domingo, 28 de noviembre de 2010

La rubia

Ayer me ocurrió un hecho que me suele suceder muy de vez en cuando. Estaba tranquilo en el café, tomando una infusión, cuando observé con el rabillo del ojo que a mi derecha se sentaba una joven rubia de muy buen aspecto. Ví como pedía un refresco y su mirada quedaba fija en la puerta del establecimiento.

Su cabello me pareció hermoso y por el libro que llevaba bajo el brazo supe que estudiaría alguna ciencia de la medicina, pues el título lo sugería. Pensé que quizás había acabado ya sus clases (puesto que la hora era la propicia para ello) y el lugar no resultaba lejano de la facultad, si bien es cierto que no suelen abundar los universitarios en este café.

Me llamo la atención la amabilidad que desprendían sus gestos y la sonrisa que regaló a la camarera cuando ésta la dejo el refresco. La verdad, he de confesaros que no sólo me llamo la atención, me enamoró.

La recorrí con la mirada y la observe detenidamente, encontrando pequeños detalles que despertaron de inmediato mi curiosidad más morbosa y juguetona, como el lunar que tenía en su mejilla izquierda o qué decir de la cadena que pude apreciar que llevaba en su cuello ¿llevaría un crucifijo de oro o las iniciales de algún amor? Mi sonrisa hizo acto de presencia ante tales disyuntivas.

Su rostro perdía por momentos ese aura de belleza, sobre todo cuando el reloj marcaba un minuto más y ella bebía otro trago de su refresco. Cuando ya llevaba más de dos tercios del mismo apenas quedaba un cuarto de la sonrisa.

Pensé en levantarme, acercarme y charlar con ella, pero deseché la idea. Ella comprobaba minuciosamente su teléfono móvil cada 2 minutos con el mismo ademán de desgana.

Al fin sonó el dichoso aparato, aunque de haber sabido el engendro musical que mis oídos iban a tener que soportar y la cara de decepción que a mi recién descubierta musa se le iba a quedar, lo hubiese apagado yo mismo.

Y así se fue cabizbaja y con los ojos enrojecidos por el esfuerzo de no llorar, llevándose consigo mis pensamientos y mi compasión. Ni me dí cuenta que se le olvidó pedir la cuenta.

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