sábado, 14 de agosto de 2010

El salón

Loca, ¿como se te ocurre apagar las luces de la casa? Acaso no sabes que al Señor no le agrada la oscuridad. Da igual, ya la enciendo yo. Menudo desastre, ya podrías alcanzarme los fósforos. Nada. Estas sorda, muda y sin ganas de moverte del sofá. Ya lo haré yo.

Recuerda querida que las instrucciones de los señores fueron claras y concisas, la luz tenía que inundar la casa todo el día, aunque fuese de noche. Si, ya se que no sufren de insomnio, ni les gusta caminar de noche, que la Señora tiene el sueño pesado y que el Señor duerme de un tirón toda la noche, pero por alguna razón que desconocemos y no nos interesa, quieren la luz encendida, y eso es lo que haremos.

Ya esta, gracias por no ayudarme en tan ardua tarea; mañana, cuando tengas que preparar la comida no cuentes con mi destreza cuchillera para ayudarte a pelar esas patatas. ¿Me estas escuchando? ¿quieres prestarme algo de atención? Ya te has dormido. Otra vez lo mismo, despierta querida, despierta. Nada, no hay manera. Estas fría … maldición. No te consigo coger el pulso. Cariño, cariño, dime algo despierta. Nada, ni con bofetadas te reanimas. ¿Que es lo que te ha pasado? Mi vida. No puede ser. No puede ser.


Se han apagado todas las luces al mismo tiempo, la brisa recorre la estancia. Cariño, ya se lo que te ha pasado y porque ignoraste las ordenes de los señores. Pronto estaremos juntos los tres.


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