domingo, 3 de octubre de 2010

Maldita password

Reiteró su negativa y esta fue trasladada a la agente judicial, la cual entró en la sala de audiencias. Sentado en el banco de la sala de espera parecía aún más pequeño, tendría unos treinta y pocos años, pero su estatura pareció detenerse antes de tiempo. Su abogado le había estado intentando convencer de que seguir adelante era una locura y que lo mejor sería llegar a un acuerdo, pero él no le había hecho mucho caso.

Yo estaba un poco nervioso por encontrarme cara a cara con la persona que había estado utilizando mi correo electrónico, con la persona que había violado mi intimidad visualizando mis mensajes, datos, relaciones pasadas y posibles relaciones futuras. Sentí un gran escalofrío al pensar en la cantidad de información que poseía esa persona sobre mí. Quizás ahora él supiese más de mi que todos mis amigos, que mi propia familia e incluso que yo.

La agente volvió a salir y pronunció su nombre en alto. Se levantó y entró en la sala. A continuación su abogado, el mio y nadie más, ya que al ser yo testigo solo podría entrar cuando me lo indicasen. Odio esperar, me produce una sensación de perdida de tiempo. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Los minutos pasaban lentamente en mi cabeza. Lo que hubiese dado por un buen Gin Tonic en esos momentos, pero lo único que tenía cercano era una maquina de resfrescos.

Me acerqué para hacer tiempo, para olvidarme de la espera, comprobando que era mejor no comprar nada, ya que todas las bebidas de la maquina tenían gas. “Perfecto para mis tripita” pensé, lo último que necesitaba era un eructo ante el tribunal.

  • ¿Facilitó usted la contraseña de su cuenta de correo al acusado
  • Eeeeercgk

Volví al asiento donde estaba, una silla de plástico que no estaba rota justo enfrente de la sala donde esperaba que mi abogado y el fiscal consiguiesen demostrar la ruindad de las acciones del acusado, consiguiendo una buena indemnización y un castigo ejemplar. Quizá los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrá siempre como ellos quieren, pero esperaba que la acción de la justicia demostrase lo contrario.

Llevaban al menos diez minutos, pero a mi me parecían horas. En ese tiempo, descontando mi fugaz viaje a la maquina expendedora, había organizado el fin de semana, cazado un par de rinocerontes e incluso salvado al mundo de la amenaza mutante. Me aburría, eso estaba más que claro.

La sala de espera se hallaba ya casi vacía puesto que mi juicio era el último del día y, para variar, hubo un retraso provocado por una pelea entre un abogado y su cliente. No tenía a nadie con quien conversar, ni a quien observar.

Saqué mi teléfono móvil y empecé a escribir un mensaje “Me aburro. Esto esta tardando mucho. No me llaman. No me escriben. ZZZ” Lo envié a unos cuantos amigos esperando que me respondiesen y sacasen del tedio, pero advertí que estaba prohibida la utilización de teléfonos móviles en la sala.

  • ¿Contrató usted con el acusado un servicio de asistencia informática
  • PIPI!!! PIPI!!!

Que horror. Activé el modo silencio del teléfono para evitar que sonase. A continuación lo apagué, ya que el efecto de la vibración podría provocarme cosquillas y no quería ser acusado de desacato. Cuando saliese del juicio ya leería las respuestas.

¿Es que no me iban a llamar nunca? Mi paciencia se estaba agotando por momentos, como se agotan las velas. Recordé que tenía que comprar bombillas para la cocina, pero no pude apuntarlo en la agenda, ya que tenía el teléfono desconectado. Sabía perfectamente que si lo encendía para no olvidarme de ello me llamarían para entrar a declarar, así que decidí no encenderlo y no olvidarme de ello. Realizando un ejercicio de memoria asocie el hecho de encenderlo con la compra de las bombillas. Solucionado.

Treinta minutos después seguía en aquella sala. Esperando o desesperando. Empezaba a tener hambre y seguro que los de dentro también lo tenían. Al lado de la maquina de bebidas había otra de picoteo. Sandwiches, bollos, chocolates, todo se veía muy apetitoso, pero ¿que sensación daría si abriese la boca y la tuviese con restos de comida? Se debilitaría mi credibilidad, sin duda, y eso es algo que no podía consentir, aunque la idea de que mis tripas testificasen por mi tampoco me agradaba.

Cuando estaba ya apunto de volverme loco, de encender el teléfono, de comer una chocolatina, beberme una coca-cola y danzar por el pasillo contiguo se abrió la puerta. Esperaba que saliese la agente judicial que avisaba de la entrada en la sala o bien que saliese mi abogado para indicarme que pasase, no esperaba que saliesen todos.

Mi abogado salia conversando con el fiscal, se despidió de él y acudió a mi vera.

  • Mala suerte, chaval
  • ¿Hemos perdido? - Pregunté sorprendido - , pero si no he entrado a declarar.
  • No, no – Me dijo intentando tranquilizarme – no me refería a eso. El proceso se ha alargado un poco y se ha decretado un receso hasta el lunes a primera hora.

Odio esperar, me produce una sensación de perdida de tiempo.

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