lunes, 13 de septiembre de 2010

Yo la sentaba en mi regazo

Enloquecía solo a su contacto, era la reina de mi cama, aunque nunca la quiso, la muy fulana. Era la dueña de mi risa, la cantinera de mis buenos ratos, la concubina que nunca tuve. Ella me daba, muy de cuando en cuando, un beso casto y rapidito, que me dejaba el aroma de su piel y una sonrisa.
¿Era suficiente? En aquellos momentos lo era. Me hubiese gustado que la cosa hubiese ido más rápida, pero la velocidad de crucero era aceptada en el mando estelar. Cuaderno de bitácora, fecha estelar día 25; hoy hemos tomado cafe con pastas. Nos rozamos la mano y ella no la quito. Haciendo progresos.

A los dos meses empezó a erizarse el vello cada vez que la tenía delante. No era casual, fue una técnica que aprendí para intentar atraer su atención sobre mis brazos y conseguir una de sus caras caricias. Casi nunca resultaba, pero al menos mantenía mi mente distraída, sin pensar.


Me mantuvo a raya, mantuvo la expectativa y vendió caro su amor, lo cual me hizo apreciarlo. Cada beso, caricia, achuchón, era considerado por mi parte como un gran triunfo. Glorioso. Lentamente, como debe de ser. Suavemente, sin prisas.


Cuando llegado el momento, creí que era la hora de avanzar y llegar a cotas más altas, alquile un apartamento cerca de su trabajo, para que no tuviese que desplazarse mucho. A desgana aceptó y se instalo conmigo. Que sensación, la madurez.

Nuestros más y nuestros menos tuvimos hasta acoplarnos, llegar a estar a gusto en la misma instancia, y tras un año así decidí pedirle la mano, el brazo y todo su cuerpo enteramente, ofreciéndome yo mismo a cambio. Se que no era buen trato, pero aderezado con mis virtudes, defectos y un ascenso que me habían prometido ella no pudo negarse.


Celebramos convite, los amigos vinieron, nos ofrecieron sus buenos deseos y alabanzas, y la necesidad de aportar herederos a mi casa familiar. Día de celebración. Día de mal recuerdo, pues sin saberlo, acababa de sellar mi final. Al menos el final de esa historia.


Ella me abandonó en la luna de miel, por un autóctono bien dotado. Musculoso, cariñoso. Se entregó a él y a sus bajos instintos. Recordé lo que había sufrido yo por un beso, lo que me costo un abrazo tierno, el coste ilimitado de un te quiero. Agua. Todo se borro como el agua.


Lo peor fue volver solo a casa, el dar explicaciones a la familia y amigos. Recibir la citación para el divorcio, tener que vender mi casa, tener que empezar de 0. Caer en una depresión y no salir de ella hasta el día de hoy. Hoy fue un buen día.





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