sábado, 25 de diciembre de 2010

Día dos

Entornó los ojos mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios. Su cuerpo empezó a relajarse y a sentir una gran paz en su interior. Le abrazó. Él también estaba agotado, su día no había ido demasiado bien y tan solo los labios de su mujer habían conseguido que se sacase el mal sabor de boca provocado por un pequeño problema laboral. Mañana sin falta lo resolvería.

Ella se despertó antes, como de costumbre. Él había desarrollado una capacidad increíble para ignorar el tono de su despertador, así que era ella la que tocaba diana y le despertaba con un beso, o con un “cariño, es domingo y te has vuelto a olvidar quitar la alarma”, pero hoy era jueves, así que le dio un beso. Sonrió. El empezó a bostezar, pero al momento salió de la habitación rumbo al baño.

Mientras ella se duchaba, él leía la prensa deportiva en internet, la económica y, si había tiempo, algo de la prensa del corazón por si tenía que dar conversación a su superior. Bajaron al garaje y se montaron en el deportivo, ideal para la imagen que él quería dar en su trabajo. Pensaba que las canas que empezaba a tener podían ser un signo de debilidad ante los tiburones que tenía por compañeros.

Treinta minutos más tarde la dejo en su trabajo. Se despidieron con un beso y un te quiero; aún no habían perdido la pasión que suele darse al comienzo de una relación y llevaban ya casi tres años (y uno viviendo juntos). Desde allí a su trabajo solo le quedaban veinte minutos. Cambió la emisora de radio y se dispuso a tener un buen día.

Él saludó a sus compañeros al llegar a la oficina, introdujo su usuario y contraseña en su ordenador. Se puso manos a la obra a intentar solventar el pequeño problema que le mantuvo ocupado todo el día anterior. Ella había adelantado trabajo para salir pronto.

Él repaso cuidadosamente todos los detalles del proyecto, paso por paso hasta que estuvo completamente satisfecho. Ella estuvo toda la mañana atendiendo al público que entraba en su sucursal, apenas tuvo tiempo de tomarse un café o responder el SMS que le envió él.

Llego la hora de comer y mientras él se calentaba la comida en el microondas, ella salía a comer con sus compañeros, comentando diversas vicisitudes de la mañana, la actividad comercial que habían desempeñado y cuestiones tan triviales como cotilleos varios.

La tarde fue tan sosa para ambos que es mejor no comentarla. Él consiguió escaparse pronto y salió para casa a eso de las 18:00 horas, pero ella se entretuvo con el papeleo y no fue hasta las 19:30 cuando apagó las luces de la sucursal. Y porque él la estaba esperando afuera para llevarla a casa.

Ella llego bastante cansada y agradeció tener la cena ya preparada. Mientras se duchaba, él colocó la mesa y cenaron mientras veían el telediario de las nueve. Como era normal, como llevaban haciendo ya demasiado tiempo. Un par de programas breves, un par de zappings y un bostezo eran la señal inequívoca que el día estaba llegando a su fin.

Ya acostados, se buscaron y besaron por un buen rato. Después empezaron a hablar de sus respectivos días en sus trabajos ; anodinos, sin mucho que reseñar. Él estaba contento por haber solucionado su problema y ella tenía al menos una historia curiosa que contar antes que el sueño la venciese. Aquel día no iba a haber juegos.

Entornó los ojos mientras sus labios dibujaban una mueca de tristeza. Su cuerpo, como desde que él no estaba, echaba de menos su calor en la cama, echaba de menos esos pequeños momentos en la cama, echaba de menos el tenerle a su lado para poder hablar de su día.

Ella se despertó, como de costumbre, nerviosa y aterrorizada; otra pesadilla más. No había nadie a su lado y comenzó a llorar. Miro la mesilla de noche y abrazó la foto contra su pecho durante unos minutos. Después se metió en la ducha y antes de salir, encendió un cigarrillo.

El trayecto al garaje le resultaba no solo doloroso, sino intranquilizador. Desde que él ya no estaba se sentía desprotegida, sola. Cualquier vecino podría ser una amenaza para ella. Había vendido el deportivo y se había comprado un monovolumen, un coche resistente, duro y grande. Había tenido que alquilar una plaza de garaje cerca de sus sucursal.

Cada día llegaba más tarde a su trabajo. Primero empezó a llegar 10 minutos antes de su hora, para ir perdiendo 3 minutos por semana y llegar ya 10 minutos tarde. Tenía diez minutos de cortesía, ¿no? Bueno, tenía tiempo para otro cigarro.

Se sentó en su mesa, intentó ordenar los papeles que tenía delante un poco y se abrieron las puertas. Por delante, unas cuantas horas de trabajo, de aguantar a las viejecitas y de escaparse a tomar algún café. Había cogido la costumbre de salir al menos 3-4 veces a tomar café con clientas que conocían su desgracia e intentaban levantarle la moral.

Ya no se quedaba a trabajar por las tardes. Ello la había acarreado una serie de problemas con la directora y el subdirector, pero no tenía ni fuerzas ni ganas. A decir verdad, en la sucursal la hubiesen dado por un cadaver andante si no fuese por el ligero gesto de ilusión cada vez que sonaba el aviso de recibir un SMS, aunque inmediatamente después volvía a su gesto habitual.

Aparcó el coche en el garaje y encargo comida al restaurante chino de enfrente de su casa. Llevaba ya demasiado tiempo sin cocinar, y el menú la servia tanto de comida como de cena.

Paso la tarde sentada frente al televisor, repasando los vídeos que habían grabado juntos. Los viajes a Roma, a Paris, el viaje a la casa rural en Asturias. Era eso o pasarse la tarde muerta mirando al techo como hacía casi todos los fines de semana. Nadie conseguía que saliese de casa. Llego la hora de la cena y saco del frigorífico los restos de la comida.

Se negó un día más en ver el telediario. No lo había vuelto a ver desde que él no estaba. No era lo mismo. ¿De que le servía la información? ¿Que le importaba si en Irak morían veinte o venticinco o si el G-20 no se pusiese de acuerdo para repartirse una vez más el mundo? Ella perdió lo que más quería y jamas lo recuperaría.
Se acostó temprano, aún sabiendo que no conseguiría dormir fácilmente. Dio un beso al cristal de la foto y apagó la luz. No sabía cuantos días más podrá aguantar, pero le quedaba un día menos del resto de su vida.

Aniversario I

No lo podía creer. Después de llegar hasta allí no le podía pasar eso, era injusto. Estaba solo en aquel hall enorme del aeropuerto Charles de Gaulle y las letras se le clavaban en sus pupilas “annulé”.
Se derrumbó en su asiento y empezó a comprender que no se puede vencer al destino, que a veces los astros y las fuerzas de la naturaleza son persistentes.
El día anterior había comenzado temprano, a las 5 de la mañana, y desde que se le fundió la bombilla del cuarto de baño supo que ese no era su día. Llevaba planeando ese viaje desde hacía meses; mañana era su cumpleaños y quería estar en Central Park, recordando a su ídolo 30 años después. Al menos el mp3 no le falló y pudo escuchar en el taxi los clásicos “Let it be”, “With a little help of my friends” “Get back”.
Las probabilidades de que la huelga de controladores acabase eran escasas, pero tenía un plan B. Como ya había supuesto el espacio aéreo español no se abrió a las 9 de la mañana, como se había anunciado, y empezó su viaje. Taxi a Chamartin, urgente, sáltese todos los semáforos que el AVE sale ya. “It´s been a hard day´s night, And I´ve been working like a dog”
Llegó por los pelos y 2 horas y tres cuartos más tarde estaba en la estación de Sants, corriendo por el andén para llegar al siguiente trasbordo, tren con destino Perpignan, con un tiempo aproximado de dos horas y media. Hora de comer, un pequeño respiro antes de que a las 15 horas saliera el avión rumbo Paris, a donde llegó a media tarde.
Intentó comprar billete para salir ese día, pero lo más pronto que encontró fue un vuelo que salía a las diez con llegada a New York a las seis de la tarde, aprovechando que se vuela a favor de las horas. Lo importante es que estaría allí, que ese día, el aniversario de la muerte de Lennon, él estaría como muchos más fans, en el lugar de su muerte, recordándole.
Se quedó a dormir en el aeropuerto y cuando se despertó sus ojos se quedaron clavados en aquel cartel, sin poder ver la capa blanca de nieve que cubría las pistas impidiendo el despegue de cualquier vuelo. Speaking words of wisdom, let it be”

domingo, 12 de diciembre de 2010

Roma en ruinas

Resulta que estando en Roma, rememoré aquella rara ocasión en que había visitado Merida y había acabado harto de rocas y más rocas. Ahora me resultaba igual de cansado, pero con mucho más ruido a mi alrededor. Sin duda estos romanos me producían dolor de cabeza. La aspirina no consiguió calmarme, pero me relajó lo suficiente para seguir disfrutando del viaje.