunadamente tengo la hipoteca pagada y algunos ahorros.
  • Se ve a la legua que eres un tipo previsor. Me gustas – Esa afirmación me descolocó por completo – Creo que nos lo vamos a pasar muy bien.
  • Para el carro, creo que vas demasiado deprisa – Resulta curioso cómo nos asustamos los hombres cuando una mujer viene con todo a por tí – aún no sé ni cómo te llamas.
  • Te lo diré por la mañana – Dijo con una sonrisa maliciosa – Siempre que te levantes temprano. Mi turno empieza a las 6, estamos ya perdiendo tiempo.
  • ¿Trabajas en el hospital? Seguro que sí, porque vienes a curar mis heridas y mi pobre corazón … – Dije intentando parecer tierno.
  • Nene, te equivocas de hembra. Como me lo hagas mal hecho te llevaré esposado a comisaría, así que tira para adelante. Espero que tu casa esté cerca.

Y afortunadamente lo estaba.

martes, 23 de agosto de 2011

El control



  • A las buenas noches, ¿podría enseñarme su documentación y la del vehículo?
  • Buenas noches agente. Un momento que se la doy.; Juan, aparta un momento.
  • Muchas gracias. Su amigo no tiene muy buena pinta.
  • Le ha debido caer algo mal en la cena. A él y a mis otros dos amigos. Tenga.
  • Creo que a usted le ha afectado un poco .... ¡No me jodas! Aquí veo que el vehículo no esta a su nombre.
  • Sí, sí, esta a nombre de mi padre. De mi padrastro. Del que será mi padrastro, quería decir.
  • Eso podría explicar porque no se parecen los apellidos. ¿Ha bebido?
  • He bebido un poco, pero nada de alcohol, se lo juro. Solo cócteles.
  • Sí, sí. Sin duda alguna se debe de tratar de eso. Ande, sople. Muy bien. Un momentito, que ya estamos.
  • Soy una Buckler, ¿a que sí?
  • Señor, salga del vehículo.
  • ¿Ya no somos amigos? No creo que sea para tener que repetir la prueba.
  • Más que una Buckler es usted Licor de Orujo, así que salga, que ha de acompañarme para volver a repetir la prueba.
  • No creo que deba dejar a mis amigos solos aquí, ¿Y si me necesitan?
  • No se preocupe que mi compañero les echará un ojo mientras usted y yo vamos a la furgoneta a repetir la prueba.
  • No sé, ¿no es demasiado pronto para estar en una habitación a solas?
  • Le trataré bien, no se apure.
  • Vale, voy a salir. BRUAGHHHHHHHHHHHHHHHHH.
  • ¡Que asco!. Sí, sin duda ha salido de usted. Tenía razón, han debido cenar los cuatro algo indigesto y en mal estado. Llamaré a una ambulancia que les llevará al hospital para que se recuperen.
  • Muchas gracias Señor Agente.
  • No se preocupe y límpiese un poco.
  • De verdad, Señor Agente; es usted muy bueno. ¿Esto que multa tiene? por cierto.
  • 600 Euros, 6 puntos y 3 meses sin carnet. Ahora salga del coche. Eso es, despacito, no se vaya a caer.
  • Me siento un poco mareado.
  • Es lo normal. Camine lentamente que ya no tiene prisa. La fiesta para usted se ha acabado.
  • Al menos por hoy sí. Me cuesta mantenerme en pie ...
  • Si conozco en algo a su padrastro, que va a ser que sí porque es mi hermano, creo que no volverá a salir de fiesta en muuuuuuuucho tiempo. 

domingo, 21 de agosto de 2011

El vino

  • ¿Así que tienes la cara de venir y decirme que no has sido tú el que se ha bebido el vino de la sacristía? – El Párroco le miró con aquellos ojos de inquisidor que le habían concedido el apodo de Torquemada, el de la blanca papada.
  • Así es, “eminencia”
  • Menos impertinencias. Me dirás que no tienes los ojos rojos.
  • Sin duda se trata de un efecto óptico producido por la preciosa de puesta de sol
  • Lo estas arreglando, zagal. ¿Sabes lo que voy a hacer?
  • No tengo ni la más remota idea, la verdad.
  • Voy a llamar ahora mismo a tus padres para que vengan a recogerte y les expliques lo que ha pasado. ¿Estás seguro de que no quieres confesar y ahorrarte el mal trago?
  • Es que no hay nada que confesar.
  • ¡Malandrín!, fuiste tú el que se bebió el vino.
  • Insisto en mi inocencia.
  • ¿Como insististe en tu inocencia hace un par de semanas afirmando que no habías roto aquel cristal?
  • Eso me temo que si lo hice.

lunes, 1 de agosto de 2011

Tan solo

Trataba de aliviarte la tarde, de mejorar tu día, de que fueses capaz de esbozar una sonrisa tras esa máscara de indiferencia que muestras al mundo, intentando decir "estoy bien" cuando te hundes día y noche en una soledad abrupta. 

Tan solo trataba de que fueses consciente de que la vida esta hecha para disfrutarla, no para perder el tiempo en dudas, cavilaciones y demás zarandajas que nos alejan del objetivo. Dices que hoy no puedes ser feliz, que ya llegará el momento, pero no te miento, porque si no eres feliz ahora mismo, tampoco mañana.

Era difícil la tarea, era dura e inconsciente, puesto que en auqestas situaciones solo queda aremangarse la faldita para no encharcarse y tirar hacia adelante. No fue posible y caíste en el miedo, en la rabia, en la frustración y el desacato. La sentencia se parece cada vez más a un día de lluvia perpetuo.

martes, 26 de julio de 2011

Ascensor

No dijo nada, simplemente empezó a ludirse contra su cuerpo. El hecho de estar a solas en aquel ascensor le impelía a hacerlo, la pasión revertía por sus poros y debía aprovechar el momento. Preterió lo que su pareja le decía y la despichó contra una de las paredes, apretando el botón de parada. Mientras pergeñaba aquello, mientras conculcaba la dignidad de su pareja, mientras la compelía, comenzó a tener la necesidad de ajarla. Y eso hizo.

jueves, 21 de julio de 2011

Detenido

Afortunadamente no pasó mucho tiempo antes de que la Comisaria acudiese, 14 minutos según su reloj que había estado mirando continuamente en ese pequeño lapso de tiempo, como siempre hacía cuando estaba realmente nervioso (o cuando estaba pensando la solución a a un crucigrama, o cuando iba a dormirse). La Jueza aún tenía que llegar, pero había tiempo para interrogarle:

  • Ya te he dicho que no estas preparado para esto, Garrido – Dijo con un poco de condescendencia – Deberías dejar estos asuntos a los profesionales.
  • Totalmente de acuerdo, señora comisaria – Respondió él -, pero esta vez no me estaba saliendo de mi jardín, solo era un seguimiento normal y corriente. Un fulano que iba a ser despedido de su empresa gracias a mi informe.
  • Ahora no hará falta tu informe, ese no irá más a trabajar; como tú si no me explicas que narices ha pasado – La comisaria torció su gesto y miró fijamente a Carlos – Hay testigos que dicen que os vieron discutir.
  • Si – respondió – al parecer mis técnicas de vigilancia no son muy eficaces y descubrió que le seguía. Cruzamos un par de palabras, pero nada más. Mi regla número uno es no meterme en peleas, viene mal para la licencia.
  • Es un comienzo – Dijo la comisaria sacando una libreta - ¿como siguió la cosa?
  • Nada, me fuí en dirección contraria, haciéndole creer que dejaba de seguirle. Cuando retomé el seguimiento le encontré con la cabeza abierta. Seguramente le golpearon con un bate de béisbol. Debió ser alguien de dos metros como poco tal y como ha quedado su craneo.
  • ¿Jugando al CSI? La televisión ha hecho mucho daño.
  • No, señora comisaria – Dijo Garrido esbozando una sonrisa, la primera en toda la conversación. Ya no se tocaba el reloj – estudié medicina.
  • Vaya, otro candidato a forense - Garrido bajó la mirada – pero ya me he informado; no acabó la carrera.
  • Cierto, se me enquistaron un par de asignaturas, después probé suerte opositando para policía municipal, pero no lo conseguí, aunque si la licencia que me permite ejercer esta actividad.
  • Le conozco perfectamente Garrido, pero no espere que su hermano Javi le saque esta vez del lío en el que se ha metido.
  • Se lo vuelvo a repetir, yo no he hecho nada. Los análisis demostrarán que yo no pude hacerlo, necesitaría al menos 30 centímetros más para conseguir esa trayectoria de golpe.
  • O estar subido a algo – La comisaria se volvió a uno de los agentes– Navarro, lleva a Garrido a la central, procura que este cómodo y no le falte de nada. No quiero recibir quejas de los municipales – Añadió con sorna – Luego le visitaré con Porras.

miércoles, 20 de julio de 2011

Guillermo y Ana

Volvía a casa tras un duro día de trabajo, conduciendo su Audi azul por la ciudad. Sonreía al pensar que acababa de comenzar sus vacaciones y disponía de tiempo para poder estar con su gran amor, con Ana, la que le había robado el corazón, el sueño e incluso una porción de su cama. Aparcó y subió a su apartamento. En el recibidor encontró una nota que leyó tranquilamente “Cariño, he salido cinco minutos a comprar unas cosas para la cena al chino de la esquina. Pasa, cambiate de ropa y esperame en el salón” Encontró el salón lleno de velas y de rosas, con la mesa preparada para la cena. Observó la cadena, que estaba preparada para que sonase Stewie Wonder.

Fue a su habitación para cambiarse y allí se la encontró, tumbada en la cama con un camisón transparente, mirándole con picardía.

- Creí que habías bajado a por algo.
- Si, pero eso fue hace al menos una hora – ella le miró sin reproches - te has retrasado y se ha enfriado la cena.
- Lo siento, pero tenía que dejarlo todo perfecto para evitar que me llamen durante las vacaciones. No quiero irme contigo a Praga y que una llamada me haga volver.

Los ojos de Ana se iluminaron y salto a su cuello para besarle. Él había estado guardando celosamente el destino de su viaje y la sorpresa le había encantado.

- Me alegro que te guste. Pensé en varios destinos, pero al final me he decidido por el reloj astronómico en vez de por el castillo de Buda y el puente de las cadenas.
- Gracias – Y volvió a besarle – pero eso no quita para que se me haya estropeado la cena. No hay manera de salvar la lubina.
- Vaya – Dijo Guillermo mientras fruncía el ceño y pensaba – aunque esta noche no me apetecía pescado. Podríamos aprovechar para ir a ese restaurante nuevo que tiene tan buena pinta.
- No se si habrá sitio, desde que lo aperturaron no hay día que no se llene.
- Bueno, estoy seguro de que tendremos mesa. Al ser viernes mucha gente habrá salido de la ciudad y siendo solamente dos no tendremos problemas para probar ese colgante de Presa Ibérica que tanto gustó a Roberto y Menchu.- Hizo una breve pausa y después de dar otro beso la dijo – Cambiate, no tardas nada y además, tenemos toda la noche y las próximas veinte más para nosotros solos.

martes, 14 de junio de 2011

Pasillo y el final

Sobre la puerta del pasillo y con más de una abolladura había una lampara de estilo clásico que tenía tantos años como memoria tenía Carlos . Recordaba que de pequeño esas dos luces le aterraban en la oscuridad y temía ir al cuarto de baño para no encontrarse con ella.

Cierto era que la disposición de sus dos bombillas provocaban una cierta similitud con una cara, pero el miedo irracional hacía aquella lampara iba más allá, puesto que Carlos creía que de aquel cuarto saldría alguna vez aquel temible hombre del saco o algún espíritu vengativo para atraparle. Aún habiéndose independizado seguía teniendo miedo de ella.

Su situación, al final de aquel largo pasillo, era la ideal para proporcionar luz, pero provocaba ese malestar en Carlos todas las noches y no solo al irse a dormir; también mientras estaba con su familia viendo la televisión ya que el era el único que podía ver desde su asiento el final del pasillo.

En sus pesadillas ocurría que en esa situación un ente maligno salía del baño (seguramente proveniente del infierno, vía las cañerías de la casa) y se dirigía a él, que no podía correr ni escapar. Siempre se despertaba sudando justo cuando le iba a atrapar. Lo peor era que el final de aquel mal sueño no era despertarse, ya que al sentía la necesidad de pasar por el servicio para orinar, lo cual le llevaba una vez más a cruzarse con aquella lampara.

La independencia económica consiguió aliviar el problema, pero no lo hizo desaparecer. Al no enfrentarse nunca a él, su huida solo fue un momento de tregua, ya que cada vez que entra en casa de sus padres, estos no están y es de noche, siente un escalofrío en su espalda al observar esa lampara, con sus dos bombillas que le miran y le dicen que jamás podrá dejar de temerlas. 

lunes, 13 de junio de 2011

Volver a casa II


Después de comer y tras unos minutos de tensión silenciosa mientras recogía la mesa, ponía el lavavajillas y barría el salón, decidió salir a dar una vuelta por su antiguo barrio para escapar de la tristeza que impregnaba aquella casa y que había dejado a su madre sin apenas fuerzas ni ganas de mostrar un poco de hospitalidad. Se fue sin despedirse de ella.

Tras cerrar el portal volvió a encontrarse con su viejo barrio, con las calles donde había jugado y por las que hacía años que no paseaba. La tienda de ultramarinos de la esquina era ahora un “todo a 100” regentado por una pareja de ciudadanos orientales que desconocían el paradero de los antiguos dueños del local. Esa fue la tónica general en los primeros quinientos metros de su paseo, justo hasta llegar a la plaza. Allí su mente activó sus recuerdos.

No estaba tal y como el la recordaba, puesto que se había reducido para mejorar la circulación de las calles cercanas, pero su esencia permanecía. Los columpios de metal oxidados con los que jugaba cuando apenas levantaba una cabeza del mostrador de la tienda de chucherías habían sido sustituidos por unos más modernos, de materiales no peligrosos, y la arena de esas zonas era ahora una superficie blanda en la cual no hacerse daño al caer.

La fuente donde recobraba fuerzas había sido modernizada también, pero mantenía su ubicación justo en uno de los laterales de la misma. Recordó las batallas que tuvo que librar contra los de la Diagonal por su control y busco en el suelo alguna piedra para recordar los viejos tiempos, cuando la ley se imponía por la fuerza. Tantas batallas sin sentido que acababan a la hora de la cena y se retomaban al día siguiente justo después de merendar. Su madre le abroncaba cada vez que volvía a casa lleno de arena y con algún moratón, mientras su padre se reía y decía que eran cosas de críos y que no había porque preocuparse; y cuanta razón tenía. De hecho uno de los de la Diagonal llegó a ser su mejor amigo en la facultad, y lo seguiría siendo de no haber perdido el contacto tras marcharse de la capital.

Los pensamientos y recuerdos se le amontonaban en la cabeza cuando de repente un balón le golpeo en la espalda. Al volverse observó a un niño de unos seis años que venía corriendo hacía él. Cogió el balón y volvió a donde estaba jugando. La madre del niño se acercó para pedirle disculpas y pudo reconocerla a pesar del tiempo transcurrido. El pelo pelirrojo, ondulado y largo, sus ojos marrones y pequeños, su nariz achatada y sus pómulos caídos. Era Laura sin duda, una amiga de su infancia con la que compartió secretos y confesiones y una primera experiencia sexual que no dejo a ninguno de los dos satisfecho. Ella no le reconoció, simplemente le pidió disculpas por el comportamiento de su hijo y volvió con él a la zona donde estaban jugando.

Por un momento sopeso la posibilidad de saludarla, de conversar un poco con ella y de preguntarla que tal le iban las cosas, pero solo con ver la sonrisa que exhibía fue suficiente para reconocer que era una mala idea, por lo que decidió no molestarla y seguir deambulando por las calles en busca de un poco de paz y de calma.

Encauzó sus pasos hacia el bar donde solía reunirse con sus amigos, un típico mesón donde pasó horas bebiendo botellines y jugando al futbolin que al entrar pudo observar que ya no estaba. Debido al uso y abuso que hicieron de él, había acabado destrozado y reemplazado por un par de mesas que daban muchos más beneficios. En la barra le reconoció el camarero, que le saludó efusivamente y lamentó su perdida. Le puso un botellin y un pincho de tortilla. Bebió un gran sorbo y de repente noto como alguien le tocaba en la espalda, se volvió y al ver a un amigo de toda la vida sonrió y se fundió en un fuerte abrazo.

domingo, 12 de junio de 2011

Domingo

11.30 – Creo que eso que se escucha a lo lejos son pájaros. Deberían exterminarlos. Voy a darme la vuelta que quizás los escuche menos.

11.40 – Nada, no hay manera. Voy a sacar mi escopeta de perdigones y darles los buenos días a ver si así dejan de trinar. Maldita sea; acabo de acordarme que no tengo escopeta. A ver si cambiando de postura consigo volver a dormir.

12:00 – Menuda ruina de mañana, llevo despierto ya demasiado tiempo. Cuando creía que los pájaros me habían abandonado han vuelto con más fuerza que nunca.

12.30 – Y ahora encima mi padre se pone a ver las motos, ¿pero acaso hice ruido yo hace cuatro horas cuando volví a casa? Lo mismo sí, pero no me acuerdo.

12.35 - “¡PAPA! ¿PUEDES BAJAR EL VOLUMEN?” Si las motos no van a llegar antes por tenerlo a todo ídem. A ver si esta vez me hace caso.

12.45 - Nada, que es como tener una radio al lado. Si esta solo ¿porque recita sus pensamientos en alto?

13.00 – Dios, y ahora jura y blasfema en arameo. Eso es que se ha caído Pedrosa o Rossi, o vete a saber. No, que la carrera de Moto GP es más tarde, creo. ¿Que hora es? La una, debería quedarme un poco más.


13.20 – Se acabó tanto la carrera como mi paciencia. Me levanto ya y que salga el sol por Antequera, que la siesta no me la salto. Tranquilo campeón, no te levantes tan deprisa que te mareas.

14.05 – Con lo agustito que estaba yo en la cama, aún sin poder dormir “¿que tenemos hoy de comida? Papa” “No lo se hijo, espérate que den unas vueltas y ya veo que es lo que hago”. Pizza, seguro que hoy nos toca Pizza.

14.40 – Rápida de calentar y de comer, que jugosa esta la Pizza. Creo que no me va a sentar muy bien. No recuerdo si ayer vomité o no, pero una manzanilla es vital en estos momentos.

18.10 – Me encanta la fase REM, estar descansando tranquilamente. Creo que estoy en el Nirvana.

18.20 – No, no, no, pero si sabe que estoy durmiendo ¿porque me pone el carrusel deportivo? Espero que sea algo puntual y lo baje

18.23 “ ¡PAPA! ¿PUEDES BAJAR EL VOLUMEN?“ A ver si me hace caso

18.24 – MMMM, parece que todo vuelve a la normalidad y a la paz.

18.30 - ¡GOOOOOOOOOOOOOOL! ¿Porque? ¿porque? ¿porque?

18.40 – Decidido, me bajo a la farmacia a comprarme tapones. Eso o le busco novia a mi padre para que se vaya con ella los domingos de resaca.

jueves, 19 de mayo de 2011

El coche

En la radio suena una canción de Serrat, una de las que no son muy conocidas y que más que despertarme consigue que mis párpados se vayan cerrando un poco, por lo que cambio de emisora; no sería bueno para mí tener otro accidente de circulación, mi seguro no lo soportaría. Mi madre tampoco.

Mi coche tiene ya demasiados años y arreglos, en cierta medida se parece a su amo, pasa igual que como con los perros, a excepción de que la gasolina es más cara que el Wiskas. Tendrá prisa el condenado Mercedes; venga, que llegas tarde a trabajar. ¡¡Pringao!!

Cómo se nota que cada día amanece antes; son las 7 de la mañana y ya puedo ver el sol levantándose, una luna roja que surge y me deslumbra una vez más por no haberme comprado unas gafas de sol. Siempre me digo que he de ir a la óptica a por ellas, pero temo que haya subido mi graduación y me deprima. Hay tantas cosas que debería hacer.

Maldición, estamos ya en Mayo y estoy igual que el año pasado ¿qué hay del propósito de tener este año un libro en la susodicha feria que comienza a finales de mes? Sí, era una propuesta descabellada, pero es que ni he empezado ni tiene visos de que empiece. Lo de siempre, ni empiezo ni termino lo que me planteo.

Bueno, quizás si saliese una hora antes del trabajo todos los días podría descansar una hora más, porque es evidente que eso de ponerme a escribir nada más llegar a casa como que no, que la pantalla ya es parte de mi y he de desterrarla, pero es que después tampoco, me lío con el “facebook”, el marca y demás webs. Más calma y más filosofía hace falta en mi vida.

Bueno, fin de trayecto, a abrir la sucursal y prepararlo todo para tener un buen día y conseguir escaparme antes de las siete. Equipos encendidos, vamos a ver el correo …. No puede ser, otra vez he de cancelar los planes. Otra vez que el reloj volverá a dar las siete y yo de rodillas esclavizado y atado a una mesa de trabajo y un ordenador que no conoce lo que es el salvapantallas.

lunes, 16 de mayo de 2011

Volver a casa

Se quedó mirando por la ventanilla las casas cercanas a la estación y se preparó para bajar. Había sido un viaje largo, duro y penoso, y ahora que por fin volvía a estar en su ciudad podía volver a mostrar aquella sonrisa que tanto le gustaba a su abuela, aunque ella ya no estuviera allí para verla.

Recogió su maleta y bajó del tren. Buscó sin apenas esperanza una cara conocida en la estación, alguien que le abrazara y llevara a su casa, pero no encontró a nadie, y eso que había avisado de su vuelta. No le extrañó mucho.

Tras coger un par de autobuses al fin llego a su portal, que había cambiado mucho desde su última visita hace ya tres años. Nuevos azulejos, nueva puerta, nuevas escaleras. En su buzón también echó en falta su nombre.

Subió andando los 16 escalones que llevaban a la casa de sus padres y llamó. Cuando se abrió la puerta su madre le observó, sin duda estaba bastante cambiado, pero no lo suficiente como para no reconocerle. Sin ninguna concesión a la confianza le dejó pasar.

Franqueó la puerta de su casa hasta entrar en el salón y dejar la maleta. Allí nada había cambiado y podía recorrer milimétricamente aquel salón de un lado a otro sin equivocarse cerrando sus párpados. Sus ojos se quedaron absortos en el retrato familiar, una pequeña lágrima le recorrió la mejilla. Colocó las manos en los bolsillos y desvió la cara hacia la cocina.

Allí, su madre, estaba terminando de pelar las patatas para una tortilla. Intercambiaron un par de frases sin mucho interés. A ella se la notaba abatida y a él le estaba pasando factura el viaje, así que fue a su antigua habitación.

Mientras deshacía la maleta empezó a recordar a su padre, como éste le había montado la estantería, el día que fueron a comprar la televisión, el agujero de la pared que hizo con su puño cuando discutieron por irse a vivir la vida a una ciudad lejana. Cada libro, cada juego, todo le recordaba a él y los recuerdos le hacían daño, puesto que sabía que debía almacenarlos ahora que no iban a producirse nuevos.

Salió de su cuarto y acudió al salón, donde su madre había preparado ya la mesa. Comenzaron a comer en silencio, sin el más mínimo ruido ya que la televisión fue exiliada de allí muchos años antes.

Mientras comía le entró la necesidad de empezar a hablar con su madre, de contarle cómo era su vida, las penurias que tuvo que pasar antes de encontrar piso, los trabajos que tuvo que desempeñar hasta conseguir un contrato fijo y mal pagado, las decepciones amorosas que le habían dejado ya huella en el alma. Le hubiese gustado decirle que les había echado de menos, que todas las semanas pensaba en regresar, que no había escrito cartas por no tener una dirección estable y de cómo, al enterarse de la muerte de su padre, había llorado y llorado hasta quedarse casi deshidratado. Pero no se lo dijo.

domingo, 15 de mayo de 2011

Anecdotario

Es curioso como es el género humano, lo felices y contentos que nos ponemos cuando reconocemos a alguien “famoso” por la calle, en un restaurante o en el cine. Incluso haciendo la compra; una vez vi a Paco Lobatón comprando en el supermercado, pero fue de refilón, así que no cuenta.

Otra vez estaba con tres amigos cenando en un restaurante, una cadena americana de estas donde hasta las ensaladas tienen grasa, cuando uno de ellos se percató de que un cliente de los que estaban sentados cerca de nosotros tenía una nariz un poco especial.

  • Mirad – Nos dijo – Ese es boxeador o lo parece.
  • Chelui, es el Poli Díaz.

Que esa es otra, que hay veces que vemos una cara conocida y nos fijamos en rasgos suyos, pero no terminamos de cuadrarlo. Poli Díaz, campeón español y europeo de boxeo, imbatible hasta que se cruzó por su camino uno que le sobó los morros dejándole literalmente K.O. . Allí estaba, comiendo una hamburguesa en la mesa de al lado.

La última vez ni siquiera vi al famoso, pero basta con que el 75% de la gente con la que estés lo vea como para considerar que tú también lo has visto. Había acudido a ver un musical de estos que están tan de moda en la Gran Vía con mi novia y otra pareja. Nos sentamos quedando yo en un extremo cuando uno de los que venía conmigo vio entre el gentío a Miguel Ríos. Fue curioso, ya que uno de los personajes de la obra había participado en sus giras, por lo que resultaba lógico que fuese a ver la obra en un descanso de su gira de despedida. Intenté levantarme y verle, pero fue imposible, incapaz de distinguirle la coronilla; fui el único que no le vio, lo cual me fastidió un poco, pues, como dije al principio, el ver a un famoso me pone contento, una anécdota más que contar.

Cuando acabó la obra le busqué con la mirada por el sector de público donde estaba su asiento y, o bien había abandonado la sala antes o la miopía me ha aumentado considerablemente. El caso es que no lo vi, pero sabía que había estado allí, igual que yo, riéndose de los mismos chistes, de las caídas, puntos y demás.

Tendré que ir a revisarme la vista, cambiar los cristales y estar lo más atento posible para no tener que mentir acerca del último famoso al que he visto, ya que ver mi imagen en el espejo no cuenta. 

sábado, 14 de mayo de 2011

Perdido II

Perdido en el centro comercial me hallaba. Mi madre se había lanzado a la vorágine de las compras y rebajas, dejándome a mí, su pequeño, sentado en un banco. Mi curiosidad no pudo reprimir sus instrucciones de quedarme quieto y recordé la existencia de aquella vieja tienda de juguetes del ayer, pero era demasiado pequeño para encontrar el camino.

¿Quién lloraría por mí si me quedaba en aquel centro comercial marchito? ¿Quién ocuparía mi lugar en mi casa, llenaría la balanza de sinsabores de mi madre y recibiría las propinas de mis abuelos?

Sin rumbo, sin orden, sin saber hacia dónde caminaba. Me sentía impotente y me entraron una tremendas ganas de llorar. Lo hice. Descargué mis lágrimas como un torrente de primavera, de aquellos que surgen de repente cuando luce el sol en lo más alto. Los transeúntes no tuvieron más remedio que fijar su mirada en mí cuando comencé a llorar.

Dos señores muy amables que iban cogidos de la mano se pararon frente a mí y me preguntaron qué me había pasado, ante lo cual yo, a mis siete añitos, les relaté como mi malvada madre me había dejado solo e indefenso en un banco. Horrorizados por mi relato me llevaron al punto de información del centro comercial donde, para mi sorpresa, no era el único niño que había sido abandonado por un 60% de rebajas.

Allí me dieron un pez para que jugase con él y pasé un rato tranquilo, divirtiéndome con mis nuevos amigos, hasta que oí gritos y al mirar hacia arriba vi a mi madre discutir con los amables caballeros que me habían rescatado de la soledad y el desamparo. Después de 10 minutos de gritos y reproches mi madre decidió que ya había acabado con ellos y me arrastró al coche, donde pusimos rumbo a casa. Allí, mi padre me hizo ver lo equivocada que había sido mi actitud al no hacer caso a mi madre.

domingo, 10 de abril de 2011

Día dos. Versión 2.0

 Entornó los ojos mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios. Su cuerpo empezó a relajarse y a sentir una gran paz en su interior. Le abrazó. Él también estaba agotado, su día no había ido demasiado bien y tan sólo los labios de su mujer habían conseguido que se sacase el mal sabor de boca provocado por un pequeño problema laboral. Mañana sin falta lo resolvería.

Ella se despertó antes, como de costumbre. Él había desarrollado una capacidad increíble para ignorar el tono de su despertador, así que era ella la que tocaba diana y le despertaba con un beso, o con un “cariño, es domingo y te has vuelto a olvidar quitar la alarma”, pero hoy era jueves, así que le dio un beso. Sonrió. Él empezó a bostezar, pero al momento salió de la habitación rumbo al baño.

Mientras ella se duchaba, él leía la prensa deportiva en internet, la económica y, si había tiempo, algo de la prensa del corazón por si tenía que dar conversación a su superior. Bajaron al garaje y se montaron en el deportivo, ideal para la imagen que él quería dar en su trabajo. Pensaba que las canas que empezaba a tener podían ser un signo de debilidad ante los tiburones que tenía por compañeros.

Treinta minutos más tarde la dejó en su trabajo. Se despidieron con un beso y un te quiero; aún no habían perdido la pasión que suele darse al comienzo de una relación y llevaban ya casi tres años (y uno viviendo juntos). Desde allí a su trabajo solo le quedaban veinte minutos. Cambió la emisora de radio y se dispuso a tener un buen día.

Él saludó a sus compañeros al llegar a la oficina, introdujo su usuario y contraseña en su ordenador. Se puso manos a la obra a intentar solventar el pequeño problema que le mantuvo ocupado todo el día anterior. Ella había adelantado trabajo para salir pronto.

Él repaso cuidadosamente todos los detalles del proyecto, paso por paso hasta que estuvo completamente satisfecho. Ella estuvo toda la mañana atendiendo al público que entraba en su sucursal, apenas tuvo tiempo de tomarse un café o responder el SMS que le envió él.

Llegó la hora de comer y mientras él se calentaba la comida en el microondas, ella salía a comer con sus compañeros, comentando diversas vicisitudes de la mañana, la actividad comercial que habían desempeñado y cuestiones tan triviales como cotilleos varios.

La tarde fue tan sosa para ambos que es mejor no comentarla. Él consiguió escaparse pronto y salió para casa a eso de las 18:00 horas, pero ella se entretuvo con el papeleo y no fue hasta las 19:30 cuando apagó las luces de la sucursal. Y porque él la estaba esperando fuera para llevarla a casa.

Ella llegó bastante cansada y agradeció tener la cena ya preparada. Mientras se duchaba, él colocó la mesa y cenaron mientras veían el telediario de las nueve. Como era normal, como llevaban haciendo ya demasiado tiempo. Un par de programas breves, un par de zappings y un bostezo eran la señal inequívoca que el día estaba llegando a su fin.

Ya acostados, se buscaron y besaron por un buen rato. Después empezaron a hablar de sus respectivos días en sus trabajos; anodinos, sin mucho que reseñar. Él estaba contento por haber solucionado su problema y ella tenía al menos una historia curiosa que contar antes que el sueño la venciese. Aquel día no iba a haber juegos.

Ella se despertó al notar que él no estaba a su lado. Vio la luz del baño encendida y procuró dormirse, pero no pudo. Se pasó los primeros diez minutos intentando conciliar el sueño, pero él no volvía a la cama y empezó a intranquilizarse. A los veinte minutos se levantó y se acercó al cuarto de baño.

Preguntó un par de veces, pero no obtuvo respuesta, así que optó por entrar; un grito se le escapó al verle tirado. Estaba inconsciente y en el bidé había restos de vómitos de colores muy extraños. Intentó reanimarle como puedo, incluso le abofeteó la cara un par de veces, pero no respondía.

La ambulancia llegó en quince minutos mientras ella permanecía histérica a su lado; solo se separó de él cuando entraron en urgencias y no tuvo más remedio que soltarle la mano, quedando tan desvalida como una niña en su primer día de colegio, asustada, temblorosa. Alguna lagrima cayó.

A medida que pasaban las horas su tensón iba en aumento y sus familiares no pudieron conseguir que desayunase, apenas que saliese cinco minutos de aquella sala horrenda donde esperaba alguna noticia. Grave era, sin duda.

A mediodía al fin preguntaron por ella y su corazón se tensionó aún más si era posible. No pudo escuchar las explicaciones que le daban los médicos, pues solo quería saber cómo estaba él. Se derrumbó cuando le comunicaron la noticia que, desde que le vio en el baño, había temido; se estaba muriendo y poco tiempo le quedaba. No reunió el suficiente valor para verlo una vez más. Pasaron meses hasta que pudo volver a mirarse al espejo y un año hasta que volvió a su “rutina”.

Entornó los ojos mientras sus labios dibujaban una mueca de tristeza. Su cuerpo, desde que él no estaba, echaba de menos su calor en la cama, echaba de menos esos pequeños momentos en la cama, echaba de menos el tenerle a su lado para poder hablar de su día.

Ella se despertó, como de costumbre, nerviosa y aterrorizada; otra pesadilla más. No había nadie a su lado y comenzó a llorar. Miró la mesilla de noche y abrazó la foto contra su pecho durante unos minutos. Después se metió en la ducha y, antes de salir, encendió un cigarrillo.

El trayecto al garaje le resultaba no sólo doloroso, sino intranquilizador. Desde que él ya no estaba se sentía desprotegida, sola. Cualquier vecino podría ser una amenaza para ella. Había vendido el deportivo y se había comprado un mono-volumen, un coche resistente, duro y grande. Había tenido que alquilar una plaza de garaje cerca de sus sucursal.

Cada día llegaba más tarde a su trabajo. Primero empezó a llegar 10 minutos antes de su hora, para ir perdiendo 3 minutos por semana y llegar ya 10 minutos tarde. Tenía diez minutos de cortesía, ¿no? Bueno, tenía tiempo para otro cigarro.

Se sentó en su mesa, intentó ordenar los papeles que tenía delante un poco y se abrieron las puertas. Por delante, unas cuantas horas de trabajo, de aguantar a las viejecitas y de escaparse a tomar algún café. Había cogido la costumbre de salir al menos 3-4 veces a tomar café con clientas que conocían su desgracia e intentaban levantarle la moral.

Ya no se quedaba a trabajar por las tardes. Ello le había acarreado una serie de problemas con la directora y el subdirector, pero no tenía ni fuerzas ni ganas. A decir verdad, en la sucursal la hubiesen dado por un cadáver andante si no fuese por el ligero gesto de ilusión cada vez que sonaba el aviso de recibir un SMS, aunque inmediatamente después volvía a su gesto habitual.

Aparcó el coche en el garaje y encargó comida al restaurante chino de enfrente de su casa. Llevaba ya demasiado tiempo sin cocinar, y el menú le servía tanto de comida como de cena.

Paso la tarde sentada frente al televisor, repasando los vídeos que habían grabado juntos. Los viajes a Roma, a Paris, el viaje a la casa rural en Asturias. Era eso o pasarse la tarde muerta mirando al techo como hacía casi todos los fines de semana. Nadie conseguía que saliese de casa. Llegó la hora de la cena y sacó del frigorífico los restos de la comida.

Se negó un día más a ver el telediario. No lo había vuelto a ver desde que él no estaba. No era lo mismo. ¿De qué le servía la información? ¿Qué le importaba si en Irak morían veinte o veinticinco o si el G-20 no se pusiese de acuerdo para repartirse una vez más el mundo? Ella perdió lo que más quería y jamás lo recuperaría.

Se acostó temprano, aún sabiendo que no conseguiría dormir fácilmente. Dio un beso al cristal de la foto y apagó la luz. No sabía cuantos días más podrá aguantar, pero le quedaba un día menos del resto de su vida.