domingo, 28 de noviembre de 2010

Berlín

PRIMERO:

Bueno, vamos allá. A ver que tenemos por aquí. Abuelas en el banco, fácil, pero insuficiente botín para clausurar este sitio por unas semanas y hoy necesito algo más de botín. No tendré hoy la suerte de encontrarme con algún “pijoejecutivo” en su hora de desayuno demasiado refinado como para aguantar el humo del bar de enfrente, no creo que hoy sea mí día.

Nada. Llevo ya media hora y no he visto a nadie con cara de llevar al menos 50 Euros en la cartera, ni sentados ni paseando por este maldito parque. Ni un solo móvil interesante, ni anillos, ni nada de nada. Parece que va a ser otra mañana infructuosa. Aunque … podría ser.

Parece una pieza interesante, y sólo por el Nokia que lleva pegado a la oreja merece la pena intentarlo. La mujer no está mal y se nota que a sus cuarenta y tantos sigue en forma, por lo que mejor no le doy la oportunidad de escapar. Si atajo la puedo llegar a sorprender en mitad del parque. Poco a poco, eso sí, sin despertar la más mínima sospecha.

Bien, he llegado a tiempo para cruzarme con ella. Como siempre esta parte está despejada, salvo por un par de colegiales que han hecho novillos y a los que no se les ocurrirá interferir en mi transacción. Bueno, allá vamos.

    • Perdone, ¿no tendrá usted un cigarrillo? - Sé que no es una frase original y que muchas de mis presas saben lo que va a pasar a continuación, pero me da una gran ventaja frente a los asustadizos, que no se resisten. Y los que no se dan cuenta y meten la mano a buscar el cigarrillo me dan la oportunidad de acercarme lo suficiente para asaltarles.
    • Lo siento, no fumo – Me dice ella con aires de superioridad mientras tapa el auricular con una mano.
    • Vaya, es una lástima – Con un rápido y ágil movimiento le quito el móvil de su mano y cuelgo. Ella se queda sorprendida y asustada, sabe cual va a ser mi siguiente frase – Dame todo lo que lleves de valor encima rapidito o te saco la navaja y te dejo un feo recuerdo en la mejilla – A veces una amenaza real y duradera es mejor que la de la muerte. Ella se acobarda.
    • No, por favor – Me entrega el bolso, estando paralizada por el miedo.
    • No me jodas, golfa. ¡Sácate el anillo y el collar y hazlo YA! – la escena dura demasiado y entro en la zona de peligro. Ella reacciona lento y me veo obligado a arrancarle el collar. Salgo corriendo.

Me oculto en una de las callejuelas anexas. Alguna Visa, 80 en efectivo y poco de valor en la cartera. He de darme prisa para realizar algunas compras con la tarjeta antes de que la bloqueen. Elisa Fuentes, ha sido un placer establecer relaciones comerciales contigo, espero que tu hayas quedado satisfecha con tu mala experiencia como yo lo he quedado con tu dinero.

SEGUNDO:

Qué mal esto de tener que ir hoy al callista. Hace que me pierda la clase de pilates, y ya van tres seguidas, la próxima vez Roberto me lo va a hacer pagar; seguro. Menos mal que esta cerca de casa, porque así al menos ando un poco, aunque a esta hora de la mañana hay demasiados coches y el aire viciado de la ciudad me mata. No se si podré soportarlo.

Bueno, llamaré a Cuqui, a ver que tal está y así me pone al día de la cena del viernes en su casa. A ver. Cuqui. Bien, parece que lo tiene encendido, eso quiere decir que no está recibiendo un masaje ahora mismo.

    • Elisa, ¿cómo estás?
    • Bien, muy bien. Ahora mismo voy de camino al Spa a darme unos masajes.
    • Ah, qué bien. Yo hoy no puedo ir, sino me reuniría allí contigo – Qué suerte que he tenido – estoy liada con la cena, me está costando decidir los vinos.
    • Ya, – Qué pedante es, madre mía, si hace unos años la pobre lo único que paladeaba era vino cutre de supermercado con coca cola – lo sé. Acuérdate de la reunión de Teresa la semana pasada. Qué horror de vinos americanos.

Es una pesadez de mujer, por Dios, porque la habré llamado, con un poco de suerte atajo por el parque y se me va la cobertura – sí, sí, el magret de pato no puede faltar – qué pesadilla de mujer. Va de fina y elegante cuando todas sabemos que de pequeña fue a un colegio concertado – me parece sabia elección, querida – aunque al menos de vez en cuando tiene buena ideas. - perdone ¿no tendrá usted un cigarrillo? - ¿quién ha dicho eso? Vaya, qué se ha creído este hombre, pensará acaso que estamos en una discoteca o similar.

    • Lo siento, no fumo – Le replico indicándole que me deje en paz.
    • Vaya, es una lástima – El joven me quita el móvil de un golpe y me agarra del cuello con una mirada que me atraviesa y me deja quieta. No puedo hacer nada, quiero correr, pero mis piernas no me responden – Dame todo lo que lleves de valor encima rapidito o te saco la navaja y te dejo un feo recuerdo en la mejilla – Esto no me puede estar pasando, no aquí, ¿dónde esta la policía? Quiero gritar, escapar, huir, pero de mi boca solo sale.
    • No, por favor – Le entrego el bolso mientras aparto la mirada hacia un lado, esperando que él desaparezca cuando vuelva a mirar hacia adelante.
    • No me jodas, golfa. ¡Sácate el anillo y el collar y hazlo YA! – Mis manos tiemblan cuando intento quitarme el anillo. No lo consigo y temo que me corten el dedo, lo cual me pone aún más nerviosa. De un tirón me rompe el collar y sale corriendo con él, mientras yo me quedo sollozando en medio del parque. Necesito a Javier, que alguien llame a Javier.
TERCERO:
  • Bueno Carlos, cuéntanos lo que viste.
  • Si, bueno la verdad es que hay poco que contar.
  • Venga, cuéntalo. No vamos a decirle a tus padres que estabas aquí a estas horas. Ahora mismo nos interesa más saber lo que has visto.
  • Vale, les contaré lo que vi. Estaba aquí con Pedro, un amigo, charlando un poco de nuestras cosas, ya sabe. No le dimos mayor importancia a la mujer cuando pasó por delante de nosotros hasta que observamos que el pavo ese la estaba agarrando y le quitaba el collar. No nos dió tiempo a reaccionar y dudo que hubiésemos podido hacer nada. El colega salió corriendo y lo único que pudimos hacer fue ir a hablar con la señora cuando esta se derrumbó.
  • ¿Que nos puedes decir del “colega”?
  • Poca cosa, la verdad, apenas le vimos bien. Estábamos lejos, pero calculo que rondaría la treintena, pelo corto, parecía delgado y no era muy alto. Su ropa era normal, unos vaqueros y una chaqueta marrón.
  • ¿No tenía nada identificativo? ¿Algo extraño en su manera de correr?
  • No lo sé. Como le he dicho le vimos de lejos y poco tiempo.
  • Perfecto. Puede que os llamemos para una rueda de reconocimiento si tenemos suerte y le pillamos. Ahora podéis iros a clase.

CUARTO:

Diligencia Policial Número 2.356/10. Comisaría de Salamanca:
El pasado 10 de Octubre de 2.010, a las 10:20, se produjo en el parque Berlín un robo con amenazas. La víctima, Elisa Fuentes, fue abordada por Jaime Ramírez en el parque, sustrayéndole los siguientes objetos: el teléfono móvil, un collar y el bolso. Los objetos de valor que Elisa declara que llevaba en el bolso son: un pintalabios, gafas de sol de Gucci y su cartera, con DNI, carnet de conducir, dos tarjetas de crédito de la entidad B.N.P., 80 euros en efectivo, dos cheques regalo de El Corte Ingles, la tarjeta Sanitaria de la comunidad de Madrid, tarjeta de Adeslas, tarjeta de Dolce & Gabana, tarjeta de Dior y tarjeta de Tous.

La denunciante fue abordada y amenazada por el denunciado, existiendo violencia explícita al ser agarrada y al serle arrancado el collar. El testimonio de Carlos Flores y Pedro de La Casa así lo confirman.

Gracias a los testimonios de los testigos y denunciante, al uso de las tarjetas y a una grabación de una cámara de seguridad de la zona, se localizó a Jaime Ramírez, delincuente habitual, como posible autor de los hechos, por lo que se le arrestó en su domicilio habitual. Posteriormente, fue reconocido como el autor de los hechos por la denunciante y por uno de los dos testigos en rueda de reconocimiento, pasando a disposición de la autoridad judicial.

La rubia

Ayer me ocurrió un hecho que me suele suceder muy de vez en cuando. Estaba tranquilo en el café, tomando una infusión, cuando observé con el rabillo del ojo que a mi derecha se sentaba una joven rubia de muy buen aspecto. Ví como pedía un refresco y su mirada quedaba fija en la puerta del establecimiento.

Su cabello me pareció hermoso y por el libro que llevaba bajo el brazo supe que estudiaría alguna ciencia de la medicina, pues el título lo sugería. Pensé que quizás había acabado ya sus clases (puesto que la hora era la propicia para ello) y el lugar no resultaba lejano de la facultad, si bien es cierto que no suelen abundar los universitarios en este café.

Me llamo la atención la amabilidad que desprendían sus gestos y la sonrisa que regaló a la camarera cuando ésta la dejo el refresco. La verdad, he de confesaros que no sólo me llamo la atención, me enamoró.

La recorrí con la mirada y la observe detenidamente, encontrando pequeños detalles que despertaron de inmediato mi curiosidad más morbosa y juguetona, como el lunar que tenía en su mejilla izquierda o qué decir de la cadena que pude apreciar que llevaba en su cuello ¿llevaría un crucifijo de oro o las iniciales de algún amor? Mi sonrisa hizo acto de presencia ante tales disyuntivas.

Su rostro perdía por momentos ese aura de belleza, sobre todo cuando el reloj marcaba un minuto más y ella bebía otro trago de su refresco. Cuando ya llevaba más de dos tercios del mismo apenas quedaba un cuarto de la sonrisa.

Pensé en levantarme, acercarme y charlar con ella, pero deseché la idea. Ella comprobaba minuciosamente su teléfono móvil cada 2 minutos con el mismo ademán de desgana.

Al fin sonó el dichoso aparato, aunque de haber sabido el engendro musical que mis oídos iban a tener que soportar y la cara de decepción que a mi recién descubierta musa se le iba a quedar, lo hubiese apagado yo mismo.

Y así se fue cabizbaja y con los ojos enrojecidos por el esfuerzo de no llorar, llevándose consigo mis pensamientos y mi compasión. Ni me dí cuenta que se le olvidó pedir la cuenta.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Vallado

Perdido sin tus abrazos me hallaba yo, perdido en aquella fría madrugada. No fue hace mucho sino ayer, aunque ahora me parezca tarde.

Ahora navegaba entre tus caderas sintiéndome el dueño de todas las cosas de tu nevera, de tus risas, de tus abrazos, de tus ojeras. Era yo quién alumbraba cada mañana tu ventana y provocaba aquella risa infantil en el centro de tu cara.

Sin duda la balanza estaba equilibrada y no se escoraba ni hacia tu lado ni hacia el mio. Nuestro rumbo era el mismo y la nave avanzaba sin prisas y sin pausas. A toda maquina, a toda vela.

Sin darnos cuenta comenzó nuestra dependencia. Nuestra telepatía se hacía visible día a día. Mis manos, mis pies. Todo mi cuerpo sabía ya por entonces que esto podría indicar una perpetua primavera, un preludio del verano eterno, el final de los otoños e inviernos fríos.

Caminaba despacio, firme y resuelto a aguantar junto a ti la mirada de todos aquellos que se oponían a nuestros deseos, cuando de repente volvimos a ser dos de nuevo.

Quemamos todos los cartuchos demasiado pronto y para colmo de males, se nos acabaron las reservas del cariño sepultadas en una avalancha de rencor y desistimiento.

Como un pez que se queda atrapado en la red de un atunero, sin poder escapar de ella, así terminó lo nuestro. No fue largo, pero si intenso, una montaña rusa que nos llevó arriba y abajo solo para descubrir que el final estaba vallado.