domingo, 10 de octubre de 2010

El bloqueo

Tengo el famoso bloqueo del escritor; cuando se quieren expresar muchas ideas, pero no se consigue escribir un párrafo seguido. Tal vez esta consigna me este volviendo loco, tal vez mi mente este más preocupada de otros menesteres o, tal vez, realmente la inconstancia me haya derrotado de una vez por todas. No pienso darle ese placer.

Valiente primer párrafo, ya que intento en vano conseguir derrotar esta traba que me he auto impuesto. ¿Será que mi creación viene de la espontaneidad y no del trabajo duro? ¿Me coarto con los límites? ¿Se habrá enfriado ya la manzanilla? Aún quema.

Cierto es que muchas veces he sentido la necesidad de escribir, y que muchas veces me he retirado para ir a otra tarea. Desgraciadamente soy humano. La novedad me excita, la rutina me oprime. Mis preocupaciones son una losa en mi cerebro y no alcanzar el nivel deseado es una carga. Si te pones la zancadilla no tienes porque preocuparte si no triunfas.

¿Es eso lo que quiero? ¿Dejar mi trabajo y vivir del cuento? Bueno, más bien sería escribirlos, puesto que del cuento ya hay demasiados que viven y el pastel no es tan grande. Entonces ¿para que? ¿para que escribir? Por ego, evidentemente. Para buscar la aprobación de los demás, para sentirme más querido. Menudo ansia, necesidad vital, más y más. Soy un megalómano de la aceptación.

No cuela, no cuela. Es otra excusa, otra traba y cada vez son peores. Que si un puesto nuevo, que si una consola nueva, que si mi abuela fuma y el perro se ha comido la camisa. Esto es un caos y un descontrol, y seguimos con el dichoso bloqueo. Ay, ay, ay.

Si tan solo pudiese tranquilizarme y ordenar las ideas. Vale. Poco a poco. Vamos a allá. La vida es buena. Parece que la manzanilla ya no quema. Un buen sorbo para que, aunque no sea una tila, recobre la serenidad y la calma. Pongo la primera piedra para escribir de nuevo.

Busca algo fácil, algo sencillo que te ayude a comenzar. Deja la mente en blanco y que las palabras vengan solas. No las fuerces. No las provoques. Ellas vienen y van a su libre albedrío, eso ya lo sabes. Piensa y dime lo que ves.

“Veo un río y una muchacha que se baña, no se da cuenta que se esta acercando a unas cataratas. Menos mal que su padre esta cerca, la reprende y ella vuelve a la orilla” No, no me gusta. Es muy soso y carece de sustancia. Ni se salva al mundo, ni hay acción. Tal vez si su padre fuese un Calamar gigante la escena tendría su gracia. Intentémoslo de nuevo.

“Veo un Caiman que habla” No, no me gusta. ¿Desde cuando hablan los caimanes? Si, es cierto que en el surrealismo casi todo esta permitido, pero no veo yo a un cocodrilo siendo el protagonista de uno de mis relatos, a no ser que fuese la consciencia de un cocodrilo que vive en las botas de una ejecutiva agresiva. Relajate y piensa ….

“Julie volvía a casa cada verano una vez terminado el curso. Desde la estación de Manchester a su casa apenas había veinte minutos andando, pero un coche de caballos y Richard la estaban esperando. El estirado mayordomo saludó a la niña con poco entusiasmo, la subió al coche y la llevó a casa.

Ella estaba nerviosa y excitada, deseando llegar a su casa para saludar efusivamente a sus padres y pasar un verano alejada de la oscura residencia en Birmingham. Deseaba conocer al benjamín de la familia, su hermano Alfred que había nacido unos meses antes y poder volver a ver la sonrisa de Edward.

El coche llegó rápido a su destino, y la niña, con ayuda de Richard bajo de él y salió corriendo, entrando en la casa con algarabía y entusiasmo. Esperaba que Edward saliese de cualquier rincón a darla un abrazo y que sus padres la regañasen por el escándalo montado (lo apreciaría más que las regañinas del internado), pero no paso ni lo uno ni lo otro. La casa parecía vacía.

Richard entró portando las maletas de la joven, sin mostrar la más mínima expresión con su cara. Una vez hubo dejado las mismas en el cuarto de la joven se retiró a su habitación, provocando en Julie cierto desconcierto. ¿Donde estaba su familia? Decidió entonces ir a la cocina a hablar con Gemma, la cocinera.

Ella le explicó que los señores habían tenido que salir de viaje hacia Glasgow días antes por la terrible enfermedad de su abuelo y que se habían llevado al pequeño Alfred y a Edward con ellos. No la habían podido esperar y ahora tendría que viajar sola en tren para reunirse con ellos”

Es un comienzo. Ni bueno, ni malo. Insatisfecho con él, pero eso pasa siempre. Habría que darle volumen y forma, pero se puede decir que he roto el bloqueo, aunque solo sea de forma parcial. Es una victoria, es una gran victoria.

Así pues, una vez desbloqueado, una vez saneada mi mente, curados todos mis temores y, sobretodo, con el ánimo reforzado, me dispongo a escribir esta noche los párrafos más curiosos que haya escrito en mi vida. Al menos lo haría si no tuviese que levantarme mañana pronto para seguir ganándome el pan con el sudor de mis neuronas.

domingo, 3 de octubre de 2010

Maldita password

Reiteró su negativa y esta fue trasladada a la agente judicial, la cual entró en la sala de audiencias. Sentado en el banco de la sala de espera parecía aún más pequeño, tendría unos treinta y pocos años, pero su estatura pareció detenerse antes de tiempo. Su abogado le había estado intentando convencer de que seguir adelante era una locura y que lo mejor sería llegar a un acuerdo, pero él no le había hecho mucho caso.

Yo estaba un poco nervioso por encontrarme cara a cara con la persona que había estado utilizando mi correo electrónico, con la persona que había violado mi intimidad visualizando mis mensajes, datos, relaciones pasadas y posibles relaciones futuras. Sentí un gran escalofrío al pensar en la cantidad de información que poseía esa persona sobre mí. Quizás ahora él supiese más de mi que todos mis amigos, que mi propia familia e incluso que yo.

La agente volvió a salir y pronunció su nombre en alto. Se levantó y entró en la sala. A continuación su abogado, el mio y nadie más, ya que al ser yo testigo solo podría entrar cuando me lo indicasen. Odio esperar, me produce una sensación de perdida de tiempo. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Los minutos pasaban lentamente en mi cabeza. Lo que hubiese dado por un buen Gin Tonic en esos momentos, pero lo único que tenía cercano era una maquina de resfrescos.

Me acerqué para hacer tiempo, para olvidarme de la espera, comprobando que era mejor no comprar nada, ya que todas las bebidas de la maquina tenían gas. “Perfecto para mis tripita” pensé, lo último que necesitaba era un eructo ante el tribunal.

  • ¿Facilitó usted la contraseña de su cuenta de correo al acusado
  • Eeeeercgk

Volví al asiento donde estaba, una silla de plástico que no estaba rota justo enfrente de la sala donde esperaba que mi abogado y el fiscal consiguiesen demostrar la ruindad de las acciones del acusado, consiguiendo una buena indemnización y un castigo ejemplar. Quizá los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrá siempre como ellos quieren, pero esperaba que la acción de la justicia demostrase lo contrario.

Llevaban al menos diez minutos, pero a mi me parecían horas. En ese tiempo, descontando mi fugaz viaje a la maquina expendedora, había organizado el fin de semana, cazado un par de rinocerontes e incluso salvado al mundo de la amenaza mutante. Me aburría, eso estaba más que claro.

La sala de espera se hallaba ya casi vacía puesto que mi juicio era el último del día y, para variar, hubo un retraso provocado por una pelea entre un abogado y su cliente. No tenía a nadie con quien conversar, ni a quien observar.

Saqué mi teléfono móvil y empecé a escribir un mensaje “Me aburro. Esto esta tardando mucho. No me llaman. No me escriben. ZZZ” Lo envié a unos cuantos amigos esperando que me respondiesen y sacasen del tedio, pero advertí que estaba prohibida la utilización de teléfonos móviles en la sala.

  • ¿Contrató usted con el acusado un servicio de asistencia informática
  • PIPI!!! PIPI!!!

Que horror. Activé el modo silencio del teléfono para evitar que sonase. A continuación lo apagué, ya que el efecto de la vibración podría provocarme cosquillas y no quería ser acusado de desacato. Cuando saliese del juicio ya leería las respuestas.

¿Es que no me iban a llamar nunca? Mi paciencia se estaba agotando por momentos, como se agotan las velas. Recordé que tenía que comprar bombillas para la cocina, pero no pude apuntarlo en la agenda, ya que tenía el teléfono desconectado. Sabía perfectamente que si lo encendía para no olvidarme de ello me llamarían para entrar a declarar, así que decidí no encenderlo y no olvidarme de ello. Realizando un ejercicio de memoria asocie el hecho de encenderlo con la compra de las bombillas. Solucionado.

Treinta minutos después seguía en aquella sala. Esperando o desesperando. Empezaba a tener hambre y seguro que los de dentro también lo tenían. Al lado de la maquina de bebidas había otra de picoteo. Sandwiches, bollos, chocolates, todo se veía muy apetitoso, pero ¿que sensación daría si abriese la boca y la tuviese con restos de comida? Se debilitaría mi credibilidad, sin duda, y eso es algo que no podía consentir, aunque la idea de que mis tripas testificasen por mi tampoco me agradaba.

Cuando estaba ya apunto de volverme loco, de encender el teléfono, de comer una chocolatina, beberme una coca-cola y danzar por el pasillo contiguo se abrió la puerta. Esperaba que saliese la agente judicial que avisaba de la entrada en la sala o bien que saliese mi abogado para indicarme que pasase, no esperaba que saliesen todos.

Mi abogado salia conversando con el fiscal, se despidió de él y acudió a mi vera.

  • Mala suerte, chaval
  • ¿Hemos perdido? - Pregunté sorprendido - , pero si no he entrado a declarar.
  • No, no – Me dijo intentando tranquilizarme – no me refería a eso. El proceso se ha alargado un poco y se ha decretado un receso hasta el lunes a primera hora.

Odio esperar, me produce una sensación de perdida de tiempo.