domingo, 19 de junio de 2016

Ritual satánico


  • Por el odio de Satanás ¿Vas a hacerlo o no? - Preguntó el demonio más bajo a su compañero, que sostenía la daga.
  • Es tan perfecta, tan pura, tan especial.

No había manera. Llevaba así un buen rato, observando a la bella ninfa que habían secuestrado horas antes. El demonio bajito estaba empezando a perder la paciencia.

  • Mira, Zevucón, tenemos un horario. Déjate ya de tonterías, procede a arrancarla el corazón y así Hades se sentirá dichoso y no nos asará como pavos.
  • Ay, Meturén – contestó Zevucón – Me pides que acabe con la vida de esta preciosa ninfa simplemente para evitar nuestra muerte, para conseguir un poco de poder, para progresar y conseguir nuevos cuernos ¿Acaso es eso todo en la vida?
  • En la nuestra sí, idiota. Somos demonios. Sembramos el mal y propagamos el terror. Está dentro de nuestra naturaleza.
  • ¿Y si mi naturaleza me impidiese realizar el sacrificio? - Reflexionó - ¿Y si quisiera una vida mejor? Imagínate – Su brazo trazó un movimiento horizontal y Meturén tuvo que apartarse para que la daga no le cortase – sería bonito vivir en la superficie, poder ver el sol, la luna y las estrellas todos los días, construir un hogar y envejecer.
  • Me pregunto que brebaje habrás ingerido para decir tantas tonterías – Metusén estaba cada vez más perplejo- Mátala de una vez y vamos a torturar escitas.
  • No pienso matarla- Dijo Zebucón cruzándose de brazos, con la daga debajo de su axila izquierda.
  • Vas a matarla. No hay otra opción.
  • No, me declaro pacifista no violento – Dijo mientras alzaba las dos manos cual mesías de tres al cuarto
    - ¡Te he dicho que la mates! - Gritó golpeando la piedra de sacrificios.
  • ¡No!
  • ¡Si! - Grito más fuerte
  • ¡No! - Grito enseñando los dientes.
  • ¡Te he dicho que sí! -
  • ¡Que no lo voy a hacer! - Mientras Zevucón gritaba mientras bajaba su mano derecha arriba y abajo aferrando fuerte el cuchillo y clavándolo en el cuello de la ninfa. No se dio cuenta hasta que vio la cara de satisfacción de su jefe. Soltó el ensangrentado cuchillo, se miró las manos y suspiró.
  • Ya era hora – Metusén se secó el sudor de su frente roja con la mano – Condenación eterna para ti, enhorabuena. Otro compañero más para el mus. Vamos afuera, que quiero fumarme un cigarrito y no entiendo porqué no nos dejan hacerlo aquí.


miércoles, 2 de marzo de 2016

Burke

El capitán Burke se dio la vuelta tras el empujón recibido. Se le veía furioso, empapado por la cerveza que había derramado su jarra. Antes de que pudiese gritar recibió un fuerte puñetazo que le hizo retroceder unos pasos. Le perdí de vista unos momentos, hasta que se acercó a la joven que le acababa de golpear.  Ella lo volvió a intentar, pero el capitán detuvo el golpe con su brazo izquierdo, la levantó con su mano derecha y la lanzó contra una de las mesas cercanas, provocando que se vertiesen varias jarras. Uno de los tres bucaneros de la mesa se levantó y se enzarzó con el capitán en un combate a golpes mientras cundía el caos en la taberna. Los taburetes empezaron a volar, mientras piratas de diversas tripulaciones se golpeaban sin orden ni control. Todos se lanzaron a la tumultuosa refriega, menos yo, que observaba desde un rincón la escena.  

Silvie, que era el nombre de la joven que había empezado todo, se reincorporó justo a tiempo para esquivar a un pirata algo entrado en años que cayó a su lado. Esquivó un par de golpes y se parapetó detrás de una mesa. Utilizó la pata de un taburete roto para defenderse hasta que otro pirata atrajo la atención de su atacante. Se subió encima de una mesa y pateó la cara de un pobre desgraciado que osó agarrarla del tobillo.

A lo lejos el capitán Burke, el objetivo, estaba destrozando a golpes a un grumete. Silvie se le fue acercando cada vez más. Esquivaba al resto de marineros y les golpeaba directamente a la tráquea si no se apartaban. Él no la vio venir. Estaba riéndose frente a su última víctima cuando notó un dolor inmenso y cayó al suelo. El golpe bajo que recibió desde atrás fue demasiado para el grandullón. Se retorció de dolor hasta que la bota derecha de  Silvie le mandó al país de los sueños. La trifulca cesó entonces.

La joven pelirroja caminó hasta mi mesa, se sentó a mi lado, tomó un trago y dijo.

-      -  ¿Cuándo dices que partimos de Tortuga?

martes, 16 de febrero de 2016

Ven


Abrió la puerta muy despacio mientras buscaba con su mano el interruptor de la luz. Lo presionó, pero no sucedió nada. Trasteó en su móvil hasta que encontró la aplicación de la linterna y al fin pudo ver el recibidor. Decidió que ya bajaría después al cuarto trastero a comprobar los diferenciales. Estaba inquieto desde que había recibido aquel mensaje de texto en su móvil de la mujer con la que compartía su vida desde hace un par de años: “Ven”. Mal presentimiento. 

Alzó su voz, dijo su su nombre y ella no contestó. Todo parecía calmado. Se abrió paso por el salón hasta llegar a la habitación. La puerta estaba entornada y tras ella la observó tumbada en la cama, boca abajo. Llevaba puesto un camisón negro y pensó qué se habría dormido mientras le esperaba. Fue a arroparla con la sábana y al mirarla a la cara se quedó petrificado. Le cogió de la mano, pero no tenía pulso. 

Sus ojos estaban blancos y su cara tenía una expresión desagradable. Aún no estaba rígida y darla la vuelta fue muy sencillo. Las manos estaban cerca del vientre, llenas de sangre. Sangre que había brotado de las múltiples heridas que tenía en el pecho. Sangre que manchaba la cama, aunque antes no lo hubiese notado. Horripilado por la escena se apoyó en la mesilla y, con mucha torpeza, tiró todo lo que allí había. Alumbró el estropicio con el móvil. Observó un gran cuchillo manchado de aquella sangre. Lo cogió. No era suyo, no lo había visto nunca. 

La sirena del coche patrulla le hizo soltarlo de golpe. Miró por la ventana y vio como dos agentes bajaban del coche y se dirigían a su portal. Seguía en estado de shock, pero su instinto le impulsó a salir corriendo. Bajó en el ascensor hasta el garaje, se montó en su descapotable rojo, arrancó el motor y condujo lo más rápido que pudo sin preocuparse del destino; alguien había ensuciado el suyo.

martes, 27 de octubre de 2015

Misterio

Me llamo Victor, varón, 33 años y soy escritor ocasional. Es simplemente un hobby; nada más y nada menos. Yo trabajo en una entidad financiera y la verdad es que mal no me va, pero tampoco bien; digamos que estoy en un momento estable de mi carrera. Ello supone que mi retribución sea … llamémosla insuficiente para aguantar el tren de vida que me gusta llevar y esté obligado a alquilar una de las habitaciones de mi morada para poder tener pequeños caprichos.

Cuando conseguí deshacerme de mi primer inquilino me sentí aliviado, contento y liberado, pero por un golpe de mala suerte que tuve me vi obligado a volver a alquilar aquella pequeña habitación. Mi casa constaba de tres habitaciones, siendo la que alquilaba la mediana, unos 5-6 metros cuadrados, rectangular y con el espacio justo para cama, ordenador, estantería y armario. A ver a que friki conseguía engañar para tener el ingreso extra y poder seguir disfrutando de mi soltería.

Siempre he sido muy especialito, la verdad. Con la comida, con el trabajo, con mis cosas … y con mi casa aún más. Tenía que empezar a hacer un algoritmo para encontrar al candidato perfecto (dudaba que una mujer siquiera se atreviese a responder a un anuncio, y si entraba en mi casa, se asustaría). No podía fumar, eso era requisito imprescindible, puesto que mi tolerancia al tabaco es 0. No podía ser demasiado social, puesto que me llenaría la casa de gente extraña. Demasiadas preguntas descalificadoras. La tarea iba a ser ardua.


Buscaba a alguien de confianza, a poder ser, alguien conocido, o conocido de conocido, alguien que no se llevase todas mis cosas mientras yo estaba trabajando, ni que se asustase por mi colección de cómics, miniaturas y DVDs. Así que empece por comentarlo a mi circulo cercano; familiares, amigos y compañeros de trabajo. Y allí encontré lo que buscaba.

El marido de mi antigua jefa era profesor en una universidad local y ,como todos los años, recibía una cantidad importante de becarios de EE.UU. Era Agosto y ese año no iba a ser una excepción, por lo que concrete con ella que uno de aquellos estudiantes se alojase en mi casa durante el curso escolar. No era mi ideal tener un yanki en mi casa, a pesar de que supuestamente eran gente normal y formal, estaba convencido que se emborracharía los fines de semana y tarde o temprano empezaría a traer amigos y amigas a casa.

Pacte con Asún que en mi casa se hospedaría el más formal de todos ellos, indicándome ella que la suma que iba a pagar era bastante jugosa; el doble que el alquiler del anterior inquilino. Buena perspectiva que mejoró considerablemente cuando me indicaron que en mi casa se hospedaría Sue, una chica americana de 20 años, estudiante de Biología. Todos hemos visto las series americanas y como el convivir en la misma casa genera el efecto atracción. Me empezaba a gustar la situación, así que fui a recoger a Sue a la Universidad el día que llegó.

De primeras quede decepcionado. No era porque la chica no valiese la pena, que si lo valía, solo que me imagine una rubia, alta, tetona y culona y me encontré con una virginiana, bajita y morena. Aún así desempolvé mi inglés y trate de no hacer el ridículo. Ella no sabía español. Chapurreaba alguna palabra suelta, pero no podía construir frases enteras.

Tras acomodarse en la habitación, le di las normas de la casa para tener una buena convivencia y no ser deportada a la pensión “Lola” más cercana. Ella las leyó, me soltó un “nice to meet you” y se metió en su habitación. No salió a cenar (debería llevar la cena en la mochila) y durante los siguientes tres días mi trato con ella fue escaso. El cuarto día la vi entrar en casa cuando yo me iba a acostar. Por lo visto tenía los mismo horarios que mi anterior compañero de piso.

Y no solo los horarios, tampoco charlaba conmigo. Se pasaba todo el día en su cuarto estudiando. No cenaba conmigo ni pedía que le comprase comida. Se levantaba tarde, ya que tenía las clases por la tarde, y comía por ahí. En los primeros dos meses solo notaba su presencia ocasionalmente, porque era increíblemente silenciosa. Yo creía que me había tocado la lotería, y de cierta forma, así era.

Pero había algo que me intrigaba, ni un solo amigo, ni una sola llamada de teléfono, ni un SMS, nada. Menudo bicho raro que tenía en el cuarto de invitados. Hablar con mi antigua jefa solo sirvió para confirmar mis sospechas. No era la más popular del campus, ni aparecería en ninguna clase de rankings; el 90% de los alumnos incluso desconocía su existencia.

Dejé pasar el tema, al fin y al cabo a mi lo que me importaba era que pagaba religiosamente, que no ensuciaba mucho y que no me daba ni un solo problema. Bueno, no me dio problemas hasta aquella noche. Ahora ya se porque odio los domingos.

Ella había salido a pasar el día a no se donde, seguramente sola, y yo descansaba plácidamente en mi cama cuando de repente oí un pequeño ruido que provenía de la cocina. Cauto y miedoso decidí no darle la menor importancia, pero volvió a sonar, como si algo estuviese dando golpes. Genial.

Cobarde y afligido abrí la puerta de mi cuarto con el teléfono móvil en la mano por si acaso. Era un mecanismo de seguridad, puesto que sigo sin entender de que me iba a servir el móvil apagado. Avancé hasta la cocina, abrí la puerta y volví a escuchar el ruido claramente. Mis ojos se dirigieron al lavavajillas, cuyo programa aún no había terminado. Idiota.

Volví hacia mi cuarto, pensando en lo estúpido que había sido, aparte al perro de mi camino, entre en mi habitación, apague la luz y... ¿desde cuando había un perro en mi casa? Me levanté rápidamente, encendí la luz (olvidé coger el móvil) y salí al salón, donde había visto al animal, pero no estaba allí, ¿me estaría volviendo loco? Creía que si.

Hice mal en comentarlo con amigos y compañeros de trabajo. Todos creían que se había tratado de una pesadilla demasiado real. Al fin y al cabo, al día siguiente comprobé que no había dejado el lavavajillas funcionando. Yo no estaba tan seguro.

Decidí comentarlo con Sue, pero tarde tres días en poder tener una conversación con ella. Ella, milagrosamente puesto que no se relacionaba con nadie o eso creía yo, hablaba ya español decentemente y me comentó que ella no tenía animales en casa. Que en Virginia su familia tenía varios perros, un par de caballos e incluso una pequeña granja de hormigas propiedad de su hermana, pero que estaban bien lejos en su país.

No me sorprendió cuando, a la noche siguiente, al ir al servicio en una de mis múltiples ocasiones, descubriese una colonia de hormigas en mi salón, la cual fue inmisericordemente purgada. Ni cuando tres noches después un caballo ocupó mi baño por tres horas. No estaba sorprendido, estaba asustado, muy asustado. Había perdido la cabeza, sin duda.

¿Con quien podía hablar? ¿Iba directamente al psiquiátrico más cercano y ya? Demasiadas preguntas, imprecisiones, problemas en el trabajo. El estrés hacia mella en mi persona. Debía dar una respuesta lógica y razonable o no volvería a estar cuerdo.

Una noche, cuando sabía que Sue no estaba, me arme de valor para registrar su habitación. Guantes para no dejar huellas, pasamontañas para no ser reconocido, por dios ¡si solo iba a entrar en mi cuarto de invitados! Cualquier precaución me parecía pequeña, así que cogí uno de los cuchillos que tenía en casa para cortar los filetes.

Con sumo sigilo abrí la puerta de la habitación, más no vi nada extraño. Tentado estuve de revolver los cajones, pero no creo que encontrase nada. Incursión fallida, vuelta a la habitación, pero antes de que pudiese hacer nada oí la puerta que se abría. Sue regresaba pronto esa noche.

Mi corazón se aceleró y creí que iba a explotar ¿Solo porque una joven americana me pillase en su cuarto? Que iba a hacer ¿denunciarme? Ya estaba loco perdido, así que tenía poco que perder. Sue no entró más allá. Cogió las llaves del trastero y se fue. Mi oportunidad para salir, volver a mi habitación y pensar en el nuevo plan.
Aquel día no fui a trabajar. Estaba enfermo, o eso es lo que les dije a los del trabajo. Me quede en la cama, dándole vueltas a la cabeza; quería estudiar a Sue. Me levanté y las llaves del trastero estaban en su sitio. No podía despertar sus sospechas, así que cuando me vió en casa, le comenté que estaba enfermo y que no iría a trabajar. Ella lo escucho con desgana.

Observe su ritual de desperezamiento y comprobé lo que ya suponía. No desayunaba. Me dedicó una sonrisa antes de salir. Cuando supuse que habían pasado 20 minutos cogí las llaves y baje al trastero. ¡¡Que desilusión!!. No había nada raro, estaba tal y como yo lo tenía a pesar de no haber bajado en dos años. Cerré la puerta. Bueno, no había más que hacer, solamente rellenar el impreso de alguna institución psiquiátrica o, mucho más divertido, hacer equilibrios desnudo en alguna azotea con mi bicicleta ¿Estarían hinchadas las ruedas? Volví a abrir la puerta, encendí la luz ….. ¿que demonios? Ese no era mi trastero.

Comprobé horrorizado que mi bicicleta estaba inservible, sus radios estaban llenos de sangre y vísceras. El suelo era pegajoso. Las arcadas fueron el preludio de una buena vomitona en el pasillo. Cerré la puerta y la volví a abrir. Para mi sorpresa volvía a ser mi trastero. Ni sangre, ni vísceras, ni nada. Pero mi vomito si fue real y la sangre en mi mano también. Lo limpie para evitar que Sue supiera que yo ya sabía que algo iba mal.

No conseguí volver a ver el cuarto trastero alternativo. Imposible. Por muchas veces que abriese o cerrase la puerta, nada. No tenía mucha hambre, pero era la hora de comer y decidí hacerme un bocadillo. Con desgana acabé con él. Toda la tarde estuve pensando como podría volver a ver lo que vi, estudiar la situación. Había perdido por completo la cabeza.

Internet fue mi gran aliado. Busque en la red y leí mucho sobre habitaciones que cambian de plano, sacrificios rituales y demás zarandajas. Pero nada. Ninguna de sus respuestas, ninguno de sus trucos me sirvieron para abrir de nuevo la puerta y encontrarme con ese horror ¿Pero porque quería volver a verlo? ¿Era para cerciorarme que no estaba perdiendo la razón?

Tomé la determinación de esperar a que llegase Sue, entrase en su habitación, se durmiese y atacarla. Inmovilizarla y obligarla a que me revelase que era lo que estaba pasando. Genial, un buen plan. Y si era una bruja con poderes paranormales o una vampira, o, quizás peor, una extraterrestre ¿que iba a hacer yo? Mi plan hacía aguas por todos lados, pero a estas alturas de la película ya no me importaba nada.

Fase uno del plan completa. Fase dos completa. Abrí la puerta de mi habitación con el cuchillo en mi mano derecha y mi mano izquierda adelantada. Tome aire y respiré profundamente, tras aquella puerta podía acabarse mi historia. Uno, dos, tres, abrí la puerta rápidamente y sin encender la luz salte sobre la cama vacía. No estaba. Sue no estaba.

Desconcertado me quede un segundo pensando, salí, cerré la puerta y la volví a abrir ... y allí estaba Sue, durmiendo en una cama enorme, en una habitación enorme … esa no era mi habitación. Era una habitación inmensa, sin paredes, sin final, con los animales, con la hermana de Sue, con Sue. Y se despertó.

Intenté salir, pero no veía la puerta. Había desaparecido, junto a todas mis esperanzas de salir indemne de la excursión. Apreté el cuchillo con mis dedos y me lance hacia adelante; si iba a morir, por lo menos moriría atacando y con estilo. Como Logan. Como el mutante de las garras y el factor de regeneración. Para mi sorpresa, a mitad de camino, el cuchillo desapareció de mis manos para aparecer en las suyas.

Su hermana se despertó. Ella si era rubia, pero era joven; unos doce años, calculaba yo. Sus ojos se volvieron negros y mi cuerpo comenzó a temblar. Note un dolor agudo en los gemelos y caí al suelo. Sue se acercó tranquilamente, sin nada que temer. Recé para que mi muerte fuese rápida

    • No entiendo porque has tenido que meterte en mis asuntos – Me dijo en un español más que correcto, sin muestra de acento - ¿Y ahora que hago contigo?
    • Padre – Dijo la hermana de Sue, aunque aquello ya no me desconcertó – déjamelo. Sera buen alimento y sirviente.

Sue o lo que fuera sonrió en forma de aceptación, y su hermana comenzó a reptar por el suelo conviertiéndose en una horda de hormigas que empezaron a deshacer mi carne y a comérsela. El dolor que sufrí fue indescriptible. Arrancaron hasta el último trozo de carne de mi ser, dejando tan solo los huesos. Seguía siendo consciente de todo lo que pasaba, hasta que Sue aplastó mi cráneo contra el suelo.

Aún no se ni como, ni porque, pero desperté en mi cama. Sue ya no estaba, ni volvió a la facultad. Nunca hable de esto con nadie, al fin y al cabo quien me iba a creer. Estaba totalmente recuperado, sin ningún rastro de aquella experiencia ….. salvo que a veces me duelen los gemelos.


domingo, 30 de agosto de 2015

Yo te imploro, Thor

Thor, dios del trueno y el rayo,
hijo de Odín, defensor de la tierra,
es domingo y operación retorno,
¿por qué estas mojando la hierba?

Muchas personas conducen ahora,
por carreteras que están mojadas,
el peligro se cierne en cada curva,
¿Quieres fastidiar el fin de semana?

Yo soy Vic, humilde siervo,
tu seguidor y paladín,
desde esta piedra yo te imploro
¿me escuchas un segundín?

Para de una vez estas tormentas,
que la lluvia ceda su impulso,
esta inundando las calles,
y me esta dando un gran susto.

A cambio de esta petición,
de que deje de mojarse la tierra,
te concederé lo que deseas,

te procuraré una guerra.  

miércoles, 8 de julio de 2015

Now or never

Su lista de reproducción cambió de tercio y empezó a sonar una lenta melodía. “Its now or never/come hold me tight” La voz de Elvis inundó su cabeza, activando su rincón de recuerdos perdidos. Siempre había dicho que con música trabajaba mejor, pero de vez en cuando paraba para disfrutar de algunas canciones seleccionadas.

De los pocos compañeros que tenía, ninguno le hacía mucho caso. Estaba encerrado en su pequeño cubículo en el que tecleaba sin cesar modificaciones en bases de datos que no le importaban. Aseguradoras, bancos, compañías eléctricas … Le era indiferente, pues él solo marcaba y marcaba.

Era el turno de tarde que él había solicitado, pues aprovechaba las mañanas para llevar y recoger a sus hijos del colegio y hacer las taréas del hogar. Por la tarde ya se encargaba su mujer del resto, puesto que su horario era de mañana. Apenas coincidian un rato en casa y los fines de semana. La veía más en las fotos que tenía delante de él: Las vacaciones en París, el viaje relámpago a Lyon, con los niños en el parque.

Apenas escuchaba la dulce melodía de fondo mientras observaba todos los elementos que a lo largo de cuatro meses había ido llevando a su puesto de trabajo: Una bola de esas en las que parece que nieva con el Big Ben dentro, una foto de sus padres y un cenicero de barro regalo del día del padre del año anterior. Era su zona de confort. “we would cry an ocean/
if we lost true love”.

Tenía ya tres o cuatro conocidos en la oficina, aunque que apenas hablaban en aquel trabajo y prefería disfrutar de la música en sus ratos de descanso que ir a tomar un café o salir a la terraza a fumar un cigarrillo, como sus compañeros. También aumentaba su productividad, por lo que esperaba cobrar por objetivos.

Solo quedaban cinco minutos y decidió que la jornada laboral había acabado, al igual que la canción de Elvis. Haría un poco el paripé, para evitar que el jefe pudiera echarle en cara que se iba antes de su hora. Malditas apariencias.


Acarició suavemente la pelota antiestres que le acompañana desde hace años. Sonrió y la soltó, golpeando el suelo. Dejó los auriculares encima de la mesa. Abrió el cajón, se puso la pistola contra la cabeza.

domingo, 7 de junio de 2015

La feria

Aquella era la típica mañana calurosa del mes de Junio en la que a las diez no se podía andar por la calle. Me puse mi camiseta blanca ,unos pantalones cortos y metí varios libros en la mochila. Uno de ellos era el que ahora ocupaba mis pensamientos, una novela policiaca de esas que tanto me gustaban y estaban de moda en aquel momento. Los otros eran libros para que un humilde autor me los firmara. Humilde, puesto que aunque su prosa me llegaba al alma, me mantenía en tensión durante todas las páginas y sabía cerrarlo todo, no había conseguido el favor del gran público. Aún.

Llegué a la feria a eso de las once y cuarto gracias a Metro de Madrid, lo cual me permitió avanzar en la novela. Tenía tiempo hasta las doce, por lo que aproveché para visitar casetas buscando siempre la sombra, que en ocasiones no existía. Un par de libros más se hicieron hueco en mi mochila y emprendí la marcha hacia donde esperaba recoger las firmas.

Me quedé sorprendido cuando vi que había una fila de personas esperando delante de la caseta, mas la sopresa se diluyó al percatarme que no era el único autor que firmaba a esa hora. A su lado estaba (o al menos debía haber estado) una gran vendedora de libros, una de esas personas que hacen que la industria literaria se mantenga, una gran … mentira.

Me adelanté a toda esa gente que esperaba por una persona que no llegaría a firmar esa mañana (tardaron más de media hora en avisar de ello) y me acerqué al escritor, que aguardaba pacientemente charlando con la gente de la caseta. Me sonrió cuando le saludé y al ver que llevaba tres de sus libros casi se le cayó una lágrima.


Tras las firmas hablamos un poco de sus proyectos, de sus libros, de los cursos de escritura que daba y a los que me animó a apuntarme y de su compañera de firmas fantasma. Yo estaba indignado, pues no entendía como la gente podía comprar folletines rosas de una farsante y no apreciar el trabajo de un escritor de verdad, pero él no lo estaba. Me miró y me dijo una frase que quedó grabada en mi memoria “Ella juega otra liga”.

domingo, 8 de febrero de 2015

Fracaso

Llegaba tarde. Una vez más el despertador había sido poco insistente y el cansancio había vencido a la obligación de levantarse. Cuando pudo ser consciente del problema que tenía ya habían pasado más de trienta minutos de su la hora a la que debería haber cogido el tren.

Se vistió deprisa y casi ni desayunó. No tuvo tiempo de leer la prensa electrónica, ni de sacar la cena del congelador. Tampoco se dio cuenta de que la camisa no combinaba con la chaqueta que había elegido. Un desastre, un horror.

Todo este relato es un error, un gran error, porqué no tengo la mente clara y cristalina para ello. Debería relajarme y no pensar en un superrelato, ya que las cosas deben salir solas y debemos tener la mente clara para poder aceptar las historias según nos vienen ¿Es este el final de mi racha? Para nada, puesto que estoy esribiendo, estoy on fire, y aunque hoy no tengo nada que contar en forma de fábula, relato corto o venganza, estoy escribiendo, que es lo que importa.

Puede que sea el calor, puede que sea el estres, puede que sea que he dormido poco y tengo la cabeza como un bombo, pero sé que es solo algoo puntual y que mañana volveré a la senda de la esritura creativa para contar una historia corta que llegue al corazón de millones de lectores en el mundo entero. No es que yo tenga ese poder de convocatoria, pero me da a mi que, como dice Google, voy a tener suerte.


Así pues, una vez transcurridos los quince minutos de rigor (pensando mucho más que escribiendo) me retiro de esta actividad con un agradecido “Hasta mañana”. Buenas noches.  

miércoles, 28 de enero de 2015

Círculo

Sentado frente al ordenador, el joven bancario se sentía solo y abatido. Había sido una mañana malísima, con muchas incidencias y poca contratación interesante, por lo que estaba apenado. De nada había servido el esfuerzo empleado en la mañana, el ofrecimiento de productos a clientes y la buena cara que había puesto a pesar de estar aún fastidiado por la gastroenteritis del día anterior. De las cosas que cuentan, cero.

Repasaba la pila de papeles pendientes, intentando buscar una oportunidad de negocio que le solucionase la papeleta al día siguiente. El método estaba claro: preparar el día anterior las contrataciones del siguiente, pero la práctica era que en muchas ocasiones eso era inviable. Gente que no acudía, gente que no contrataba, gente que contrataba productos diferentes. Un desastre. “Y la bolsa cayendo en picado” pensaba.

Estaba solo en la sucursal, como de costumbre. Los compañeros se habían ido ya a su casa, a comer, estar con la familia, descansar. Él no tenía esa suerte. Demasiados temas se le acumulaban cada vez más en su amplio escritorio. De vez en cuando lo organizaba todo y se ponía a resolver los asuntos que habían resistido el paso del tiempo (en su larga vida profesional había descubierto que el 50% de los problemas se solucionan sin necesidad de realizar ninguna acción, ya sea por la acción del cliente o por la acción del banco). Se echó el pelo para atrás y se puso a darlo todo.


Papel va, papel viene. Esto está solucionado, para esto tengo que poner una incidencia. Esto no lo soluciona ni Dios. Uno tras otro fue despachando los asuntos en carpetas. Después realizó subcarpetas y, para terminar, los clasificó por orden de entrada en su mesa. Había hecho un buen trabajo, aunque solo hubiera movido los papeles.

martes, 27 de enero de 2015

Joven

La bella joven se acerco un poco más al río. Quería ver su reflejo en el agua, puesto que no estaba muy segura de estar perfecta. Se había cruzado con el pastor a primera hora de la mañana y aunque la había mirado no había hecho ninguno de sus típicos comentarios. Esa fue la primera señal de que algo pasaba. Más tarde se cruzó con el guardabosques, el cual la saludo galantemente sin decirla nada. Eso era más raro, porque siempre flirteaba con ella, pero aquél día ni la preguntó por su abuela. El tercer y último aviso fue cuando pasó por la plaza del pueblo y no sintió las miradas en su trasero. ¿Qué habría pasado? ¿Cual era la diferencia? Se acercó al río y se contempló. La arrugas surcaban su cara y las ojeras delataban su interior. Se había pasado toda su vida procurando tener un aspecto impecable, pero nunca se ocupó de si misma.