domingo, 7 de noviembre de 2010

Vallado

Perdido sin tus abrazos me hallaba yo, perdido en aquella fría madrugada. No fue hace mucho sino ayer, aunque ahora me parezca tarde.

Ahora navegaba entre tus caderas sintiéndome el dueño de todas las cosas de tu nevera, de tus risas, de tus abrazos, de tus ojeras. Era yo quién alumbraba cada mañana tu ventana y provocaba aquella risa infantil en el centro de tu cara.

Sin duda la balanza estaba equilibrada y no se escoraba ni hacia tu lado ni hacia el mio. Nuestro rumbo era el mismo y la nave avanzaba sin prisas y sin pausas. A toda maquina, a toda vela.

Sin darnos cuenta comenzó nuestra dependencia. Nuestra telepatía se hacía visible día a día. Mis manos, mis pies. Todo mi cuerpo sabía ya por entonces que esto podría indicar una perpetua primavera, un preludio del verano eterno, el final de los otoños e inviernos fríos.

Caminaba despacio, firme y resuelto a aguantar junto a ti la mirada de todos aquellos que se oponían a nuestros deseos, cuando de repente volvimos a ser dos de nuevo.

Quemamos todos los cartuchos demasiado pronto y para colmo de males, se nos acabaron las reservas del cariño sepultadas en una avalancha de rencor y desistimiento.

Como un pez que se queda atrapado en la red de un atunero, sin poder escapar de ella, así terminó lo nuestro. No fue largo, pero si intenso, una montaña rusa que nos llevó arriba y abajo solo para descubrir que el final estaba vallado.

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